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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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— Ya veo. — Miles se preguntó cuánto más podría asimilar. Estaba quedándose entumecido —. Continúa.

— Por el lado positivo — ¿hay un lado positivo?, pensó Miles —, hemos conseguido un poco de ayuda para nuestro problema de escasez de personal. Hemos liberado a veintitrés prisioneros felicianos, unos pocos de ellos militares, pero la mayoría eran técnicos de la refinería, mantenidos trabajando a punta de pistola hasta que llegaran sus sustitutos pelianos. Un par de ellos están un poco echados a perder…

— ¿Cómo es eso? — empezó a decir Miles, pero luego alzó una mano impidiendo explicaciones —. Después. Luego haré… haré una inspección completa.

— Sí, señor. El resto pueden colaborar. El mayor Daum está muy contento.

— ¿No ha podido establecer contacto con su mando aún?

— No, señor.

Miles acarició el puente de su nariz entre el índice y el pulgar y cerró fuertemente los ojos, con el fin de contener el latir de su cabeza.

Una patrulla de los agotados comandos de Thorne pasó llevando a un grupo de prisioneros a un lugar más seguro. La mirada de Miles fue atraída por un regordete euroasiático de unos cincuenta años, con un rasgado uniforme oserano. A pesar de su abatido y descolorido rostro y de su dolorosa cojera, conservaba una atenta vigilancia. Parece que pudiera atravesar paredes sin armadura espacial, se dijo Miles para sí.

El euroasiático se detuvo de repente.

— ¡Auson! — gritó —. ¡Creía que estabas muerto! — Remolcó a sus captores hacia el grupo de Miles; éste hizo un gesto de aprobación al inquieto guardia. Auson se aclaró la voz.

— Hola, Tung.

— ¿Cómo tomaron tu nave sin…? — El prisionero se detuvo al caer en la cuenta de la armadura de Thorne, del arma de Auson, aunque decorativa, en vista de sus brazos inmovilizados, y de la falta de guardias que los custodiasen. Su expresión de asombro cambió a una de sumo disgusto. Se esforzó para encontrar las palabras —. Debí haberlo sabido. — Se sofocó —. Debí haberlo sabido. Oser tenía razón al manteneros a vosotros dos, payasos, tan lejos del combate real como fuera posible. Únicamente el equipo de comediantes de Auson y Thorne podría haberse capturado a sí mismo.

Auson curvó sus labios en un gruñido. Thorne emitió una leve, filosa sonrisa.

— Cierra la boca, Tung — y agregó en un aparte, dirigiéndose a Miles —. Si supiera cuántos años he estado esperando poder decir esto…

La cara de Tung adquirió un tono púrpura oscuro y gritó en respuesta:

— ¡Siéntate en esto, Thorne! — El gesto fue obvio —. Estás equipado para ello…

Ambos resoplaron avanzando simultáneamente. Los guardias de Tung le golpearon en las rodillas; Auson y Miles le sujetaron a Thorne de los brazos. Miles fue levantado del suelo, pero, entre ambos, se las arreglaron para controlar al hermafrodita betano.

Miles intervino.

— ¿Puedo señalar, capitán Tung, que el… equipo de payasos acaba de capturarle a usted?

— Si tan sólo la mitad de mis comandos no hubiera quedado atrapada por ese tabique que saltó… — dijo Tung acaloradamente.

Auson se enderezó y sonrió. Thorne dejó de rebotar sobre sus pies. Unidos al final, pensó Miles, por el enemigo común… Dejó escapar un breve «¡ja!» cuando vislumbró la posibilidad de ponerse al descreído y suspicaz Auson en la palma de la mano.

— ¿Quién diablos es ese pequeño mutante? — le murmuró Tung a su guardia.

Miles avanzó un paso.

— De hecho, lo has hecho tan bien, recluta Thorne, que no dudo en confirmarte como comandante comisionado. Enhorabuena, capitán Thorne.

Thorne se hinchó. Auson languideció, con toda la vergüenza y la ira agolpada en sus ojos. Miles se dirigió a él.

