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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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—Sí, pero tienes que querer algo más.

Cox dejó claro que no nos contaría nada a no ser que Ashlee le comprara algo. El negocio es el negocio, dijo.

—Se trata de mi hijo, Cheever.

—Lo sé, y os quiero mucho a los dos…pero necesito dinero para vivir.

Así que decidió comprarle un cartón de “tabaco suelto” que Cox fue a buscar al sótano. Durante la reunión, Ashlee tuvo aquel apestoso paquete sobre su regazo.

—Verás, Ashlee —dijo Cox, tras recostarse en su asiento—. Suelo dejarme caer por los edificios de los ocupas, sobre todo los de Franklin, Lowertown o los viejos almacenes de Cargill, así que veo con frecuencia a esos chavales. Y ya sabes que Adam suele ir con ellos. La verdad es que no hago mucho negocio porque no tienen ni un duro. Incluso para comer tienen que robar. De todas formas, de vez en cuando se acerca uno de ellos con algunas monedas y me pide un cartón, dos cartones, tabaco, alcohol, pastillas y todo eso. Suele ser Adam el que se acerca, porque nos conocemos de cuando venías a verme con regularidad.

Ashlee bajó la mirada pero no hizo ningún comentario.

—Además, Adam tiene algo más en la cabeza que la mayoría de esos chavales. Aunque se consideran hajistas o kuinistas, puedo decirte que saben tanto de política como los ladrillos. ¿Sabes quiénes hacen realmente los haj? Los hijos de los ricos y famosos. Sólo ellos pueden ir a Israel o Egipto para quemar sus velas aromáticas y todo eso. Los chicos del centro de la ciudad son diferentes; la mayoría de ellos no movería ni un dedo por ir ver a Kuin, ni siquiera aunque éste estuviera celebrando un baile de coronación en el jardín de sus casas. Bueno, eso era lo que opinaba Adam, y por eso empezó a moverse por los clubes Copperhcad de Wayzata, Edina… Sólo estaba buscando chicos de su edad que pensaran como él, pero que fueran más crédulos y ricos que los chavales del centro.

—Cheever —dijo Ashlee—. ¿Podrías decirme si aún se encuentra en la ciudad?

—No lo sé con certeza, pero lo dudo. Si está por aquí, no lo he visto. Ya sabes que suelo hablar con la gente y que intento mantener la oreja bien pegada al suelo. Siempre hay rumores. ¿Recuerdas el de Kirkwell?

El verano anterior, un carnicero retirado y clínicamente paranoico de Kirkwell, Nuevo México, anunció que, durante la primavera, había detectado un incremento de la radiación ambiental en los límites de la ciudad… en unos terrenos que, casualmente, le pertenecían. Supongo que lo único que deseaba era convertir aquel lugar en una atracción turística, y lo consiguió. En septiembre, ya habían acampado en la zona diez mil jóvenes hajistas. La Guardia Nacional tuvo que intervenir, pidiendo a los peregrinos que regresaran a sus casas y repartiendo comida y agua, pero los terrenos sólo fueron despejados después de que se produjera una epidemia de cólera. El carnicero retirado pronto desapareció del mapa, dejando a sus espaldas una serie de demandas y acciones populares por alteración del orden público.

—Aunque estos rumores vienen y van —dijo Cox—, el principal que hay en estos momentos es el de México. Ciudad Portillo. Hace tres semanas, Adam estuvo en esta habitación hablando de eso… aunque la verdad es que nadie le prestó mucha atención. Supongo que fue entonces cuando decidió unirse a los Copperhead de las afueras: quería ir a México y pensó que esos jóvenes le proporcionarían transporte y algo de dinero.

—¿Se ha ido a México? —preguntó Ashlee.

Cox levantó las manos.

—No te lo puedo asegurar, pero si se admiten apuestas, yo diría que debe encontrarse cerca de la frontera… si no la ha cruzado ya.

Ashleeno dijonada. Es taba pálida y ensimismada. Parecía consternada.

—El problema está en que las personas estúpidas hacen cosas estúpidas —añadió Cox—. Sin embargo, Adam es lo bastante listo como para hacer algo realmente estúpido.

