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Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:

Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
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Scherezade presiente a su hermana golpeada por un infortunio cuyo origen desconoce. ¿Acaso se sentía relegada por Jasmine, que la estaba cortejando en esos días? Aunque ignore sus motivos, Scherezade entiende las congojas de un pecho herido, tentado de vociferar y ser cruel al mismo tiempo. Los efectos de un dolor que, remitiéndose a un lamento antiguo, necesita ser extirpado. Registra en su hermana igualmente antagonismos afectivos bajo la forma de envidia, afecto, remordimiento, solidaridad. En vez, sin embargo, de que las aflicciones fraternas la afecten, comprende la ambigüedad que infunde inseguridad a la acción de la historia e igual tormento a los personajes.

Condolida, Scherezade busca reconciliar a Dinazarda con las fuerzas de lo imprevisto, que traen alegrías, una risa franca. Su mirada pide que la hermana le hable, ¿qué puede hacer por ella? Dinazarda repara en el empeño de hacerla olvidar las veces en que Scherezade, a fin de herrar el indómito pecho del Califa con la brasa de las palabras amontonadas al azar, involuntariamente la había herido a ella y a la propia Jasmine. Decide, entonces, disimular las pesadumbres y distraerla. Es menester que Scherezade prosiga en su oficio y gane la carrera contra la muerte.

Aliviada por la risa de Dinazarda, Scherezade se siente de nuevo inmune a las pequeñas tragedias. Le preocupa ahora conceder placer a los oyentes, adoptar un ritmo compatible con el volumen de las emociones concentradas en cada episodio. Tiene cuidado con la elección de una frase que le impida precipitar el desenlace de la historia antes del amanecer. Amenazada por tal desliz, intensifica el calor de las palabras, sala y endulza las circunstancias que rinden peripecias. Con el apoyo de Dinazarda, obliga a los personajes, eventualmente perseguidos por la daga asesina, a refugiarse en el interior de los barcos a la orilla del Tigris, aunque con el riesgo de ser arrastrados por la corriente del río, y todo so pretexto de prorrogar sus historias.

Jasmine le adivina las funciones vitales con retraso. La princesa sólo podría salvarse si el soberano considerase imprescindibles sus enredos. Si la memoria, despertada por la princesa, le rindiese continuos beneficios. Jasmine se conmueve, imagina su angustia frente a la materia ingrata y dispersa de la vida, que se resiste a encerrarse en un modesto relato. Tiene ganas de asistirla con agua y pan, de adentrarse en un alma con tal adhesión al sueño.

Las hijas del Visir han sido pródigas en hacerla feliz. La esclava retribuye proveyéndolas de la belleza a su alcance. Trae de la cocina las pastitas mezcladas con miel y que, con una fina masa, apiladas unas sobre las otras, se asemejan a las capas narrativas de Scherezade. Y todo para merecer los elogios de los que había carecido toda su vida. Sin pensar que Dinazarda, por culpa de estas iniciativas, sintiéndose relegada de la escena, la expulsa con gesto autoritario, del que luego se arrepiente.

Los sentimientos, con todo, que se expanden oscilantes por los aposentos, unen a las jóvenes. Sumergida en los conflictos, Dinazarda no se aventura a ayudar a Scherezade con alguna historia. El acto de improvisar, en aquellas circunstancias, además de penoso y solitario, tiene el agravante de ser altamente dramático. La pobre hermana, al borde de la muerte, no sabe, de antemano, de cuántas horas dispone aún para fortalecer su vocación, para organizar el asunto que ahora tiene en su mente, para imprimir pausas respiratorias a lo que le cuenta al soberano. Para prever, en fin, con ingenio y desenvoltura, el desenlace de un enredo.

Instada a entender su propio drama, Scherezade se aleja, se sustrae a admitirle a Dinazarda la naturaleza real de sus recursos. Encubre informaciones pertenecientes al misterio de su arte. Sólo le importa ahora apostar por el arte solitario de narrar. Gracias al cual, contra la maliciosa insinuación de los cortesanos de que le debe la vida a sus hábiles contracciones en el lecho, venía huyendo del cadalso. Lejos de todos, no obstante, no registra la flor recién abierta que Jasmine ha puesto en el búcaro de opalina.

