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El septimo hijo [Seventh Son - es]

Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIX. Un Norteamérica alternativa en la que la magia y los conjuros del folklore popular son efectivos y en la que las colonias americanas no se han independizado todavía de la corona británica gobernada todavía por el lord Protector y cuyo rey está exiliado en Carolina del Sur. Un mundo en el que los pieles rojas se encuentran con los colonos que parten hacia el oeste.
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
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—Tal vez no —replicó Truecacuentos—, pero es lo que ella escribió…

—¿Quién lo escribió? —exigió Mamá.

—Una niña. Hace unos cinco años.

—¿Y cuál es la historia que acompaña la frase? —quiso saber Alvin.

Truecacuentos sacudió la cabeza.

—Pero usted dijo que nunca permitía escribir a la gente a menos que supiera su historia.

—Lo escribió mientras yo no miraba —dijo Truecacuentos—. Me di cuenta en mi siguiente parada.

—Entonces, ¿cómo sabe que fue ella? —preguntó Alvin.

—Fue ella —repuso Truecacuentos—. Era la única persona en ese lugar que pudo haber abierto el conjuro que por esos días yo mantenía sobre el libro.

—Es decir, que no sabe lo que significa. ¿Puede decirme al menos por qué ardían las letras para mí?

Truecacuentos sacudió la cabeza.

—Era la hija de una posadera, si mal no recuerdo. Hablaba muy poco, y cuando lo hacía, cada una de sus palabras era estrictamente veraz. Jamás mentía, ni siquiera para ser gentil. La consideraban una fierecilla, pero ya lo dice el proverbio: «El malo esquiva a quien siempre habla con sinceridad.» O algo así.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Mamá. Alvin la miró sorprendido. Mamá no había visto arder las letras. ¿Por qué estaba tan ansiosa por saber quién las había escrito?

—Lo siento —dijo Truecacuentos—. No recuerdo su nombre en este momento. Y si lo recordara tampoco lo diría. Ni su nombre ni el sitio donde vive. No quiero que nadie vaya en su búsqueda ni la moleste pidiéndole respuestas que acaso no quiera dar. Pero diré esto. Era una tea, y veía con ojos veraces. De modo que si escribió que había nacido un Hacedor, yo lo creo, y por eso dejé que sus palabras quedaran en mi libro.

—Algún día me gustaría conocer su historia —dijo Alvin—. Quiero saber por qué las letras brillaban tanto.

Levantó la vista. Mamá y Truecacuentos se miraban fijamente.

Y entonces, en los confines de su propia visión, allí donde casi no podía ver, percibió al Deshacedor, tembloroso, invisible, aguardando la ocasión de desmigajar el mundo.

Sin darse cuenta, Alvin sacó de los pantalones los faldones de su camisa y anudó ambos extremos. El Deshacedor vaciló, y luego se retiró para desaparecer de su vista.

Capítulo 11

LA RUEDA DE MOLINO

Truecacuentos despertó. Alguien lo estaba sacudiendo. Afuera todo estaba en sombras, pero ya era hora de ponerse en marcha.

Se sentó, se desperezó un rato y se regocijó al notar los pocos nudos y achaques que tenía en esos días, después de dormir en un lecho mullido. Podría acostumbrarme a esto, pensó. Podría gustarme vivir aquí.

El tocino era tan graso que desde allí podía oírlo crepitando en la cocina.

Iba a ponerse las botas cuando Mary llamó a la puerta.

—Estoy más o menos presentable —respondió él.

La joven entró, llevando dos pares de calcetines largos y gruesos.

—Yo misma los tejí —explicó. —Ni en Filadelfia podría comprar calcetines tan gruesos… —comentó Truecacuentos.

—Aquí, en la región del Wobbish, el invierno es muy frío, y… —no concluyó. Se ruborizó, hundió la cabeza y desapareció de la habitación.

Truecacuentos se puso los calcetines, sobre ellos las botas, y sonrió. No le molestaba aceptar pequeños obsequios como ése. Trabajaba tanto como el que más, y había dedicado muchos esfuerzos a preparar la granja para el invierno. Era bueno reparando tejados: le gustaba trepar y no se mareaba. Con sus propias manos había comprobado que casa, graneros, gallinero y cobertizos estuvieran firmes y secos.

