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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Se trata de Willy.

En los labios del hombre jugueteó una sonrisa torcida, y los ojos se posaron en el frasco.

– Ah, ese Willy es un personaje, ¿no es cierto?

Los ojos de Agatha siguieron el recorrido de los de Gandy.

– Es un ángel. Creo que ha estado visitándolo con regularidad.

Gandy asintió y rió. Ahuecó las manos y apoyó el mentón en ellas.

– ¿A usted también?

– Sí. Todos los días.

Vio que miraba las barras de orozuz y se apresuró a explicar:

– No sólo son para éclass="underline" a mí también me gustan.

Agatha sonrió, al comprender la renuencia del hombre a que lo sorprendieran demasiado encariñado con el muchacho.

– Sí, me imagino.

Como para demostrarlo, destapó el frasco, se sirvió una barrita y le ofreció:

– Tome una.

Tenía la negativa en la punta de la lengua, pero la boca se le hacía agua. ¿Cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de una barrita de orozuz?

– Gracias.

Gandy tapó el frasco, mordió el dulce y se sentó otra vez, masticando. Agatha mordisqueó la propia y observó, distraída, la blanda barra pegajosa en los dedos. Alzó la vista y puso el vale de madera sobre el escritorio,

– Quisiera cambiarle esto.

Gandy le lanzó una mirada fugaz al redondel de madera, y luego miró fijo a Agatha. Reaparecieron los hoyuelos y una sonrisa burlona:

– Me temo que tendrá que ir al Cowboy's Rest para eso. Aquí no damos baños.

– Para Willy -explicó.

– ¿Willy?

– Hiede. -Hizo una pausa elocuente-. Y necesita más un baño que cualquier otro ser humano que yo haya conocido.

– Mándelo allá.

– No quiere ir.

– Ordéneselo…

– No soy la madre, señor Gandy, ni su padre. Willy dice que el padre no lo hace bañarse, cosa bastante obvia. Cuando le sugerí que fuera solo, salió corriendo a ver cómo cargaban el ganado.

Gandy dio otro mordisco al dulce.

– ¿Y qué quiere que haga?

– Willy iría con usted.

– ¡Conmigo!

Gandy alzó las cejas.

– Adora el suelo que usted pisa.

– Espere un minuto. -Gandy se levantó de la silla y se alejó de Agatha lo más que pudo. En el rincón, cerca de la ventana, se dio la vuelta y la señaló con la barra de dulce ablandada-. Yo tampoco soy el padre del chico. Si necesita un baño, que se lo dé Collinson.

Agatha habló sin alterarse:

– Eso sería lo mejor, ¿no?

Dio otro recatado mordisco al orozuz. Gandy tiró el suyo sobre el escritorio.

– ¿Por qué tengo que hacerlo yo? -preguntó, exasperado.

Agatha prosiguió, serena:

– Yo lo llevaría, pero no es apropiado. Las mujeres no vamos a los baños públicos. De todos modos, usted va bastante a menudo, ¿no es cierto?

Gandy adoptó una expresión colérica.

– No me molesta que venga de vez en cuando, pero no pienso atender a ese golfo y llevarlo a todos lados como si fuese mío. Podría llegar a convertirse en una molestia espantosa. Y tampoco voy a quedarme siempre en este pueblo, usted lo sabe. No conviene que se encariñe conmigo.

Agatha se sacudió una pelusa inexistente de la falda y dijo, sin rodeos:

– Tiene piojos.

– ¡Piojos!

Apabullado, Gandy miró a Agatha.

– Se rasca sin cesar. ¿No lo ha notado?

– Yo…

¡Maldita mujer! ¿Por qué no lo dejaba en paz? Gandy comenzó a pasearse y a mesarse el cabello.

– Señor Gandy, ¿tuvo piojos alguna vez?

– Claro que no.

– ¿Lo picó una mosca, entonces?

Tenía el poder de hacerlo contestar lo que no quería.

– ¿A quién no? Teníamos perros y gatos cuando yo era niño.

– Entonces, sabe que estar infestado de picaduras no es lo más agradable del mundo. Las moscas pican y se van. Los piojos se quedan y chupan. Se mueven constantemente sobre la persona…

– ¡Está bien! ¡Está bien! -Cerró los ojos con fuerza, y alzó las manos, en gesto de rendición-. ¡Lo haré!

