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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Thorne se enderezó más todavía, con la barbilla ansiosamente pronunciada.

— ¿Señor?

— Nos encontramos con un problema táctico de lo más interesante. — Ésa era l frase que su padre había empleado al describir la conquista de Komarr —. Voy a darle una oportunidad al respecto. Podemos hacer esperar a los pelianos un minuto más, aproximadamente. Como comandante, ¿cómo manejaría esto?

Miles cruzó los brazos y ladeó la cabeza, a la manera de un supervisor particularmente intimidatorio que había tenido en sus exámenes de aspirante.

— Caballo de Troya . dijo Thorne inmediatamente —. Emboscar su emboscada, y tomar la estación desde dentro… Usted desea capturarla intacta, ¿no?

— Ah — respondió Miles vagamente —, eso estaría bien. — Recorrió rápidamente su memoria en busca de algunos tonos que sonaran a consejero militar —. Pero deben de tener algunas naves ocultas por alguna parte, aquí alrededor. ¿Qué propones hacer a ese respecto, una vez que te has propuesto defender una base inmóvil? ¿Acaso la refinería está armada?

— Puede estarlo en pocas horas — señaló Daum — con los interceptores máser que tenemos en la bodega de la RG 132. Aprovechar partes de los satélites de fuerza, e, incluso, reparar los colectores solares, si hay tiempo, para cargarlos…

— ¿Interceptores máser? — murmuró Auson —. Creí que habían dicho que el contrabando era de consejeros militares…

Miles alzó rápidamente su voz para invalidar esto.

— Recuerda que estamos escasos de personal y que, decididamente, no podemos despilfarrarlo justo ahora. — Particularmente, a los oficiales dendarii… Thorne puso una mirada de abatimiento; Miles estaba momentáneamente aterrado por haberse excedido en las objeciones, provocando que Thorne le devolviera la iniciativa ante el problema —. Convénceme, entonces, recluta Thorne, de que tomar la base no es tácticamente prematuro. — Miles se apresuró a hacer la invitación.

— Sí, señor. Bien, las naves de defensa por las que debemos preocuparnos son, casi seguro, oseranas. La capacidad de la ingeniería peliana está muy por debajo del promedio; no tienen en absoluto la biotecnología para fabricar naves de saltos. Y nosotros tenemos todos los códigos y procedimientos oseranos, pero ellos no conocen nada de nuestros códigos y procedimentos dendarii. Creo que yo… nosotros podemos tomarlos.

¿Nuestros códigos dendarii?, se repitió Miles para sí.

— Muy bien, recluta Thorne. Adelante — le ordenó en voz alta y resuelta —. No intervendré a menos que sea necesario. — Se metió las manos en los bolsillos a manera de símbolo de énfasis, y también para evitar morderse las uñas.

— Llévennos al desembarcadero, entonces, sin levantar sospechas — dijo Thorne —. Yo prepararé la partida de asalto… ¿Puedo llevar al comandante Jesek y a la comandante Bohari?

Miles asintió con un gesto; el sargento Bothari contuvo el aliento, pero no dijo nada, cubriéndole la espalda a Miles, como siempre. Thorne resplandecía con visiones de capitanazgo; salió, seguido por los «consejeros» reclutados. La cara de Elena brillaba de excitación. Baz hizo girar entre sus labios un cigarro, más bien empapado, y salió detrás de ella, su mirada brillaba indescifrablemente. Había color en su rostro, observó Miles.

Auson permaneció de pie, cabizbajo, con el rostro surcado por la ira, la vergüenza y la sospecha. Hay un motín en ciernes, pensó Miles. Bajó la voz para que sólo el ex capitán lo oyera.

— Debo señalarte que todavía sigues en la lista de heridos, recluta Auson.

Auson meneó los brazos.

— Hace dos días que me podrían haber quitado esto, maldita sea.

— Debo señalarte también que, si bien le he prometido la recluta Thorne un mando, no le he dicho de qué nave. Un oficial debe ser capaz de obedecer tanto como de mandar. A cada uno, su propia prueba; a cada uno, su propia recompensa. Estaré observándote a ti también.