Y sin que nadie lo decidiera había preparado el molino para que recibiera una nueva rueda. El mismo había cargado íntegramente el heno del suelo del molino. Cinco carretas llenas. Y los mellizos, que todavía no tenían granja propia, puesto que se habían casado ese verano, se ocuparon de cargarlo todo en el granero grande. Y sin que Miller tuviera que tocar una sola horquilla. Truecacuentos se ocupó de ello, sin llamar la atención de nadie, y Miller no insistió.

Pero no todo marchaba tan bien, Ta-Kumsaw y sus pieles rojas shaw-nee espantaban a tantos pobladores a lo largo del camino a Ciudad Cartago que todos estaban con los nervios de punta. Estaba bien que el Profeta tuviera su gran ciudad con miles de pieles rojas al otro lado del río, y que hablaran de que nunca levantarían sus manos en son de guerra por ningún motivo. Pero había muchos pieles rojas que sentían, como Ta-Kumsaw, que había que empujar a los blancos hasta las costas del Atlántico y obligarlos a retornar a Europa, con o sin barcos. Se hablaba de guerra y se aseguraba que, allí en Cartago, Bill Harrison era feliz avivando esta particular llama, por no hablar de los franceses de Detroit, que siempre alentaban a los indios para que atacaran a los colonos americanos sobre las tierras que, según los franceses, pertenecían a Canadá.

En la aldea de Iglesia de Vigor todos hablaban de eso, pero Truecacuentos sabía que Miller no lo tomaba muy en serio. Pensaba que los pieles rojas sólo eran payasos autóctonos y que todo lo que querían era engullir todo el whisky que pudiesen encontrar. Truecacuentos había visto esta actitud anteriormente, pero sólo en Nueva Inglaterra. Los yanquis, al parecer, no advertían que todos los pieles rojas de Nueva Inglaterra que tenían dos dedos de frente se habían trasladado al estado de Irrakwa. Sin duda a los yanquis les abriría los ojos saber que los de Irrakwa trabajaban duramente con sus máquinas de vapor compradas directamente a Inglaterra, y que en la región de los lagos un blanco llamado Eli Whitney los ayudaba a construir una fábrica capaz de producir armas veinte veces más rápido que nunca antes. Un día de éstos, los yanquis despertarían y descubrirían que no todos los pieles rojas eran borrachos sin remedio. Más de un blanco tendría que darse prisa para poder alcanzarlos.

Pero mientras tanto, Miller no tomaba muy en serio la chachara sobre la guerra.

—Todos sabemos que hay pieles rojas en los bosques. No se puede impedir que anden merodeando, pero a mí jamás me faltó ni un pollo. Por ahora, no veo que sean un problema…

—¿Más tocino? —preguntó Miller. Empujó la tabla con el tocino sobre la mesa, hacia Truecacuentos.

—No estoy acostumbrado a comer tanto por las mañanas —dijo Truecacuentos—. Desde que estoy aquí, en cada comida me he embuchado más de lo que antes comía en todo un día.

—Estaba en los huesos… —comentó Fe. Le acercó un par de bollos calientes untados con miel.

—No puedo dar un solo bocado más —se disculpó Truecacuentos.

Los bollos desaparecieron del plato de Truecacuentos.

—Pues ya son míos —intervino Al Júnior.

—No te abalances así sobre la mesa —lo reconvino Miller—. Y además, no podrás comerte esos dos bollos.

Pero en tiempo relativamente corto, Alvin se encargó de demostrar que su padre se equivocaba. Luego se limpiaron la miel de las manos, se calzaron los guantes y partieron hacia la carreta. Y mientras Calma y David se acercaban cabalgando desde el pueblo, asomó la primera luz de la alborada. Al Júnior trepó por la parte trasera de la carreta, junto con las herramientas, sogas, tiendas y provisiones. Tardarían unos días en regresar.

—¿Esperamos a los mellizos y a Mesura? —preguntó Truecacuentos.

Miller subió de un salto al asiento de la carreta.

—Mesura ya está en camino, derribando troncos para construir el trineo de carga. Y Previsión y Moderación se quedarán aquí, para turnarse de casa en casa. —Sonrió—. No podemos dejar indefensas a las mujeres con todo lo que se rumorea sobre los salvajes pieles rojas, ¿verdad?

Truecacuentos le devolvió la sonrisa. Era bueno saber que Miller no era tan confiado como parecía.

El trecho hasta la cantera era bastante largo. Durante la marcha dejaron atrás los restos de una carreta con una rueda de molino partida en el mismo centro.

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