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Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:

Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
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Los ojos de Fátima brillaron de nuevo después del llanto. Pero Scherezade no debía preocuparse por sus inquietudes, pues era su talento tan genuino que fácilmente forzaría el tabernáculo ajeno, para extraer lo que hiciera falta. Dispuesta a esclarecer lo que había zozobrado en el mar de tantas ideas.

A pesar de la diferencia de edad entre Fátima y la hija del Visir, ambas se comprometían a visitar el mundo en una caravana dispuesta a tomar el rumbo dictado por los sueños de aquellas mujeres. En tal peregrinación, mientras Scherezade se ocuparía de los relatos, Fátima la guiaría por los laberintos de la Tierra.

Scherezade sufría por su ausencia. Buscaba su sombra en cada rincón y responsabilizaba a su padre por la pérdida. Años antes, aún en casa de su padre, el Visir, condolido por la creciente dificultad de Fátima para caminar, por los dolores de la pierna últimamente hinchada, le ofreció condiciones regias para jubilarse, incluido el regalo de una casa. No quería a Fátima, a quien tanto debía, enredada en quehaceres, desamparada.

La propuesta de su padre indignó a Scherezade. Cómo se atrevía a privarla de la compañía de Fátima, con ella desde el nacimiento, cuando en sus planes se veía a su lado hasta la muerte. Sólo moderó la reacción ante la certidumbre de que el ama se negaría a abandonar a Scherezade, a quien consideraba una hija. Para su sorpresa, Fátima aceptó sin vacilar las condiciones del Visir. Al fin y al cabo, nunca había tenido una casa donde cocinar, preparar la lumbre, ordeñar la cabra, consolarse con fantasías que, durante todos aquellos años, había producido en beneficio de Scherezade.

Al despedirse, Fátima no quiso decir adónde se iría a vivir. Sólo anticipó que sería lejos de Bagdad, en medio de ovejas y camellos, vecina de una tribu dada a contar historias que le recordarían a Scherezade. Aunque insistiesen sobre su paradero, sólo a ella le confiaría el itinerario de su vida. Le detalló qué hacer para llegar a la pequeña casa, con la esperanza de que un día se quedase con ella todo el tiempo que quisiera. A nadie había amado tanto como a Scherezade.

Scherezade lloró durante las semanas siguientes. Hasta acostumbrarse a captar las señales que Fátima le enviaba de lejos, con el propósito de ayudarla. La voz, a veces, le llega límpida; otras, susurrante, no tallándole nunca el eco de su amor ante la sola mención de su nombre.

Sentada ahora al borde del diván, con Jasmine masajeándole los pies, Scherezade pone su celo en el nuevo día ganado. En ciertas tardes, duda de si tendrá ánimo para seguir frecuentando el lecho del Califa, para someterse a sus caprichos. Cuando se pregunta por qué narra, vacila en la respuesta, y no le importa. Sólo sabe, por el momento, que narra con el propósito de ahuyentar la sombra de las futuras víctimas del vengativo Califa proyectada en la plataforma, donde el cadalso se destaca, imponente.

43.

Las noches de los amantes transcurren en los aposentos del palacio, una edificación próxima a la mezquita. En esta geografía, donde ambos escenifican la vida y la muerte, el Califa aparenta conciliar el coito presuroso con las aventuras descritas por la joven. Mientras que el deber erótico, aliado al entretenimiento, no interfiere en lo que dice Scherezade.

Al terminar, sin embargo, los quehaceres del reino, el Califa en general se inquieta, se siente afectado por un acto de dimensión moral que lo fuerza a ir al encuentro de la hija del Visir, sólo por haberle respetado la vida aquella mañana. A volver a este hogar provisional con el propósito de escuchar relatos y repetir en el lecho, hasta que le flaquee la virilidad, el sexo de la víspera.

Así, la conjunción de las palabras de la joven con el deseo carnal, lejos de alegrarlo, arranca al Califa de las amarras de la realidad. Crea en él tal expectativa que, al final de las audiencias, lo devuelve a las historias de Scherezade, cuyo epílogo aspira a conocer. Vive una relación cotidiana que, cumplida al pie de la letra, va estableciendo entre ellos el tácito reconocimiento de ser Scherezade la esposa cuya vida él preserva cada mañana, y con quien cumple los rituales del matrimonio.