— Hay sólo una nave.

— Estás lleno de suposiciones. Un mal hábito.

— Usted está lleno de… — Auson cerró la boca con un chasquido, y le dirigió a Miles una larga, pensativa mirada.

— Dígales que estamos listos para las instrucciones de desembarco — le ordenó Miles a Daum.

Miles ansiaba ser parte de la pelea, pero descubrió, para desánimo suyo, que los mercenarios no tenían armaduras espaciales tan pequeñas como para su tamaño.

Bothari gruñó aliviado. Miles pensó entonces en acompañarlos con un simple traje de presión; si no al frente de la acometida, en la retaguardia al menos.

Bothari casi se atragantó con la sugerencia.

— Juro que le golpearé y me sentaré encima suyo si se acerca a esos trajes — gruñó.

— Insubordinación, sargento — le susurró Miles como respuesta.

Bothari miró de reojo primero a los mercenarios reunidos en el depósito de armaduras para asegurarse de no ser escuchado.

— Yo no voy a acarrear su cuerpo sin vida de vuelta a Barrayar para descargarlo a los pies de mi señor conde como algo que atrapó el gato, maldita sea. — El sargento devolvió una fuerte mirada a cambio del aire irritado con que Miles le miraba.

Miles, en pobre reconocimiento de un hombre empujado al límite, insistió hoscamente.

— ¿Qué harías si yo hubiera pasado mis exámenes de entrenamiento de oficiales? — preguntó —. No podrías haberme detenido en esta clase de asunto, entonces.

— Me hubiera retirado — murmuró Bothari —, aunque seguiría manteniendo mi palabra.

Miles sonrió involuntariamente y se consoló a sí mismo comprobando el equipo y las armas de los que iban a ir. La semana de vigorosas reparaciones y retoques había pagado evidentemente dividendos inesperados; el grupo de combate parecía brillar con perversa eficiencia. Ahora, pensó Miles, veremos si toda esta belleza es algo más que la mera piel.

Controló con especial cuidado la armadura de Elena. Bothari revisó personalmente las correas del traje de su hija antes de colocarle el yelmo, un asunto innecesario que ocultó las más necesarias instrucciones, susurradas rápidamente, para indicarle cómo manejarse con ese equipo que le era sólo a medias familiar.

— Por el amor de Dios, manténte atrás — la reconvino Miles —. Se supone que estás observando la eficacia de cada uno y que me mantienes informado, lo cual no podrás hacer si estás… — se tragó el resto de la frase: horrorosas visiones de todas las maneras en que una hermosa mujer podía ser mutilada en combate le atravesaron el cerebro —, si estás al frente — sustituyó. Seguramente debía de estar fuera de sí mismo cuando permitió que Thorne la reclamara.

Sus rasgos quedaron enmarcados por el yelmo; el cabello, echado hacia atrás y escondido, de tal modo que la fuerte estructura de su rostro resaltaba, mitad caballero, mitad una monja. Sus pómulos estaban acentuados por las aletas del yelmo y la piel de marfil brillaba con las minúsculas luces coloreadas del mismo. Sus labios estaban entreabiertos por el entusiasmo.

— Sí, mi señor. — Su mirada era brillante y sin temor —. Gracias. — Y más quedamente, apretándole el brazo con su mano enguantada para remarcarlo —: Gracias, Miles… por el honor.

Ella no dominaba aún muy bien el toque de los servos, y le trituró la carne hasta el hueso. Miles, quien no se hubiera movido, por no estropear el momento, aunque le hubiese desgarrado el brazo, sonrió con apenas un destello de dolor. Dios, ¿qué he hecho?, pensó. Parece una valquiria…

Se alejó para hablar rápidamente con Baz.

— Hazme un favor, comandante Jesek, pégate a Elena y asegúrate de que mantenga la cabeza baja. Ella está, hm… un poco excitada.

— Entendido, mi señor — Jesek asintió enfáticamente —. La seguiré a todas partes.

— Hm — dijo Miles. No era exactamente eso lo que había querido expresar.

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