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El septimo hijo [Seventh Son - es]

Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIX. Un Norteamérica alternativa en la que la magia y los conjuros del folklore popular son efectivos y en la que las colonias americanas no se han independizado todavía de la corona británica gobernada todavía por el lord Protector y cuyo rey está exiliado en Carolina del Sur. Un mundo en el que los pieles rojas se encuentran con los colonos que parten hacia el oeste.
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
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—Jamás lo haré —dijo el niño.

—¿Por qué no? —exclamó Fe.

—El Hombre Refulgente… —respondió Alvin—. Se lo prometí.

Truecacuentos recordó la promesa que Alvin había hecho al Hombre Refulgente, y su corazón se abatió con pesar.

—¿Qué es el Hombre Refulgente? —quiso saber Miller.

—Es… una aparición que tuvo el niño —explicó Truecacuentos.

—¿Cómo es que no nos hemos enterado de ello? —preguntó Miller.

—Fue la noche en que se partió la viga —agregó Truecacuentos—. Alvin prometió al Hombre Refulgente que jamás utilizaría sus poderes para su propio beneficio.

—Pero Alvin —dijo Fe—. Esto no es para que te enriquezcas ni nada… Es para salvar tu vida.

El niño se limitó a fruncir el ceño de dolor y a sacudir la cabeza.

—¿Me dejarían con él? —pidió Truecacuentos— Sólo unos minutos, para poder hablar con Alvin.

Antes de que Truecacuentos pudiera terminar la frase, Miller ya estaba llevándose a su mujer de la habitación.

—Alvin —comenzó—. Debes escucharme. Con suma atención. Sabes que no te mentiría. Una promesa es algo importantísimo, y nunca aconsejaría a un hombre que rompiera su palabra, aun para salvar su propia vida. De modo que no te pediré que te valgas de tu poder en tu propio beneficio. ¿Me has oído?

Alvin asintió.

—Pero piensa. Piensa en el Deshacedor que recorre el mundo. Nadie lo ve mientras realiza su labor, mientras destruye y desmigaja las cosas. Nadie, salvo un niño solitario. ¿Quién es ese niño, Alvin?

Los labios de Alvin formaron la palabra, si bien de ellos no salió ningún sonido. Yo.

—Y a ese niño le ha sido dado un poder que ni siquiera puede comenzar a comprender. El poder de construir allí donde el enemigo destruye. Y más que eso, Alvin. El deseo de construir… Un niño que, haciendo, responde a cada imagen que percibe del Deshacedor. Ahora dime, Alvin. ¿Los que ayudan al Deshacedor son amigos o enemigos de la humanidad?

Enemigos, dijeron los labios de Alvin.

—De modo que si ayudas al Deshacedor a destruir a su enemigo más peligroso tú también eres un enemigo de la humanidad, ¿verdad?

La angustia hizo hablar al pequeño.

—Lo estás retorciendo todo…

—Lo estoy poniendo claro —repuso Truecacuentos—. Tu juramento fue no usar nunca el poder en tu propio beneficio. Pero si mueres, sólo el Deshacedor se beneficia, y si vives, si esa pierna se cura, es para el bien de toda la humanidad. No, Alvin, es para beneficio del mundo entero y de todo lo que existe en él.

Alvin gimió. Más le dolía la mente que el cuerpo.

—Pero tu juramento fue claro, ¿no es así? Jamás en tu propio beneficio. ¿Por qué no satisfacer un juramento con otro, Alvin? Haz otro juramento: que consagrarás toda tu vida, tu vida, a construir contra el Deshacedor. Si cumples con ese juramento, y lo harás, pues eres un niño que tiene palabra, si mantienes ese juramento, salvar tu vida es una acción en beneficio de los demás, y no en tu provecho personal.

Truecacuentos aguardó, aguardó, hasta que por fin Alvin asintió ligeramente.

—Alvin Júnior: ¿juras que dedicarás toda tu vida a derrotar al Deshacedor, a hacer que las cosas sean íntegras, buenas y correctas?

—Sí—murmuró el niño.

—Entonces te digo, en los términos de tu propia promesa, que debes curarte a ti mismo.

Alvin aferró el brazo de Truecacuentos.

—¿Cómo? —musitó.

—Eso no lo sé, niño —repuso Truecacuentos—. Tendrás que hallar en ti mismo la forma de emplear tu propio poder. Sólo puedo decirte que debes intentarlo, pues si no el enemigo logrará la victoria y tendré que terminar tu relato diciendo que tu cuerpo fue arrojado bajo tierra.

