Voces del desierto
- Автор: Пиньон Нелида
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
Pero ¿con qué historia cautivar ahora a una mujer que le había pagado antes incluso de estipular el valor de su trabajo? Aunque su repertorio se había ampliado en los últimos años, conocía sus limitaciones. Frecuentemente, debido a su escasa familiaridad con la medina, evitaba situar a sus personajes en el califato, no se atrevía a describir la configuración urbana de Bagdad, que sólo conocía por medio de descripciones. En sus historias, los personajes recorrían sólo las cuatro vías básicas, que daban acceso a la urbe, la parte este conocida como al-Russafa, navegando, incluso, hasta el estuario del río Tigris.
Al haberle pagado bien, Jasmine aguardaba la recompensa. Acuciado, por tanto, por una curiosidad femenina que le pedía, además de una historia, detalles anteriores a su ceguera, el anciano le reveló su pasada condición de alfarero. Un artesano que se quejaba de las privaciones y de la arcilla pegada a la piel, que tardaba en quitarse. Habiendo en él, desde la adolescencia, una amargura que se reflejaba en la calidad de su trabajo. Lo que le hacía producir cántaros, platos, bandejas que se rompían al más leve toque, hasta el punto de que ya no lograba venderlos. No obstante, a pesar de un talento tan escaso, tenía la veleidad de marcar en la superficie del barro, a guisa de expresión artística, trazos del arte caligráfico, siempre con resultados finales que nada tenían que ver con el arte islámico de la escritura.
No le había mencionado, sin embargo, que, igual que el de alfarero, su oficio actual, de contador de historias, lo obligaba a combinar palabras, a incrustarlas en el barro de la fantasía y llevarlas al horno. En busca de figuras que, transitando desde un pescado, un caballo, piedras preciosas, hasta unas siluetas femeninas, propiciasen la creación de símbolos que, sin función aparente, representaban metáforas o la depuración de experiencias místicas, como era el caso de los sufíes.
La miseria del derviche lo lleva a deplorar en público su destino. Como si, olvidado de las gracias recibidas, hubiese perdido la fe en el Profeta que había actuado en su favor. Mientras hablaba, casi no se movía. Con movimientos limitados, en el afán de explorar la emoción de Jasmine, pasa varias veces el dorso de la mano por sus ojos quemados por el sol, atrayendo la atención al centro de su dolor. Reminiscencias, sin embargo, que parecían molestarlo.
Atenta a las penurias del derviche, Jasmine controla la sed. Asiste como una cría a un curso cotidiano al cual debe asociarse si quiere, de verdad, escuchar sus historias. Aguarda, pues, que comience el relato. Pero luego dice que tiene prisa, su marido la espera en casa. Hombre desconfiado, que le demanda repetidas pruebas de fidelidad.
El derviche, en cuyos oídos aún repercute el ruido de las piezas de oro cayendo en la vasija de latón, respira hondo, con la expectativa de que otras monedas sacien su estómago. Comienza a contar, la voz le suena aguda, no es el timbre deseado. Suaviza el tono, el momento requiere susurros. Su meta es llegar al final y corresponder al pago que ha recibido de Jasmine.
45.
Scherezade se siente adolescente de nuevo al recordar cómo recorría Bagdad con las manos manchadas de carbón, apoyada en un cayado. Simple artificio con el que Fátima, esmerándose en el arte del disfraz, escondía las facciones delicadas de Scherezade, sus venas azules destacadas en la piel blanca. No podían las dos correr ningún riesgo.
Al lado de Dinazarda, en los aposentos reales, ella recuerda las diversas idas al mercado, el ama arrastrándola por las callejuelas como ciega, cuando se tropezaba con extraños, fingiendo no saber hacia dónde ir. Mientras era guiada, Scherezade aspiraba a toda prisa el almizcle que avivaba la glándula de la gacela macho. Aquellos perfumes, oriundos de la India, de la China, de todas partes, cuyo aroma emanaba de las pequeñas tiendas que poblaban Bagdad.
