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Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:

Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
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Se había precipitado, sin duda, al inventar a Shiva con la intención de buscar señales concretas de su imaginación. Había empañado el talento de Scherezade llevado tal vez por la envidia. Pero, en este caso, ¿estaría esta fantasía suya ocupando el lugar reservado hasta hoy a la crueldad?

Siempre había temido las acciones descontroladas. Alterarse hasta el punto de repartir, de repente, las joyas de la corona entre los mendigos, realizar actos de clemencia entre los criminales de Bagdad, y todo so pretexto de una falsa bondad. No le convenía levantar el cerco construido para protegerlo de los súbditos y de los enemigos, o de cualquiera que pretendiese apoderarse a la fuerza de su alma. Ninguna otra amenaza le parecía, no obstante, tan grave como el rostro de Scherezade oscurecido por el misterio de la imaginación.

Scherezade no lo pierde de vista, interpretando los surcos de aquella alma. Había aprendido a dar lustre a la máscara del Califa, fija en su rostro, añadiendo y sustrayendo palabras no siempre en el orden deseado, pero con la intención de desestabilizar el reino de aquel soberano. Hacía mucho que ambos trababan una batalla. Sólo que aquel día, de tanto sufrir sus constantes amenazas, se divierte en observar la perplejidad del Califa. Pero, no queriendo marginarlo en relación con Dinazarda y Jasmine, mitiga la discordia entre ellos disimulando lo que sabe a su respecto. Para despistar, agradece a Dinazarda los suculentos dátiles traídos al soberano.

Siguiendo este movimiento de solidaridad, también Jasmine se ocupa del Califa. Falta ahora que él ordene el inicio de los relatos. Pero el soberano no demuestra prisa, aparenta cansancio. Y aunque él pudiese estar ante la inminencia de la muerte, ni así, a guisa de despedida, saluda el talento femenino, suspende la sentencia que ahora pesa sobre Scherezade.

El embate entre estas personalidades agobia a Dinazarda, le provoca lágrimas. Quiere desaparecer en el horizonte montada en la alfombra voladora de Aladino. Pero se recompone gracias al enredo que, ya en los primeros minutos, presenta tal encanto que es imposible abdicar de las secuencias siguientes. Instintivamente cierra los ojos, yendo en pos de los personajes. Bajo la pertinacia del verbo fraterno, Dinazarda es presentada a Harum al-Rashid, que, disfrazado de mercader, teniendo en vista atraerla, se pega a su cuerpo.

Mientras Scherezade prosigue, Dinazarda sospecha de las intenciones de Harum, que, además de a ella, ambiciona el amor de su pueblo. En general, no admite que lo defrauden. Pero, por motivos que ella no acierta a descubrir, al caminar los dos por la medina, siente por el califa apátrida un deseo maldito y oscuro. Se resiste, con todo, al fantasma que lleva la aureola del pecado y la hace estremecer. Y cuando Scherezade interrumpe la historia al clarear el día, Dinazarda reposa pensando en el abasí. En las horas siguientes, lucha por conjurar su silueta, pero, partícipe de este juego, lamenta la desdicha de no tener, entre los vivos, su carne turgente y los ojos oscuros. Sólo que la silueta de Harum, en vez de abrigarla, cubre, en una esquina del mercado, el cuerpo de una extraña. En la oscuridad, los ayes de la mujer, penetrada por Harum al-Rashid, resuenan en el descampado, van más allá de las murallas, se confunden con los suspiros que Dinazarda emite en la callada de la noche.

Scherezade insiste en golpear a los oyentes con las peripecias de su brava gente. Adivina el estremecimiento que sacude a su hermana mientras describe a Harum como señor del corazón popular. Y que, a pesar de haber muerto, se apropia aún de la vulva y la hace latir. Responsable, sin embargo, del actual estado de espíritu de Dinazarda, Scherezade le estira las cuerdas de los nervios para que vibren. Así, obedeciendo a la ley de la historia, Harum parte en pos de Dinazarda. Se ocupa de ella y de otras al mismo tiempo. Con la simple mirada, él quiere también incluir a Scherezade en la lista de las conquistas, envolverla en su círculo de fuego, aunque la joven, bajo el despotismo de su imaginación, se concentre sólo en acumular recursos con los que proseguir su empresa narrativa.

