Voces del desierto
- Автор: Пиньон Нелида
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
Dinazarda pide que su hermana les hable de la trampa diabólica preparada por Ishaq al-Mawsil, que, antes de rendirse a la envidia, sin duda habrá amado a su discípulo Ziryab. Pero, sin dejar hablar a Scherezade, ella misma lanzaba conjeturas sobre el destino final del artista en el continente bárbaro, donde los árabes empezaban a crear un imperio incipiente.
Scherezade se sorprendía ante su hermana, tan afectada por el episodio. Lamentablemente, no tenía cómo detallar las circunstancias previas a la partida del artista. Excepto que, para cumplir el plazo concedido por el califa, Ziryab se había incorporado deprisa a la primera caravana que saldría de Bagdad. Dando inicio a una travesía que lo dejó prácticamente al borde del mundo andalusí, después de cruzar Egipto, Libia, Túnez, Marruecos.
Habiendo crecido contemplando la inmensidad del desierto antes de vivir en Bagdad, la vista del mar, mediando dos continentes, representó un bálsamo para el duelo de Ziryab. El misterio azul, bajo la forma de cabrillas, olas, mareas yendo y viniendo, lo ayudaba a alejarse del hogar. A la orilla del Mediterráneo, que le traía suave brisa, se inventaba a sí mismo con la arcilla del miedo y de la esperanza.
Scherezade describe al músico con toques dramáticos. Familiarizada con el universo de los viajes, le atribuye percances, encuentros, amenazas, el temor de no llegar vivo a al-Andalus. Y que, después de subir a la frágil embarcación para realizar una travesía marítima relativamente breve, desembarcó en un litoral cuyas dunas le recordaban el desierto, comprendiendo enseguida la razón de que los primeros árabes se aventurasen por aquellas tierras ardientes con la intención de quedarse allí.
Golpeado por la emoción del exilio, se le ha vuelto ronca la voz. El timbre, como rugoso, lo inspiró para ajustar el canto que le salía ahora de la garganta a su laúd. Voz y cuerdas, al entonar juntas un canto profundo que emitía gritos desgarradores, arañaban la garganta, obligándolo a alargar las sílabas, a prolongar en el pecho las notas musicales hasta que se quebrasen. Tal esfuerzo, en apariencia nocivo para la voz, producía, no obstante, un efecto de sorprendente emoción.
Ziryab recobró súbito aliento con esta vereda musical surgida de la nostalgia que sentía de Bagdad. Y que, fundada en la amenaza de que la música y el timbre se paralizasen en el aire en una oxidación repentina, parecía darle la seguridad de haber encontrado en al-Andalus un nuevo ideal de belleza.
Aún en los aposentos, Dinazarda pide que le revele el final ele Ziryab. Si había encontrado un amor de facciones levantinas que le recordara las noches árabes. O si había muerto desgraciado, sin que una mano amiga cogiese la suya al exhalar el último suspiro. Dinazarda lucha por descorrer el porvenir del músico sin darle tiempo a su hermana de desarrollar los actos de injusticia cometidos contra Ziryab. No le deja decir que el músico y ella misma, simple contadora, pertenecen a una categoría inmolada en el altar de la crueldad. O que en Bagdad, o en al-Andalus, la vida, para los corazones insobornables, siempre estuvo pendiente de un hilo.
42.
El Califa se distrae, parece ausentarse del palacio. Es difícil seguir su derrotero. Tiene alas, que Scherezade le proporciona. Le cuesta desprenderse de los lugares a los que va de visita bajo el estímulo de la imaginación de la joven, que le da lecciones diarias.
De vuelta a la realidad de los aposentos, revigorizado por la experiencia humana, él clava en la hija del Visir la espina de la indiferencia. Para que, bajo el terror de la muerte posible, ella no se acomode, y mantenga encendida la emoción y la curiosidad que le demanda.
