El septimo hijo [Seventh Son - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Alvin Maker (es) #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1269-9
- Переводчик: Paula Tizzano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
—Ése fue nuestro primer intento —explicó Miller—. Pero al bajar por esta colina escarpada se partió un eje y toda la carreta cayó bajo el peso de la piedra.
Se acercaron a un arroyo de buen caudal, y Miller contó que en dos ocasiones habían tratado de llevar las ruedas de molino flotando sobre una balsa, pero que las dos veces la balsa se hundió.
—Hemos tenido mala suerte —dijo Miller, pero en su rostro se veía que para él era algo personal, como si alguien se hubiera esforzado para que las cosas resultaran un fracaso.
—Por eso esta vez usaremos un trineo y rodillos —explicó Alvin Júnior desde la parte de atrás—. Nada puede caerse, nada puede romperse, y aunque así fuera sólo serán troncos, y podremos conseguir con qué reemplazarlos.
—Mientras no llueva —dijo Miller—. Ni nieve…
—El cielo se ve despejado —comentó Truecacuentos.
—El cielo es un embustero —dijo Miller—. Siempre que quiero hacer algo, el agua se interpone en mi camino…
Llegaron a la cantera cuando el sol estaba en lo alto, pero aún lejos del mediodía. Desde luego, el viaje de regreso sería mucho más prolongado. Mesura ya había derribado seis gruesos troncos jóvenes y unos veinte más pequeños. David y Calma pusieron manos a la obra y se dedicaron a arrancarles las ramas y dejarlos lo más lisos posible. Para sorpresa de Truecacuentos, fue Al Júnior quien tomó el saco con las herramientas de cantero y se encaminó hacia las rocas.
—¿Dónde vas? —le preguntó.
—Ah, tengo que encontrar un buen sitio donde cortar—fue la respuesta del pequeño.
—Tiene ojo para la piedra —comentó Miller. Pero sabía más de lo que decía.
—Y cuando encuentres la piedra, ¿qué harás? —preguntó Truecacuentos.
—Pues la cortaré. —Alvin avanzó por el camino con la arrogancia del niño que se sabe capaz de hacer la tarea de un hombre.
—Es que también tiene mano para la piedra —agregó Miller.
—Sólo tiene diez años —le recordó Truecacuentos.
—Su primera rueda la cortó a los seis —repuso el padre.
—¿Me está diciendo que se trata de un don?
—No estoy diciendo nada.
—¿Me responderá a esto, Alvin Miller? Dígame si por casualidad es usted séptimo hijo varón.
—¿Por qué me lo pregunta?
—Los que saben de estas cosas dicen que el séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón nace sabiendo cómo se ven las cosas por debajo de la superficie. Por eso son tan buenos para descubrir manantiales.
—¿Eso dicen?
Mesura se acercó, se plantó frente a su padre, se puso las manos en las caderas y no ocultó su exasperación.
—Papá, ¿qué hay de malo en decírselo? En toda la región no hay nadie que no lo sepa…
—Quizá piense que Truecacuentos ya sabe más de lo que me gustaría que supiera por ahora…
—Eso es muy poco amable, Pa. ¿Cómo puede decir eso a un hombre que ha demostrado ser todo un amigo en más de una ocasión…?
—No tiene que decirme nada que no quiera que sepa —le detuvo Truecacuentos.
—Pues entonces seré yo quien se lo diga —dijo Mesura—. Papá es séptimo hijo varón. Ahilo tiene.
—Como Al Júnior. ¿O me equivoco? —aventuró Truecacuentos—Jamás lo habéis dicho, pero imagino que cuando un hombre da su propio nombre a un hijo que no es su primogénito es porque ha de ser el séptimo varón.
—Nuestro hermano mayor, Vigor, murió en el río Hatrack minutos después de que Alvin naciera —dijo Mesura.
—Hatrack… —repitió Truecacuentos.
—¿Conoce el lugar? —preguntó Mesura. —Conozco todos los lugares. Pero por alguna razón ese nombre me hace pensar que tendría que haberlo recordado antes, y no sé por qué. Séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón. ¿Extrae la rueda de molino de la roca con un conjuro? —Nadie diría eso… —repuso Mesura. —La corta —dijo Miller—. Como cualquier tallador de piedra.