— También usted ha servido, recluta Auson — dijo Miles, pensando, omitiendo ese comprensible motín insignificante en la sala de tácticas —. Incluso estando en la lista de enfermos. Y para los que también sirven, también hay recompensa. — Hizo un gesto grandilocuente, señalando más allá de los ventanales, donde una cuadrilla, en el ingrávido espacio, acababa de empezar a desenmarañar a la Triumph de su trampa con sopletes —. Ahí está su nueva nave. Lamento las abolladuras — bajó la voz —. Y quizá la próxima vez no estará tan lleno de suposiciones, ¿no?

Auson se giró, olas de asombro, perplejidad y deleite bañaban su rostro. Bothari frunció los labios, apreciando la estrategia y el manejo feudal de Miles. Auson, al mando de su propia nave, debería a la larga espabilarse ante el hecho de que era su propia nave; Auson, subordinado de Thorne, sería siempre un potencial foco de deslealtad…, pero Auson al mando de una nave recibida de manos de Miles se convertía, ipso facto, en hombre de Miles. No importaba que la nave de Tung en manos de cualquiera de ellos fuera técnicamente un robo de lo más grandioso… Tung necesitó apenas un poco más que Auson para comprender el rumbo de la conversación. Empezó a maldecir; Miles no reconoció el idioma pero eran inequívocamente insultos. Miles no había visto nunca antes a un hombre echar realmente espuma por la boca.

— Procuren que este prisionero reciba un tranquilizante — ordenó amablemente Miles cuando se llevaban a Tung. Un comandante agresivo, pensó codiciosamente Miles. Treinta años de experiencia…, me pregunto si puedo hacer algo con él…

Miró a su alrededor y agregó:

— Vaya a ver a la asistente médica y haga que le quiten esas cosas de sus brazos, capitán Auson.

— ¡Sí, señor! — Auson intentó un saludo y se marchó con la cabeza en alto. Thorne se fue también, a dirigir otras tareas de inteligencia con respecto a los prisioneros y a los felicianos liberados.

Un técnico de máquinas que necesitaba supervisión vino al instante para llevarse a Jesek. Sonrió orgullosamente mirando a Miles.

— ¿Díria que nos hemos ganado nuestra bonificación por combate hoy, señor?

¿Bonificación por combate?, se preguntó desconcertado Miles. Miró la estación a su alrededor. Sus ojos encontraron actividades de consolidación escasamente diseminadas pero muy energéticas, dondequiera que se asentaran.

— Debería decir que sí, recluta Mynova.

— Señor — la recluta hizo una pausa, tímida —, algunos de nosotros estábamos preguntándonos cómo va a ser nuestro plan de sueldos, ¿quincenal o mensual?

Plan de sueldos. Por supuesto, la charada debía continuar… ¿cuánto tiempo? Miró hacia la RG 132. Averiada. Averiada. Y llena de carga no entregada, no pagada. Tenía que seguir delante de alguna manera, hasta que hicieran contacto con las fuerzas felicianas.

— Mensual — dijo con firmeza.

— Oh — contestó la mujer, desilusionada —. Pasaré el mensaje, señor.

— ¿Qué pasa si aún estamos aquí dentro de un mes, señor? — le preguntó Bothari cuando la recluta se fue con Jesek —. Podría ponerse feo… se supone que los mercenarios cobran.

Miles se pasó las manos por el cabello y tembló con desesperada seguridad.

— ¡Ya encontraré algo!

— ¿Podemos conseguir algo que comer por aquí? — preguntó lastimeramente Mayhew.

Parecía agotado.

Thorne entró de golpe por detrás y agarró a Miles por el codo.

— En cuanto al contraataque, señor…

Miles giró sobre sus talones.

— ¿Dónde? — preguntó, mirando salvajemente en todas direcciones.

Thorne pareció ligeramente desconcertdo.

— Oh, todavía no, señor.

Miles se desplomó, aliviado.

— Por favor, no me haga eso, capitán Thorne. ¿Contraataque?

— Estoy pensando, señor, que tiene que haber uno; aunque no sea más que por el correo que se escapó. ¿No deberíamos empezar a hacer planes al respecto?

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