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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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— No puede… — empezó a decir Auson —. ¡Hijo de puta! ¡Sí puede!

Tung, como Auson, aparentemente tardó en adivinar la verdadera intención del voluminoso carguero. Los impulsores laterales comenzaron a echar chispas para rotar la nave de guerra en posición de lanzarse al espacio abierto. El acorazado recibió una embestida, absorbida con poco efecto visible en el área de carga de la RG 132.

Entonces, casi a cámara lenta, con una especie de loca majestad, el carguero volvió a encarar al acorazado… y avanzó. La nave de guerra fue empujada contra la enorme fundición. El equipamiento que sobresalía y las cubiertas superficiales estallaron y saltaron en todas direcciones.

La acción exige reacción; después de un momento de dolor, la fundición devolvió la gentileza. Una onda de movimiento surgió de la tensión de las estructuras adyacentes, como el gigantesco chasquido de un látigo. Aristas quebradas del acorazado quedaron atrapadas, enredadas por completo. Vistosos fuegos químicos saltaron al vacío por todas partes.

La RG 132 se alejó. Miles, de pie frente a la pantalla, contemplaba con aturdida fascinación, mientras medio casco exterior del carguero comenzó a delaminarse y a dejar su corteza por el espacio.

La RG 132 fue el detalle final para quedar libres para la captura de la refinería de metales. Los comandos de Thorne sacaron al último de los oseranos de la nave inutilizada y limpiaron las estructuras circundantes de resistentes y refugiados; los heridos fueron separados de los muertos; los prisioneros, mantenidos bajo custodia; las minas cazabobos, detectadas y desactivadas; y la atmósfera, restablecida en las áreas clave. Entonces, por fin, pudieron destinarse hombres y enviar lanzaderas para remolcar el viejo carguero hasta la estación.

Una figura tiznada, dentro de un traje de presión, salió bamboleando por el tubo flexible en la dársena de carga.

— ¡Cedieron! ¡Cedieron! - le gritó Mayhew a Miles, mientras se quitaba el casco. El cabello apuntaba en todas direcciones, emplastado por el sudor reseco.

Baz y Elena corrieron hacia él, apareciendo — sin sus cascos — como un par de caballeros después de la justa. El abrazo de Elena levantó del suelo al piloto; por la sufrida mirada de Mayhew, Miles dedujo que Elena tenía todavía algunos problemas con sus servos.

— ¡Fue genial, Arde! — le dijo la joven.

— ¡Enhorabuena! — añadió Baz —. Ha sido la maniobra táctica más notable que jamás he visto. Una trayectoria hermosamente calculada… Tu punto de impacto fue perfecto. Le colgaste a lo rey, pero sin causarle daño estructural, acabo de verlo. Con algunas reparaciones, ¡habremos capturado para nosotros un acorazado!

— ¿Hermosa? — dijo Mayhew —. ¿Calculada? Tú estás tan loco como lo está él… — Señaló a Miles —. En cuanto al daño… mira eso. — Hizo un gesto por encima de su hombro en dirección a la RG 132.

— Baz dice que tienen equipo con el que poder hacer algún tipo de reparaciones de casco en esta estación — intervino Miles en tono conciliador —. Nos demorará aquí algunas semanas más, lo que me gusta tan poco como a ti, pero puede hacerse. Que Dios nos ayude si alguien nos pide que paguemos por ello, por supuesto, pero, con algo de suerte, yo podría reclutar a la fuerza…

— ¡No lo entiendes! — Mayhew agitó sus brazos en el aire —. Cedieron. Las varas Necklin cedieron.

Así como en el piloto los circuitos implantados eran su sistema nervioso, el cuerpo que impulsaba los saltos era el par de varas generadoras de campo Necklin que atravesaban la nave de un extremo al otro. Estaban fabricadas, recordó Miles, con una tolerancia de menos de una parte en un millón.

— ¿Estás seguro? — dijo Baz —. Las fundas…

— Puedes pararte en las fundas y ver las varas y la deformación. ¡Realmente verlas! ¡Parecen esquís! — se lamentó Mayhew.

