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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Teno un nudo.

Refunfuñó sin levantar la vista.

– Pues, desátalo.

– No puedo. Está demasiado apretado.

Sin otra prenda puesta que el enterizo hasta la rodilla, Gandy se apoyó en una rodilla, junto al chico:

– Déjame ver…

No cabía duda de que Willy tenía un nudo. En verdad, no tenía otra cosa: los cordones de las botas eran una serie de nudos. Las botas mismas parecían listas para la basura desde un mes atrás. Cuando se las sacó, el olor estuvo a punto de voltear a Gandy.

– ¡Por el amor de Dios, muchacho, hueles como la guarida de un jabalí salvaje!

Willy rió con disimulo, escondiendo la barbilla en el pecho y tratando de cubrirse la boca con la muñeca. Después, estiró un puño a ciegas y lo golpeó en la rodilla.

– No -farfulló.

– Bueno, por lo menos como una mofeta, entonces.

Otro golpe.

– ¡Tampoco!

– ¡Uff! ¡Me quitas el aliento! Si no eres tú, ¿quién puede ser?

A Willy le dolía la cara de contener la risa, y para evitarlo, dio otro golpe a Gandy que lo hizo perder el equilibrio.

Gandy le dirigió una sonrisa afectada, llena de hoyuelos:

– ¡Jesús, me parece que vi a cuatro mofetas hembras arrastrándose hacia la puerta, en este mismo momento!

Esta vez, la carcajada de Willy escapó antes de que pudiese ahogarla. Alzó la cabeza y dio un empellón con todo el cuerpo contra el pecho de Gandy.

– No me importa. Igual, me hiciste trampa, Scotty.

Era la segunda vez que Gandy tenía a Willy en sus brazos. Aun oliendo a queroseno y a pies sucios, le derritió el corazón. Con las caras a escasos milímetros de distancia, Gandy rió y le preguntó:

– ¿Ya estás listo para meterte en el agua?

– Si no hay más remedio… -Al semblante de Willy volvió la expresión angelical-. La cabeza me arde.

Uno al lado del otro, se desnudaron. Cuando terminaron se miraron cara a cara, Gandy hacia abajo, Willy hacia arriba El pene de Willy era como una diminuta bellota rosada; el de Gandy, no. Las piernas del niño, como cerillas; las del hombre largas, duras, salpicadas de áspero vello negro. Las costillas de Willy, como una marimba; el torso de Gandy, como un saco repleto de avena.

Los ojos de los dos, de un castaño intenso y largas pestañas, se parecían mucho. Willy los levantó:

– Cuando sea mayor, ¿me pareceré a ti?

– Es probable.

– ¿Tendré un gran garrote?

Gandy rió, echándose hacia atrás con las manos en las caderas. Miró sonriente la cara que estaba a la altura de su ombligo.

– Willy, muchacho, ¿dónde escuchaste semejante palabra?

– A Ruby.

– ¿Ruby? ¿Qué dice?

– Dijo que le gustaban los hombres con grandes garrotes, y como es mi amiga, quiero gustarle.

Gandy tocó la nariz del niño.

– Si quieres agradar a las damas, toma un baño al menos una vez por semana. Ahora, vamos… -Se apoyó en una rodilla, junto a la bañera-. La cabeza primero.

Willy se arrodilló, se aferró al borde de la bañera y se inclinó sobre ella. El trasero, de nalgas tan diminutas como hogazas de pan sin leudar, se acomodó entre los tobillos mugrientos. Cada una de las vértebras sobresalía como un guijarro en una orilla de la que el agua se retiró. ¡Y el pelo… por Dios!

«¡Qué facha!, -pensó el hombre-, puro piel y huesos, piel de gallina y suciedad». Tomó un puñado de jabón, sonrió, apoyó el codo en la rodilla levantada y se dispuso a la tarea.

Hubo algo de honda satisfacción en frotar la pequeña cabeza. Las manos anchas de Gandy parecían tan oscuras en contraste con la palidez de Willy, los antebrazos tan poderosos junto al cuello flaco… Pensó en su propia hija, si la habría bañado en caso de estar viva.

Olvídalo, Gandy, ya pasó.

