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El septimo hijo [Seventh Son - es]

Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIX. Un Norteamérica alternativa en la que la magia y los conjuros del folklore popular son efectivos y en la que las colonias americanas no se han independizado todavía de la corona británica gobernada todavía por el lord Protector y cuyo rey está exiliado en Carolina del Sur. Un mundo en el que los pieles rojas se encuentran con los colonos que parten hacia el oeste.
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
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—No necesitamos niños que se anden por entre las piernas mientras manipulamos una piedra de mesejante tamaño —dijo su padre.

—Pero debo vigilar la rueda para asegurarme de que no se parta o se melle, Pa…

Los hijos mayores observaban a su padre, a la espera. Truecacuentos se preguntó qué estarían esperando. Eran demasiado mayores para sentir celos del amor que su padre deparaba a este séptimo hijo. También debían de querer que el pequeño estuviera a salvo de todo daño. Pero para todos era muy importante que la rueda llegara sana y sin roturas para que comenzara a cumplir sus funciones en el molino. Nadie dudaba de que Alvin tenía la facultad de conservarla intacta.

Finalmente, Miller habló:

—Podrás cabalgar junto a nosotros hasta que se ponga el sol. Entonces estaremos serca, y tú y Truecacuentos podréis adelantaros y pasar la noche en una buena cama.

—Por mí no hay problema —dijo Truecacuentos.

Era evidente que esto no satisfacía a Alvin pero el niño no respondió.

Antes del mediodía, el trineo ya estaba en marcha. Dos caballos delante y dos a la zaga, para hacer de freno, iban atados directamente a la piedra, que descansaba sobre las maderas del trineo. Y éste iba sobre siete u ocho rodillos pequeños. El trineo avanzaba y se deslizaba sobre los troncos dispuestos por delante. Y a medida que los rodillos de atrás quedaban libres, uno de los jóvenes lo quitaba por debajo de las cuerdas que iban hacia las bestias y corría hacia el frente para situarlo detrás del par que tiraba. Es decir, que por cada kilómetro que avanzaba la roca, los hombres corrían cinco.

Truecacuentos quiso hacer su parte, pero ni Calma ni Mesura ni David estuvieron dispuestos a permitírselo. Terminó ocupándose de los caballos de retaguardia. Alvin iba montado sobre el lomo de uno de ellos. Miller conducía el par de delante, y cada tanto regresaba a cerciorarse de que no iba demasiado deprisa para los jóvenes.

Y así avanzaron, hora tras hora. Miller propuso que se detuvieran para descansar, pero al parecer no sentían fatiga, y Truecacuentos se asombraba de la resistencia de los rodillos. Ni uno solo partido contra la roca o vencido por el peso de la piedra. Sólo se mellaban ligeramente.

Y cuando el sol se hundía dos dedos por debajo ¿el horizonte, desdibujado entre las nubes encendidas por el ocaso, Truecacuentos reconoció el valle que se abría ante ellos. Habían hecho toda la travesía en una sola tarde.

—Creo que tengo los hermanos más fuertes de todo el mundo —murmuró Alvin.

No me cabe la menor duda, dijo Truecacuentos para sus adentros. Si tú puedes cortar una roca de la montaña sin manos, sólo porque «encuentras» las fracturas precisas en la piedra, no me sorprende que tus hermanos hallen en sí mismos exactamente tantas fuerzas como crees que tienen.

Truecacuentos intentó, como tantas veces antes, dilucidar la naturaleza de los poderes ocultos. Sin duda debía de haber alguna ley natural que rigiera su uso. El viejo Ben siempre solía decirlo. Y sin embargo, aquí estaba este niño, que por mera creencia y deseo podía cortar la roca como mantequilla e infundir fortaleza a sus hermanos. Había una teoría según la cual el poder oculto provenía de la afinidad con cierto elemento natural en especial. ¿Pero cuál podía hacer todo lo que Alvin sabía? ¿La tierra? ¿El aire? ¿El fuego? Sin duda no se trataba de agua, pues Truecacuentos sabía que las historias de Miller eran ciertas. ¿Cómo podía ser que Alvin deseara algo y la tierra misma cediera a su voluntad, mientras que otros podían desear cosas sin lograr que soplara la más mínima brisa?

Cuando llegaron al molino necesitaron encender antorchas para iluminar el recorrido de la rueda a través de las puertas.

— Más vale dejarla puesta esta noche — dijo Miller.