Abrió los ojos, se puso ceñudo y dirigió la mirada hacia un rincón del techo y maldijo en voz baja.

Agatha sonrió:

– Antes, habrá que frotarle la cabeza con queroseno.

– ¡Jesús! -farfulló, disgustado.

– Y la ropa necesita una lavada. Yo me ocuparé de eso.

– No se mate, Agatha -le aconsejó, sarcástico.

– Dejé el vale para pagar el baño. -Tenía un aspecto ridículo en el escritorio, junto a los fajos de billetes-. Bueno… -Se levantó-. Gracias por la barra de orozuz. Estaba deliciosa. Hacía años que no comía una.

– ¡Bah!

La ganó el humor, y sonrió, halagadora.

– Vamos, Gandy, no es para tanto. Imagine que el queroseno es esa porquería que usted vende allá abajo.

El hombre contrajo los puños. Los ojos negros, con esa expresión furiosa, no perdieron un ápice de atractivo.

– Agatha, usted es una condenada fastidiosa, ¿lo sabía?

Le miró la boca y rompió en carcajadas.

Los labios contraídos de Gandy estaban rodeados de un anillo negro, como un ojo de un mapache. Se crispó, y trató de parecer duro. ¡Maldita entrometida! Viene aquí, con esos perturbadores ojos verde claro, manipula mi conciencia y luego se ríe de mí!

– ¿Qué le parece tan divertido?

Sin dejar de reír, Agatha le sugirió sobre el hombro:

– Limpíese la boca, Gandy.

Cuando la cola del polisón desapareció, se precipitó a su apartamento y se miró en el espejo que había sobre el lavatorio. Enfadado, se limpió el orozuz de la boca. Pero un instante después, lo atacó un deseo caprichoso de reír. Pensó en silencio unos momentos. Esa maldita empezaba a perturbarlo.

Repasó uno por uno los atributos físicos: la boca atractiva; la piel sin defectos; la línea decidida de la barbilla; la arrebatadora opacidad de los ojos verdes; el brillo sorprendente del cabello caoba rojizo, arreglado con arte; la vestimenta, siempre formal e impecablemente cortada que, en cierto modo, era la ideal para ella; los altos polisones. Hasta entonces, nunca se había fijado mucho en polisones pero, sin duda, a Agatha le daban un aspecto elegante.

Se observó a sí mismo en el espejo.

Ten cuidado, muchacho, podrías enamorarte de esa mujer, y no es de ésas con las que se puede jugar.

El delgado muchachito, oliendo a queroseno, y el hombre alto y fornido oliendo a cigarro, estaban en un cuarto que olía a madera húmeda. En el medio del suelo de madera mojada había dos bañeras, también de madera, con agua caliente que los esperaban. En una esquina, en una silla de respaldo arqueado, dos toallones turcos, un tazón de jabón amarillo suave de lejía, y una pila de ropa limpia.

– Bueno, muchacho, desnúdate. ¿Qué esperas?

Gandy se sacó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla.

Willy proyectó hacia fuera el labio inferior.

– Me engañaste.

– No. Perdiste limpiamente una partida de póquer de cuatro naipes.

– Pero si nunca había juegado, ¿cómo iba a ganar?

– Es la suerte, Willy. Sólo que en esa mano estaba conmigo. Y creo que Agatha te explicó que no digas más «juegado».

El chaleco de Gandy fue a unirse a la chaqueta. Se sacó fuera del pantalón los faldones de la camisa sin desabotonarla, y Willy aún no había levantado un dedo para desvestirse. Gandy puso el pan de jabón en el suelo y se sentó para sacarse las botas.

– Muchacho, ya hace casi una hora que no fumo, y si no quieres salir volando como fuegos artificiales, será mejor que te metas en esa bañera y te quites el queroseno.

Haciendo pucheros, Willy se sentó en el suelo y comenzó a sacarse las botas que tenían las puntas curvadas. Gandy lo miró por el rabillo del ojo y rió para sus adentros. El labio inferior del chico tenía dos veces el largo habitual. La barbilla aplastada, en gesto de fastidio. El cabello revuelto le daba la apariencia de una vieja gallina rubia que hubiese recibido demasiados picotazos de las compañeras.

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