Para sorpresa de Truecacuentos, Alvin sonrió. Entonces el anciano comprendió la chanza. Su relato terminaría con la tumba hiciera lo que hiciere ese día.

—De acuerdo, niño —dijo Truecacuentos—. Pero me gustaría escribir unas páginas más sobre ti antes de dar fin al Libro de Alvin…

—Lo intentaré —prometió Alvin.

Si lo intentaba, sin duda lo lograría. El protector de Alvin no lo había hecho llegar hasta allí sólo para dejarlo morir. Truecacuentos estaba seguro de que Alvin tenía poder suficiente para curarse a sí mismo, si conseguía descubrir cómo. Su propio cuerpo era mucho más complicado que la roca. Pero si pensaba sobrevivir, debía aprender los senderos de su propia carne y reparar las fisuras de sus huesos.

Fuera, en la sala grande, prepararon una cama para Truecacuentos. Se ofreció a dormir sobre el suelo, al lado del lecho de Alvin, pero Miller sacudió la cabeza y respondió:

—Ése es mi lugar.

Pero a Truecacuentos le fue difícil conciliar el sueño. En mitad de la noche finalmente se dio porvencido, encendió una antorcha con un fósforo, se envolvió en su abrigo y salió afuera.

El viento soplaba cruelmente. Se avecinaba una tormenta, y a juzgar por el olor del aire, habría nieve. Los animales no hallaban sosiego en el corral. A Truecacuentos se le ocurrió que esa noche tal vez no estuviera solo a la intemperie. Podía haber pieles rojas en las sombras, o incluso merodeando por entre las dependencias de la granja, observándolo. Se estremeció y luego ahuyentó su propio temor. Era una noche muy fría. Aun los cree-eks o choc-taws más sanguinarios y enemigos del hombre blanco, que acechaban desde el sur, eran demasiado listos para salir con semejante tormenta en puertas.

La nieve no tardaría en caer. La primera de la temporada. Pero no sería una simple nevisca; Truecacuentos podía sentir que nevaría todo el día siguiente. Detrás de la tormenta, el aire sería todavía más frío, ese aire helado que vuelve la nieve seca y esponjosa, que la hace apilarse cada vez más, hora tras hora. Si Alvin no los hubiese apresurado durante el regreso, y si no hubieran cargado la rueda de molino en una sola jornada, habrían tenido que arrastrar el trineo bajo la nevada. Y el trayecto habría sido resbaladizo… Podría haber sucedido algo peor aún.

Truecacuentos se encontró en el molino, contemplando la rueda. Se veía tan sólida Era difícil imaginar que alguien pudiese moverla. Sus dedos acariciaron los cortes sobre la superficie por los cuales se recogería la harina cuando la gran rueda de madera arrastrada por las aguas hiciera girar el eje y la piedra de moler diera vueltas y vueltas alrededor de esta laja, con la firmeza con que la Tierra gira alrededor del Sol año tras año, convirtiendo el tiempo en polvo, así como el molino convierte los granos en harina…

Echó un vistazo al suelo, al sitio donde la tierra había cedido apenas bajo la rueda de molino, hasta hacerla caer sobre el niño. Bajo la luz de la antorcha brilló el fondo de la depresión. Truecacuentos se agachó y hundió el dedo en un centímetro de agua. Debía de haberse juntado allí, empapando el suelo, hasta ablandarlo. No tanto como para ser una humedad visible. Sólo para ceder bajo un gran peso.

Ay, Deshacedor, pensó Truecacuentos, muéstrate ante mí y construiré un edificio tal que quedarás allí cautivo para siempre. Pero por mucho que lo intentó, no pudo hacer que sus ojos vieran temblar el aire como podía hacer el séptimo hijo varón de Alvin Miller. Finalmente, Truecacuentos levantó su antorcha y abandonó el molino. Ya caían los primeros copos. El viento casi había muerto. La nieve se precipitaba más y más rápido, bailando una danza bajo la luz de su antorcha. Cuando llegó a la casa, el suelo ya estaba gris de nieve y el bosque era invisible en la distancia. Se refugió en el interior, se tendió en el suelo sin quitarse las botas siquiera y cayó dormido.

Capítulo 12

EL LIBRO

Noche y día mantenían tres troncos en el fogón, y casi se veía arder las piedras de las paredes y el aire de su habitación se mantenía siempre seco. Alvin yacía inmóvil en su lecho. Su pierna derecha, pesada de tantas férulas y vendajes, lo hundía en la cama como si fuera un ancla que dejaba flotar el resto del cuerpo, a la deriva, rodando, meciéndose. Se sentía mareado y algo asqueado.

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