44.

Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas en posición del loto, prescrita para la lectura del Corán, el anciano profiere palabras a los paseantes, atrayéndolos a su suerte. Casi al borde de la muerte, él está rígido, llama la atención de Jasmine.

Ella no sabe qué decir para atraerlo. Teme que su piel trigueña, los cabellos ensortijados ofendan al hombre con recuerdos amargos. Siguiendo las pautas del corazón, se arrodilla en el suelo, a su lado. En riguroso silencio, dispone de tiempo para escucharlo.

El derviche finge ignorar su presencia, pero, siguiendo su instinto delicado, demuestra conocer la razón de su visita. No hace falta que el niño a su servicio lo advierta sobre la joven, para quien sus palabras salarían y darían sabor a su comida. ¿O qué podría querer de él una mujer sin litera ni esclavos, caminando sola por el bazar?

Con gesto incisivo, insiste en que ella le hable. Que no lo condene a un silencio que es prerrogativa suya. Jasmine reconoce que vale la pena capitular mediante la confesión de que está allí con el propósito de demandarle una tarea. Alterna mentiras y verdades hasta admitir, al final, que ha venido en busca de peripecias. Necesitaba escuchar aventuras que transportaría a casa dentro de la alforja, como pan fresco. Había venido con la ilusión de escuchar lo que le diría al propio Harum al-Rashid, en caso de que este abasí aún viviese.

Jasmine lo había elegido entre tamos pobres por su ceguera. Nota, de cerca, la expresión de codicia que invade el rostro del viejo frente a sus promesas. Aquel hombre ama el oro que pueden generar las historias. La pérdida de la inocencia había añadido cierta perversión y realismo a sus dotes de contador. Para aliviarlo, pues, de su deseo, la esclava deja caer algunos dinares en la vasija de latón.

El derviche se sobresalta al oír el ruido de las monedas tintineando, aunque no hubiese aguzado el oído a tiempo para saber el valor de la dádiva, cuántos platos de comida le asegurarían aquellas monedas. Él recoge una moneda y la acaricia con un goce tal vez debido a su condición de ciego. Una ceguera que se le había impuesto como castigo. Hace muchos años, en el desierto, camino de Samarra, apostó que podría alejarse de la caravana sin peligro de perderse, regresando a ella gracias al talento de husmear el camino de vuelta. Sin medir las consecuencias de ese acto imprevisor, se alejó entre risotadas. En poco tiempo, deambulando por las arenas, expuesto largamente al sol, gritaba pidiendo socorro. Sin rumbo, con creciente dificultad para mirar a su alrededor, no atinaba a regresar a la caravana. Al ser recuperado mucho después por una tribu nómada, había perdido la visión. Los ojos, quemados, parecían un cráter vacío. Cuando lo dejaron en Bagdad, donde nunca antes había estado, se hundió en la más profunda miseria.

Interrumpió la sucesión de los hechos para confesarle a Jasmine que, al descubrirse ciego, había llorado, quejumbroso. Además de ser un hombre sumido en una absoluta oscuridad, era pobre, inculto, despojado del saber existente en los centros de estudios de las urbes islámicas.

Al principio, enfrentado a aquella situación, pensó en matarse. Lanzó imprecaciones, furioso, contra los hombres, sin descartar a Mahoma. En su total desesperación, suplicó que el santo hombre lo dotase de algún talento capaz de amarrarlo de nuevo a la vida. Pues, abandonado a su propia suerte, un mendicante más entre tantos de Bagdad, le costaba entender qué había por detrás del castigo.

Aguardó la primera semana para que el Profeta le respondiese. Cierta mañana, al despertar, hambriento y sucio, le afloró un ánimo inusitado. De repente, surgió de su interior un hombre a quien Mahoma, perdonándole las ofensas, le ofrecía inesperados recursos. Como la capacidad de recuperar detalles preciosos de la realidad circundante, de traducir enigmas antes insolubles, de desvelar la naturaleza secreta de los hombres y los objetos, aun no pudiéndolos ver, de contar historias alejando de su boca resúmenes tristes que, apenas iniciados, prontamente se agotan. Mientras una voz le decía que atendiese sobre todo la llamada imperativa de la imaginación. De lo que se derivó la facultad de hablar durante horas sin dar muestras de cansancio.

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