48.

Scherezade sorbe la infusión de menta y apenas toca los bizcochos. Inquieta por las pequeñas volutas de la historia, no disfruta de los delicados caprichos que Jasmine le ofrece.

La materia de la imaginación, que horas antes le había parecido atrayente, vista con nueva luz resulta defectuosa. Nueva esgrima, pues, contra los personajes ariscos que pretenden dar rumbo autónomo a sus vidas, sin considerar los intereses de Scherezade.

Generosa, ella oye sus voces. Los latidos de aquellos corazones víctimas de la injusticia la acusan de haber montado un panorama impreciso, desprovisto de encanto. Como si ella tuviese que responder por las debilidades que agitan las almas de Simbad, Zoneida, Alí Babá, al borde de la desesperanza.

El duelo trabado entre ella y las criaturas la exacerba. La rebelión se produce justo en medio de la trama, cuando le resulta más penoso reparar los daños causados o proveerlos del sentido del honor. Desatada esta guerra particular, Scherezade quiere devolverles el juicio. Aumenta la voz, les impone obediencia. ¿Dónde se ha visto un desencuentro que los aparte para siempre? ¿Y acaso no habían nacido juntos, como siameses?

Dinazarda sigue las desafinaciones de aquellos insurgentes que reclaman emancipación. Le resultan visibles los problemas de su hermana, aunque los ruidos provenientes de sus historias sean de difícil captación. Llama así la atención de su hermana sobre el peligro reinante, que interrumpa, por favor, el falso diálogo con los personajes. Se siente, no obstante, confundida, pues Scherezade demuestra ser tan insubordinada como aquellas criaturas, en cuyas manos padece como si sintiese placer. Como si, de tal protesta, dependiese su capacidad de improvisar.

Dinazarda se perturba naturalmente. Se pregunta de qué forma engendrar soluciones con los restos de un pecho rebelde como el de su hermana, que acata el bien y el mal como entidades conjuntas e inseparables. Aunque los fallos de Scherezade le pasen desapercibidos al Califa, a ella no se le escapan. Al fin y al cabo, es eximia en descubrir el polvo olvidado en un rincón del palacio. Al prever, pues, el fracaso inminente de Scherezade, le falta el aire, se siente en el desierto, sufriendo el frío de las noches de diciembre. Cierra los ojos, las pestañas se agitan nerviosas, le dificultan la visión de las cosas.

Scherezade, sin embargo, al contrario del temor de Dinazarda, sonríe. No teme ahogarse o pescar escombros en el fondo del mar. Cuántas veces, en medio del peligro, regresa a la superficie con burbujas en la boca, pero con el vocabulario renovado. Expuesta a la muerte, como la noche anterior, había sabido, y muy bien, usar de la artimaña poética para ganar un día más. Había aprendido a sobrevivir con los miserables de la Tierra, aquella escoria humana de Bagdad. Con esta gente, ella justifica sus decisiones y se abstiene de ceder al egoísmo del Califa, férreo oponente de sus sueños.

Dinazarda está pendiente del colapso verbal de Scherezade. Teme que su hermana, a pesar del flujo continuo de su matriz reproductora, se rinda, al final, a la miseria de la vida cotidiana y se agote. Que ya no se abastezca del misterio que sorbe en cada comida, junto con el alimento. Condolida por la soledad de Scherezade, Dinazarda la conduce al lecho después del baño, y que repose, ahora que el Califa le ha concedido un día más.

Es tal su agotamiento que Scherezade desfallece en la cama. Sin importarle, en aquel instante, despertar en la prisión, si ése fuese su castigo. Horas después, al abrir los ojos, sorprende a Dinazarda inclinada sobre ella, observándole las facciones. El conjunto de éstas es triste y ensimismado, jadea discreta incluso durante el sueño. ¿Soñó acaso Scherezade?, y, en ese caso, ¿en qué paraje estuvo? ¿Habrá regresado, de verdad, a los aposentos reales? ¿O serán esos sueños la epopeya que cada individuo forja con el propósito de conseguir el estatuto de héroe y ser feliz?

49.

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