Estuvimos hablando un rato más, pero ya nos había dicho todo lo que tenía que decirnos. Ashlee se levantó y se dirigió hacia la puerta. Cox volvió a abrazarla.

—Ven a verme cuando te quedes sin receta —dijo.

Durante el camino de regreso, le pregunté a Ashlee cómo había descubierto que su hijo había huido.

—¿A qué te refieres?

—Me ha parecido entender que Adam frecuentaba los círculos ocupas. Si no vivía en casa, ¿cómo supiste que había desaparecido?

Nos detuvimos junto a la acera, delante de su portal.

—Ven. Te lo enseñaré —dijo Ashlee.

Abrió la puerta y me condujo por unas estrechas escaleras hasta su apartamento, que tenía la misma distribución que la mayoría de los pisos de la zona: una gran habitación principal que daba a la calle, dos diminutas habitaciones a las que se accedía por un pasillo y una cocina cuadrada con una ventana que daba al callejón de detrás. Estaba mal ventilado porque, según me dijo Ashlee, prefería mantener las ventanas bien cerradas durante la huelga de basureros. Sin embargo, estaba muy limpio y había sido amueblado con sensatez. Era la casa de una persona con sentido común y buen gusto, aunque con escasos ingresos.

—Esta es la habitación de Adam —dijo Ashlee, señalando una puerta—. No le gusta que entre nadie… pero como no está, no puede quejarse.

En cierto sentido, mi primer contacto real con Adam se produjo al entrar en su habitación. Supongo que esperaba lo peor: pornografía, graffiti y puede que incluso una escopeta escondida en el cesto de la ropa.

Pero en aquella habitación no había nada parecido. Más que ordenada, estaba gélidamente impecable. Había hecho la cama antes de irse. La puerta del armario estaba abierta y la enorme cantidad de perchas vacías sugería que se había preparado para un largo viaje; sin embargo, las escasas prendas que quedaban en su interior estaban pulcramente ordenadas. Aunque las estanterías era improvisados conjuntos de ladrillos y madera, todos los libros estaban derechos y ordenados alfabéticamente… no por autor, sino por título.

Los libros dicen mucho de las personas que los eligen y los leen. Era obvio que Adam sentía predilección por las obras de no ficción de carácter técnico: manuales de electrónica, libros de texto (entre los que se incluían varios de química orgánica e historia americana), Fundamentos de la Informática, además de diversas biografías (Picasso, Lincoln, Mao Tze Tung), Juicios famosos de! siglo XX, Cómo reparar prácticamente todo. Diez pasos hacia un motor de combustión más eficiente. También tenía un libro de astronomía para niños y una guía de órbitas de satélites. Hielo y fuego: La historia inédita de la tragedia de la Base Lunar. Y, por supuesto, diversos libros sobre Kuin. Algunos de ellos eran obras principales, como Asia asediada, de McNeil y Cassel, pero en su mayoría eran publicaciones mediocres con títulos llamativos, como El fin de los días o El Quinto Jinete.

No tenía fotografías de ningún ser humano, pero advertí que había empapelado las paredes con las imágenes de varios Cronolitos que habían sido publicadas en las revistas (en resumen, aquella habitación me recordó al despacho de Sue Chopra de Baltimore).

—¿Sigues pensando que no viene nunca por casa? —preguntó Ashlee—. Éste es el cuartel general de Adam. Puede que no duerma aquí todas las noches, pero de las veinticuatro horas que tiene el día, siempre pasa ocho o diez encerrado en este lugar. Siempre.

Cerró la puerta.

—Resulta irónico —continuó—. Pensaba que estaba construyendo un hogar para Adam, pero no fue así. Él creó su propio hogar… y, sólo por casualidad, lo hizo dentro del mío.

Preparó café y estuvimos hablando un rato más, sentados en su largo sofá. El cristal de las ventanas era tan fino que, a pesar de que estaban cerradas, podíamos oír el sonido del tráfico. Fue un momento mágico. Al verla moviéndose por la cocina y peinándose su hirsuto cabello con las manos, recordé la vida hogareña, aquella sensación de domesticidad que no había vivido desde hacía más de una década. Me sentía reconfortado y muy agradecido.

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