Al volver de estas fugas, cada una de ellas con un disfraz diferente, Scherezade se escondía en los aposentos para que no viesen su mirada encendida, su rostro abrasado. No confesándole jamás a su padre que había estado en el centro de la ciudad y no tenía nada de qué quejarse. Él no entendería las ventajas derivadas de aventurarse por tierras impregnadas de miseria y de ilusiones. Celoso de su posición en la corte, no soportaría que su hija se contaminase con la turba, con la cual personalmente no se entremetía. En casa, con excepción de Fátima, trataba a todos con distancia, evitando cruzar su mirada con los esclavos, temeroso, tal vez, de que le inspirasen piedad.
Al borde de la fuente, cuyo chorro de agua le salpicaba el rostro, Scherezade, al lado de Fátima, revivía el mercado de Bagdad, escenario real de las historias que fabulaba. En aquel agrupamiento humano, entrecruzado de lenguas, dialectos, imprecaciones, expresiones privadas, había una algarabía infernal y un olor perturbador. Una turbulencia, gracias a la cual iba tocando el corazón del arte de inventar, mientras renunciaba a su propia alma a cambio de las demás.
Aún en la cuna, Fátima tocaba su piel convirtiendo el mero gesto en suave caricia. Ansiosa por concederle en el futuro porciones de vida tan estimulantes que su propia madre, aunque celosa de la hija, cedía a Fátima pedazos de Scherezade, como previendo la muerte prematura, anunciada por la brisa que le deshacía el peinado y la sonrisa al mismo tiempo.
Fátima había heredado a Scherezade justo después de la muerte de la madre. A partir de esta orfandad, el ama la había ayudado a soñar mediante el ofrecimiento de una tierra poblada de seres que, a través de la intriga, expresaban la sordidez de la vida cotidiana. Ora hablándole de un opulento príncipe que se había convertido en un frío asesino, ora de un maltratado vendedor de lámparas que, a pesar de la pobreza, daba a su amante delicias provenientes del amor.
En las idas a la medina, internándose por las callejas, Scherezade temía que, en cualquier momento, se evaporasen las mercancías de los tenderetes y, como castigo, la condujesen a un palacio oreado por la brisa del mal, donde le dirían que la realidad del bazar no pasaba de ser una mera ilusión.
Fátima no la perdía de vista. La atraía hacia sí evitando cederla totalmente a la fuerza centrífuga de la fantasía, que se había tornado su vía de acceso a lo real. Ligada a Scherezade como si la hubiese parido, Fátima prácticamente la ataba a una cuerda sujeta a su cintura, abasteciéndola de ingredientes que ensanchasen el territorio de sus historias.
Palpitaba en la niña una avidez envidiable. Cada visita suya al bazar correspondía a cruzar el desierto montada en la corcova de un camello con el cual iba conociendo grutas en las que reverberaba el cristal, como parte de una gloriosa mentira. Solidaria con las necesidades de Scherezade, Fátima le traducía lo que hasta entonces había estado distante de su comprensión. Solas las dos, ella susurraba palabras revestidas de significado desconocido, que constituían una verdadera carta de horro. Pues lo que de hecho tenía peso para las dos pertenecía al ámbito de la emoción y de la lágrima.
Arrojada, Fátima se enfrentaba a los tentáculos del Visir que se extendían por Bagdad, que bien podían alcanzarlas en cualquier descuido. Su vida, no obstante, sólo cobraba sentido al servicio de Scherezade. Nunca había visto antes a una criatura que lanzase llamas por la mirada y por la boca, y que, mediante este don, confirmase que existía en alguna parte un universo al alcance de la fabulación. Bajo el impulso de tal fervor, moriría por ella. Valía la pena llegar hasta el cadalso, si éste era el precio que debía pagar por su felicidad. Era natural, pues, que en la trayectoria de semejante talento hubiese un lastre de sangre, alguien inmolado, para que Scherezade pudiese izar la vela del barco de la imaginación con que cruzar el océano.