—Es un niño corpulento, pero sigue siendo un niño, de todas formas —comentó Truecacuentos.
—Digamos —intervino Mesura— que cuando él corta la piedra es más blanda que cuando lo hago yo.
—Le agradecería que se quedara aquí y ayudara con las muescas y los troncos. Necesitaremos un trineo bien firme y rodillos lisos de verdad. —Lo que no dijo, pero Truecacuentos entendió tan claro como el día, fue: quédese aquí y no haga demasiadas preguntas sobre Al.
Y así, Truecacuentos trabajó con David, Mesura y Calma toda la mañana y buena parte de la tarde. Y mientras tanto, todo el tiempo oía el repiqueteo del hierro sobre la piedra. El trabajo de Alvin Júnior sobre la roca marcaba a los demás el ritmo de la labor, si bien nadie lo comentó.
Pero Truecacuentos no era de los que saben trabajar en silencio. Ya que los demás al principio no se mostraban muy inclinados a conversar, fue él quien contó historias todo el rato. Y como no eran niños sino adultos, no les contó sólo historias de aventuras, héroes y muertes trágicas.
De hecho, dedicó casi toda la tarde a contar la saga de John Adams: cómo fue que una muchedumbre de Boston quemó su casa después de que hubiera logrado la absolución de diez mujeres acusadas de brujería. Cómo Alex Hamilton lo invitó a la isla de Manhattan, donde ambos se dedicaron al ejercicio del Derecho. Cómo en diez años se las ingeniaron para que el gobierno holandés tuviera que permitir la inmigración ilimitada de gentes que no hablaran el holandés, hasta que en Nueva Ámsterdam y Nueva Orange los ingleses, escoceses, galeses e irlandeses fueron mayoría, y en Nueva Holanda, la principal minoría. Cómo lograron que en 1780 el inglés fuera declarado segunda lengua oficial, justo a tiempo para que las colonias holandesas se convirtieran en tres de los siete estados originales que firmaron el Pacto Americano.
—Apuesto a que por aquel entonces los holandeses debían odiar a esos tipos —dijo David.
—Bueno. No creas que eran tan malos políticos —repuso Truecacuentos—. Los dos aprendieron a hablar holandés mejor que muchos nativos, e hicieron que sus hijos se educaran hablando holandés en colegios holandeses. Eran holandeses hasta el tuétano, hijos, hasta el punto que cuando Alex Hamilton se presentó a gobernador de Nueva Ámsterdam, y John Adams, para presidente de los Estados Unidos, ambos obtuvieron más votos entre los holandeses de Nueva Holanda que entre los escoceses e irlandeses.
—Es decir, que si me presento a alcalde podría conseguir que los suecos y los holandeses que hay sobre el río me votaran —dijo David.
—Ni yo te votaría —repuso Calma.
—Pues yo sí—afirmó Mesura—. Y espero que algún día te presentes de verdad…
—No puede hacerlo —indicó Calma—. Éste ni siquiera es un pueblo como Dios manda…
—Lo será —aseguró Truecacuentos—. Lo he visto antes. Cuando este molino se ponga en marcha, no pasará mucho tiempo antes de que haya trescientas familias viviendo entre vuestro molino y la iglesia de Vigor.
—¿Lo cree usted así?
—Ahora ya hay nuevos viajeros que se acercan a la tienda de Soldado de Dios tres o cuatro veces al año —dijo Truecacuentos—. Pero cuando puedan comprar harina vendrán mucho más a menudo. Durante algún tiempo preferirán vuestro molino a cualquier otro que se instale aquí, puesto que tenéis un camino llano y buenos puentes.
—Si el molino da dinero —dijo Mesura—, Papá encargará seguro a Francia una piedra Buhr. Teníamos una en West Hampshire, antes de que la inundación rompiera el molino. Y una piedra Buhr significa harina blanca y fina.
—Y harina blanca significa buenos negocios —agregó David—. Nosotros, los mayores, nos acordamos. —Sonrió con aire de conocedor—. Allí casi fuimos ricos…