Dobló hacia atrás una oreja de Willy y escudriñó dentro:

– Muchacho, ¿qué es lo que te crece aquí dentro? Ya es hora de cosechar, ¿no crees?

Willy gorgoteó, con los codos hacia el techo.

– ¡Date prisa!

– Estoy haciéndolo, pero tendría que haber traído una pala.

El chico rió otra vez.

– Eres divertido, Scotty -se oyó, en sordina.

Era extraño, pero un elogio tan insignificante de parte de un pequeño lo hizo profundamente feliz. Cuando el cabello quedó limpio, hizo que se llevaran el agua sucia y trajeran otra limpia.

– Métete para calentarte.

El mismo Gandy tembló, agradecido, cuando metió sus largos miembros en una de las bañeras, mientras Willy se sentaba a lo indio en la otra. Se enjabonó y se enjuagó, alzó los brazos y curvó los hombros, para mostrarle al niño cómo se daba un buen baño.

– Escarba bien esas orejas, ¿me oíste?

– Lo haré -repuso el niño, disgustado, siguiendo las indicaciones.

– Y no sólo dentro, también detrás.

– ¿Y si me quedo surdo? N'os bueno que se te meta agua en las orejas.

– Te aseguro que no quedarás surdo.

– Eso es lo que dice Gussie, pero…

– ¿Gussie?

Las manos de Gandy, que frotaban el pecho, se detuvieron.

– Sí, me revisó las orejas y…

– ¿Quién es Gussie?

– Agatha. Dice que cuando era pequeña la mamá siempre la llamaba Gussie, y dice que yo tamién puedo llamarla así. Bueno, Gussie me revisó las orejas y dijo que…

Gandy sólo oyó trozos de lo que Agatha había dicho. ¿Gussie? Se respaldó en la bañera, echándose distraídamente agua sobre el pecho, y tratando de adaptar el sobrenombre al rostro. Dejó las manos quietas. Claro… Gussie. Sonrió, sacó un brazo largo, se secó los dedos y sacó un cigarro del bolsillo del chaleco. Lo encendió, y holgazaneó contento, con las rodillas emergiendo como montañas, los brazos en el borde de la bañera, y pensó en ella.

Una mujer poco común. Moralista hasta la exageración, pero con un respeto subyacente hacia todo aquel que se ganara primero el respeto de ella. Tenía un modo divertido de desafiarlo en lo que se refería a la templanza. Había llegado a esperar impaciente la aparición de Agatha, todas las noches, en el Gilded Cage. Sí, claro que hacía la campaña junto con las demás, pero en su caso estaba atemperada por una firme convicción de que el ser humano tenía derecho de vivir como mejor le pareciera. Cuando lo pensaba, le parecía admirable; por un lado, cantaba, repartía panfletos y pedía firmas para un compromiso de abstinencia; por otro, admitía que Gandy tenía todo el derecho de hacer su negocio, igual que los demás propietarios de tabernas del pueblo.

Se puso a pensar en otra de las dicotomías de Agatha. Estaba fascinada por Jubilee y las chicas. Aunque fingía que no lo estaba, en ocasiones la sorprendía observándolas como si le parecieran las criaturas más maravillosas de la tierra.

Y el niño. Era muy buena con él. Era una pena que no hubiese tenido hijos. Los habría criado mucho mejor que un réprobo como Collinson.

Echó una mirada a Willy y rió entre dientes. El chico estaba doblado hacia adelante, con la barbilla y los labios bajo la superficie del agua, y disfrutaba cada minuto del baño. Lanzó una nube de humo hacia el techo.

– Agatha te hizo unos trapos nuevos.

La cabeza de Willy emergió de golpe, los ojos dilatados de escepticismo.

– ¿En serio?

– Pantalones y camisa. -Gandy indicó con la cabeza al costado-. Ahí en la silla, con los míos.

– ¡Jesús…! -Willy se transfiguró al ver la pila de ropa plegada, y le chorreó el agua por el mentón-. No me dijo nada.

– Creo que quería darte una sorpresa.

Los ojos de Willy no se apartaban de la silla y se puso de pie:

– ¿Puedo salir, ya?

– ¿Estás seguro de que te frotaste hasta quedar limpio?

Willy alzó los codos y revisó fugazmente cada axila.

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