Truecacuentos imaginó los temores que azotaban la mente del hombre. Si dejaba la rueda erecta, seguramente rodaría por la mañana y aplastaría a cierto niño mientras inocentemente cargaba agua hasta la casa. Puesto que la rueda había venido milagrosamente desde la montaña en un solo día, sería tonto dejarla en cualquier sitio que no fuera el adecuado: sobre la base de tierra apisonada y cantos rodados del molino.

Trajeron un par de caballos al interior del recinto y ataron la rueda a las bestias, como habían hecho cuando la hicieron descender sobre el trineo. Y mientras el peso de la rueda iba descargándose sobre la base, los animales harían de contrapeso.

Pero en ese momento la roca descansaba sobre la tierra que había alrededor de la base de cantos rodados. Mesura y Calma estaban pasando unas palancas por debajo del borde exterior para aplicar fuerza y conseguir que cayera sobre el sitio preciso. Mientras trabajaban, la rueda se bamboleó ligeramente. David sostenía los caballos. Sería una tragedia que tiraran demasiado pronto y que impulsaran la piedra en sentido contrario para que el lado tallado cayera sobre el suelo de tierra.

Truecacuentos, a un lado, observaba a Miller dirigir la labor de sus hijos con inútiles advertencias.

— Cuidado allí. Ahora quietos… — Desde que habían traído la roca al interior del molino, Alvin había permanecido a su lado. Uno de los caballos se encabritó. Miller reaccionó de inmediato —. Calma, ayuda a tu hermano con los animales. — El mismo Miller dio un paso hacia ellos.

En ese momento, Truecacuentos advirtió que Alvin no estaba a su lado como creía. Llevaba una escoba y caminaba a paso raudo hacia la rueda de molino. Tal vez hubiera visto algún canto suelto sobre la base. Tenía que apartarlo, ¿verdad? Los caballos retrocedieron y las cuerdas se aflojaron. Justo cuando Alvin se detenía detrás de la roca, Truecacuentos advirtió que nada podría impedir que el peso cayera sobre él, si, ahora que las cuerdas no estaban tensas, la roca se inclinaba.

Lo más razonable era que no cayese. Pero Truecacuentos ya había aprendido que no había que confiar en lo razonable. Alvin Júnior tenía un enemigo invisible y poderoso, que no perdería una oportunidad como ésa.

Truecacuentos avanzó unos pasos. Cuando llegó a la altura de la piedra, sintió que la tierra cedía bajo sus pies, que se desmoronaba. No mucho, sólo unos centímetros, pero suficiente para que el borde inferior de la rueda se inclinara apenas y provocara un impulso imposible de detener en lo alto de la inmensa rueda. La roca caería sobre el sitio correcto, sobre la base de cantos rodados, y debajo de ella quedaría el pequeño Alvin, triturado como los granos de la molienda.

Con un grito, Truecacuentos tomó a Alvin del brazo y dio un tirón para alejarlo de la roca. Sólo entonces vio Alvin que la piedra caería sobre él. El movimiento de Truecacuentos tuvo fuerza suficiente para hacer que el niño retrocediera unos pasos, pero no bastó. Las piernas del pequeño quedaron bajo la sombra de la roca. Y ésta caía deprisa, muy deprisa. Truecacuentos no pudo reaccionar a tiempo, no pudo hacer otra cosa, más que mirar cómo aplastaba las piernas de Alvin. Sabía que era un daño igual a la muerte, pero más prolongado. Había fracasado.

En ese momento en que observaba la caída asesina de la piedra, vio aparecer una grieta sobre su superficie y, en menos de un instante, la rueda quedó partida en dos mitades perfectas. Cada una caería a un lado de las piernas de Alvin, sin tocarlo.

Apenas vio Truecacuentos el haz de luz por entre ambos fragmentos de la piedra, oyó que Alvin gritaba:

—¡Noo!

Cualquiera habría pensado que el niño gritaba por su muerte inminente bajo el peso de la roca. Pero Truecacuentos estaba sobre el suelo, a su lado, iluminado por la luz mortecina de las antorchas que se filtraba a través de la rajadura. Y para él, el grito fue algo más. Inconsciente del propio peligro, como era propio de los niños, Alvin gritaba porque la piedra se rompía en dos. Después de todo su trabajo y del esfuerzo de traer la roca a casa, no podía soportar verla destruirse.

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