No le resulta fácil contrariar el designio que trazó después de la traición de la Sultana. Le duele al Califa no respetar la sentencia de muerte que se cierne sobre cada joven, y que tiene como origen una proclama divulgada por todo el reino, cuyo carácter siniestro aterroriza, aún hoy, a los padres de cualquier doncella bajo el riesgo de inmolación pública.

Scherezade fue la primera en interrumpir la serie de las ejecuciones cuando el Califa, reacio a cumplir el precepto de la ley, a pesar de la actitud expectante del verdugo a la entrada de los aposentos, frustraba así al ejecutor siempre a la misma hora, cada vez que se negaba a entregarle la víctima del sacrificio. Imponiéndole una súbita inactividad, que llevaba al verdugo a la desesperación mientras lo hacía pensar si había sido la felicidad conyugal responsable del incumplimiento de la ley que el propio Califa promulgara.

También a los acólitos les extrañaba la especie de amor por Scherezade, que hacía al Califa relegar a sus favoritas a más triste suerte. Pues desde la venida de la hija del Visir ya no convocaba a las mujeres al lecho real, motivando que se aventurasen innumerables hipótesis para el hecho, ninguna al fin convincente. No valiendo de nada, frente a su pesado silencio, que insinuasen al Califa la conveniencia de retornar al harén.

Corpulento, de nariz ganchuda, el soberano había cedido a la fascinación de la joven. Prácticamente había abandonado la alforja del poder a cambio de la fantasía. E, igual que cualquier criatura del pueblo, aspiraba a ser otro que no él, usurpar la identidad ajena por medio del ardid de la ilusión. Quizá llenar la propia soledad robando la apariencia de un personaje de Scherezade. Fundir la realidad del reino con las historias de la joven, convencido ahora de que, mediante la fabulación, alargaría la vida.

Sin abandonar el palacio o renunciar a las regalías del trono, había asumido por momentos la figura de Simbad, exhaustivamente explotada por Scherezade, viviendo a cambio deliciosas aventuras. En nombre del marinero, el Califa conocía de cerca las astucias del insigne mentiroso, a quien el destino había reservado toda clase de peripecias. Una burla a través de la cual su goce se multiplica.

Al ser Simbad, aunque por instantes, decide por iniciativa propia atribuir al marinero una compañera hindú, de nombre Shiva, que Scherezade no había previsto. Disputando luego con esta mujer, recién inventada, el derecho a mantener las ambivalencias del marinero sin medir hasta qué punto un acto como aquél podría afectar a la andadura de la historia de Scherezade. Un artificio con el cual también él pretendía arrogarse una provisional sabiduría.

Ofendida por tal injerencia, Scherezade se niega a proseguir, alegando una súbita afonía. Al dejar de enredar al Califa con su trama, interrumpiendo en consecuencia el traslado del Califa a reinos donde jamás había estado su regia humanidad, Scherezade confiaba en que semejante maniobra surtiera efecto.

La verdad es que el Califa venía desligándose de la administración del califato para vivir en función de la joven. Hasta el punto de que los cortesanos, a la sordina, se preguntaban cómo el Califa, después de la muerte de la Sultana, consumía las noches con Scherezade. Justamente él, que, en aquella ocasión, había acentuado su desprecio por las mujeres, juzgadas responsables de su derrumbe afectivo, y había sellado las grietas del corazón, para que allí no brotase ni creciese nada. Considerando, pues, este mundo tan ilusorio, ¿por qué exponerse entonces a tanta suerte de peligros? ¿No estaría este exceso de fantasía, suministrada por Scherezade, afectándole seriamente?

El Califa sufría un intenso dilema. Sólo porque había intentado imponer a Scherezade un personaje de su autoría, hasta entonces inexistente, pensando fomentar la fabulación erótica de la joven, corría el riesgo ahora de transformar a la contadora en alguien a punto de prevaricar en sus propósitos narrativos. O incluso callarse, derivándose de tal decisión su muerte, al final, a manos del verdugo. Con el agravante, además, de que Scherezade lo privaría de un placer jamás experimentado anteriormente.

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