Baz dejó escapar su aliento en un susurro entre dientes.

Miles, aunque creía saber ya la respuesta, se dirigió al maquinista.

— ¿Alguna posibilidad de arreglo…?

Baz y Mayhew le echaron a Miles la misma mirada.

— Por Dios, usted lo intentaría, ¿no? — dijo Mayhew —: ya le veo ahí abajo con una maza…

Jesek sacudió con pesar la cabeza.

— No, mi señor. Hasta donde yo sé, los felicianos no alcanzan la producción de naves para saltos ni por el lado de la biotecnología ni por el de la ingeniería. Las varas de repuesto deberían importarse, y Colonia Beta sería lo más cercano, pero ya no se fabrica este modelo. Tendrían que construirlas especialmente y enviarlas y… Bueno, creo que llevaría un año y que costaría varias veces el valor de la RG 132.

— Ah — dijo Miles. Contempló con los ojos casi en blanco su nave destrozada a través de las compuertas.

— ¿No podríamos llevar la Ariel? — dijo Elena —. Atravesar el bloqueo y… — se detuvo, y se sonrojó levemente —. Oh, lo siento.

El fantasma del piloto asesinado soltó una fría risa en los oídos de Miles.

— Un piloto sin nave — murmuró en voz baja —, una nave sin piloto, cargamento no entregado, sin dinero, sin modo de volver a casa… — Se volvió hacia Mayhew con curiosidad —. ¿Por qué lo hiciste, Arde? Podías haberte rendido pacíficamente. Eres betano, te habrían tratado bien…

Mayhew miró hacia la dársena, evitando los ojos de Miles.

— Me pareció que el acorazado estaba a punto de enviaros a todos a la quinta dimensión.

— Cierto. ¿Y?

— Y… bueno… no me pareció que un hombre de armas honesto y correcto deba quedarse con el culo sentado cuando eso pasa. La nave era la única arma que tenía; así que apunté y… — Imitó un gatillo con el dedo y disparó.

Tomó aliento y agregó con más calor:

— Pero no me avisaste, no me lo advertiste… Juro que si alguna vez me juegas otra de ésas…, voy a voy a…

Una sonrisa fantasmal tiñó los labios de Bothari.

— Bienvenido al servicio de mi señor… hombre de armas.

Auson y Thorne aparecieron por la otra punta de la estación.

— Ah, ahí está, con su círculo íntimo al completo — dijo Auson.

Se acercaron a Miles. Thorne saludó.

— Tengo los totales definitivos, señor.

— Mm… sí, adelante, recluta Thorne. — Miles se esforzó por atender.

— De nuestro lado, dos muertos, cinco heridos. Heridas no muy serias, salvo una quemadura de plasma en una recluta… Necesitará una regeneración facial más bien completa cuando lleguemos a algún sitio con instalaciones médicas adecuadas…

El estómgao de Miles se contrajo.

— ¿Nombres?

— Muertos, Deveraux y Kim. La herida fue Elli… la recluta Quinn.

— Continúa.

— El personal total enemigo constaba de sesenta individuos de la Triumph, la nave del capitán Tung, veinte comandos y el resto como apoyo técnico, y ochenta y seis pelianos, de los que cuarenta eran personal militar y el resto, técnicos enviados a reinstalar la refinería. Doce muertos, veintiséis heridos de consideración o graves, y una docena aproximadamente de heridos leves. Pérdidas en equipo: dos armaduras espaciales irreparables, cinco reparables. Y los daños de la RG 132, supongo… — Thorne miró a través de los ventanales; Mayhew suspiró con tristeza —. Capturamos, además de la refinería en sí y la Triumph, dos transportadores pelianos de personal, diez lanzaderas de la estación, ocho vehículos voladores para dos personas y esos dos remolcadores de mineral que están más allá de los cuarteles de las cuadrillas. Esto…, un correo peliano armado parece haber escapado.

La letanía de Thorne finalizó. El teniente se quedó mirando ansiosamente la cara de Miles para ver la reacción a esta última información.

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