La impertinencia del soberano es constante, pero Scherezade no replica. Bajo la cerrada barba del Califa, que alberga secretos crueles, ella registra la destreza con la que le araña el alma. Las uñas del soberano, largas y curvadas, traen manchas de sangre. Sin alterar su fisonomía, él mastica los dátiles con deliberada lentitud, anuncio de tormentas. Y mientras escupe con la punta de la lengua los huesos de la boca, retiene el plato pegado al pecho.
Scherezade elude observar cómo él aplaca su hambre. A sus gestos mezquinos, cebados en el abuso del poder, responde con las historias. Como diciéndole que no puede intimidar a quien se inmola cada día por el prójimo, a quien coloca voluntariamente la cabeza en el cepo para darle gusto al verdugo.
Su venganza consiste en abrirle la gaveta de la imaginación e implantar en el soberano el caos narrativo. Depositar en este hombre enredos paralelos y circulares, algunos iniciados en Bagdad, otros cerrados en Singapur. Historias de las que no se libra y menos aún olvida. Para que sólo respire por medio de un filtro que purifica el aire con la ayuda de palabras voluptuosas, provenientes de la fantasía. Y, no siendo así, ¿qué más podría pretender este soberano, además de la muerte, siempre que se baja del trono y apoya los pies en los flecos arrugados de la alfombra heredada de su abuelo?
Scherezade contiene la indignación. Le hace falta seguir sosteniendo la maraña verbal con el misterio en el que introduce al Califa. Bien sabe que cualquier urdimbre presentada depende de la fe del oyente. Y no está en condiciones de prescindir de la confianza ciega o la credulidad del Califa, de Dinazarda y de Jasmine, en las artimañas de su oficio. Sin la adhesión de ellos, de nada valdría forzar que los intersticios, por donde pasan las historias, se dilaten hasta el punto de introducir en ellos los ingredientes indispensables a la elucidación de la materia creada a merced de sus impulsos.
Esta inteligencia, que se renueva al crepúsculo, debe proveer a Scherezade de persistencia. Gracias a la cual, bajo el efecto de la invasión de tantas variantes, rodeada de sargazos, casi zozobrando, todo en ella se ordena de repente. Como si los propios personajes asumiesen el mando de la acción.
En su condición de oyente, Dinazarda no ve la hora de que el Califa se despida, en dirección al trono, para cubrir a Scherezade de ofrendas, como recompensa por su esfuerzo en emerger de la vastedad de las palabras y salvarse. Y expresarle a la hermana su admiración como si las dos estuviesen en el bazar, libres de los obstáculos de la corte, y la saludase allí mismo, con los mismos hilos verbales con que bordara por la tarde, en el bastidor de la memoria, su historia nocturna.
Desde la infancia, Scherezade se había acostumbrado a repetir en voz alta pasajes de cualquier historia. Con el propósito, tal vez, de suavizar los ruidos guturales del idioma, en permanente choque entre sí, y ello mientras iba compilando palabras que la humanidad había ido reuniendo al azar. De esta forma, soñando con transformar lo que había nacido imperfecto, hacía crecer imágenes que acababan consagradas por la emoción y el uso poético.
Siempre que se sentía desorientada, Scherezade recurría al recuerdo de Fátima. Con el ama había aprendido el sentido de la aventura. Al recorrer a escondidas los escondrijos del palacio del Visir, se había entrenado para otros vuelos. Era común, acomodadas plácidamente en torno a la fuente del patio, apaciguadas por la caída del agua, que se ejercitasen en el arte de la fuga. Cuando, simulando haber abandonado el palacio, ya camino de Samarcanda, agradecían la brisa venida del Éufrates a la vista de las palmeras fecundadas por el viento. Seguras de regresar un día a casa con un cargamento de historias inusitadas.
Fátima le había asegurado que había nacido con el relato en el corazón. Pero que, para obtener buenos resultados, debía recoger ciegamente lo que fuese. Y perder el sendero de una historia sólo por un acto de la voluntad o como resultado de una imprevisible infidelidad al oficio. O que ya no quisiera seguir viviendo.