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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Después de todo, nunca dejarás de ser una campesina ignorante. ¡No te pongas así! Ni siquiera los verdaderos leprosos son tan pestilentes y tan peligrosos como crees, pero es que, además, esta pobre muchacha no es una auténtica leprosa, sino que padece un prurito de la piel, una humedad escamosa que no mata y cuya única gravedad es la fealdad de su aspecto y el hecho de que se confunde con la lepra. