El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
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Comprobó el depósito del tubo de orina del hombre, ya lleno hasta la mitad.
— Debe de ser un tipo nervioso… — Invirtió el curso del flujo a máxima potencia y le puso volumen al monitor. Un insulto salvaje llenó el aire, anulado por un gruñido pidiendo silencio —. Ahora hay un soldado distraído, y no va a poder hacer nada hasta que llegue a algún sitio donde pueda quitarse el traje.
Auson, a su lado, se atragantó de risa.
— ¡Pequeño bastardo de mente retorcida! ¡Sí, sí!
Aplaudió con los pies, en lugar de con las manos, y giró hacia su propio tablero. Obtuvo la lectura de otro soldado, manejando lentamente los mandos con la punta de los dedos.
— Recuerda — le advirtió Miles —, sutil.
Auson, riendo todavía, murmuró:
— Está bien. — Se inclinó sobre el panel de controles —. Ahí. Ahí… — Se incorporó, sonriendo —. Un tercio de sus comandos de servo funcionan ahora con medio segundo de retraso y sus armas dispararán diez grados a la derecha de donde apunten.
— Muy bien — le felicitó Miles —. Mejor dejamos el resto hasta que estén en posiciones críticas, no vayamos a levantar sospechas en demasía y excesivamente pronto.
La nave se acercaba cada vez más a la dársena. Las tropas enemigas se preparaban para abordar por los tubos flexibles normales.
De repente, los grupos de asalto de Thorne se lanzaron por las cámaras de presión laterales que daban al muelle. Rápidamente arrojaron minas magnéticas sobre el casco de la estación, donde explotaron como las chispas que queman y agujerean una alfombra. Los mercenarios de Thorne saltaron por las brechas y se diseminaron por el interior. El silencio de la radio enemiga estalló en un caos escandaloso.
Miles se puso a activar las lecturas de su tablero. Una oficial enemiga volvió la cabeza para dar órdenes a su pelotón; inmediatamente, Miles trabó su casco en la posición máxima de torsión, inmovilizando por ende el cuello de la oserana. Escogió luego a otro soldado en un pasillo y accionó a toda potencia el arco de plasma incorporado a su traje; el fuego surgió salvajemente de la mano del hombre, quien retorció por reflejo, sorprendido, y rociando el suelo, el techo y a sus camaradas.
Hizo una pausa para observar la lectura de Elena. Un pasillo pasaba a toda velocidad por la pantalla. La imagen giró locamente cuando la joven usó los reactores del traje para frenar. Evidentemente, la gravedad artificial de la estación de desembarco había sido anulada. Un sello automático de aire bloqueó entonces el corredor. Elena cesó de dar vueltas, apuntó con su arco de plasma y abrió un boquete en el sello. Se impulsó por el mismo, al tiempo que un soldado enemigo hacía lo propio desde el otro lado. Se toparon en una confusa pelea, los servos chirriando por la necesidad de sobrecarga.
Miles buscó frenéticamente la lectura del enemigo entre las diez que había, pero era un peliano. No tenía acceso a su traje. El corazón le martilleaba en los oídos. Hubo otra vista de la lucha entre Elena y el peliano en la pantalla; Miles tuvo la confusa sensación de estar en dos lugares al mismo tiempo, como si el alma hubiera abandonado el cuerpo; entonces se dio cuenta de que estaba mirando la escena desde el traje de otro oserano. El oserano estaba levantando el arma para disparar… No podía errar…
Miles accionó entonces el equipo médico del hombre y le inyectó en las venas — de una sola vez — todas las drogas que contenía. El audio transmitió un grito ahogado, tembloroso; la lectura del ritmo cardíaco saltó enloquecida y luego registró fibrilación. Otra figura — ¿Baz? — con la armadura de la Ariel entró por la brecha del sello, disparando mientras volaba. El plasma cubrió al oserano, interrumpiendo la transmisión.
— ¡Hijo de puta! — gritó de repente Auson, dando un codazo a Miles —. ¿De dónde salió?
Miles pensó primero que Auson se refería al soldado de la armadura; entonces acompañó la mirada del ex capitán hasta otra pantalla que enfocaba el espacio opuesto a la estación.
Asomando tras ellos había una gran nave de guerra oserana.
12
Miles soltó una blasfemia, frustrado. ¡Por supuesto! Armaduras oseranas de retroalimentación completa implicaban lógicamente un monitor oserano cercano. Debía haberse dado cuenta al instante. Había sido un tonto al haber supuesto sencillamente que el enemigo estaba siendo dirigido desde el interior de la estación. Apretó los dientes, mortificado. En la abrumadora excitación del ataque, en su particular terror por Elena, había olvidado el primer principio de los grandes comandantes: no enredarse en los pequeños detalles. No era un consuelo que también Auson parecía haberse olvidado de eso.
El oficial de comunicaciones abandonó rápidamente el juego del sabotaje de trajes y retornó a su puesto.
— Están exigiendo la rendición, señor — informó.
Miles se mojó los labios resecos y aclaró su garganta.
— Ah… ¿Sugerencias, recluta Auson?
Auson le dirigió una turbia mirada.
— Es ese esnob de Tung. Es de la Tierra y jamás deja que uno lo olvide. Tiene cuatro veces nuestra aceleración, tres veces nuestra tripulación y treinta años de experiencia. Supongo que no te interesa considerar la rendición, ¿no?
— Tienes razón, Auson — dijo tras un momento Miles —. No me interesa.
El asalto de la estación de desembarco estaba prácticamente terminado. Thorne y compañía ya se estaban movilizando por las estructuras adyacentes para completar la limpieza. ¿La victoria convertida tan velozmente en derrota? Insoportable. Miles buscó vanamente una idea mejor en el fondo de su inspiración.
— No es muy elegante — dijo por fin — pero, a una distancia tan increíblemente corta, al menos es posible… Podríamos intentar chocar contra ellos.
Auson articuló sin sonidos las palabras: mi nave… Y recuperó la voz:
— ¡Mi nave! ¿La más fina tecnología de Illyrica, y quieres usarla para una jodida batida medieval? ¿Hervimos un poco de aceite y se lo arrojamos mientras tanto? ¿Tiramos algunas rocas? — Su voz subió una octava y se quebró.
— Apuesto a que no se lo esperan — dijo Miles, un poco reprimido.
— Te estrangularé con mis propias manos… — Auson, tratando de levantarlas, redescubrió los límites de su movimiento.
— Eh, sargento — llamó Miles, retrocediendo ante el capitán mercenario, quien respiraba agitadamente.
Bothari se levantó de su silla. Sus ojos entrecerrados midieron fríamente a Auson, como un cardiocirujano al planificar su primer corte.
— Al menos debe intentarse — razonó Miles.
— No con mi nave, tú no, tú, pequeño… — El lenguaje de Auson al refunfuñar se convirtió en corporal. Su equilibrio cambió, liberando un pie para asestar un golpe de karate.
— ¡Dios mío! ¡Mire! — gritó el oficial de comunicaciones.
La RG 132, torpe, voluminosa, estaba alejándose del muelle. Sus motores sonaban a máxima potencia, otorgándole la aceleración propia de un elefante nadando en melaza.
Auson, al instante, quedó fuera de la atención de Miles.
— La RG, cargada, tiene cuatro veces la masa de ese acorazado de bolsillo — suspiró.
— ¡Por eso vuela como un cerdo y cuesta una fortuna moverla! — gritó Auson —. Ese oficial piloto suyo está loco si piensa que puede alcanzar a Tung…
— ¡Vamos, Arde! — gritó Miles, saltando enardecido —. ¡Perfecto! Le acorralarás directamente contra esa unidad de fundición…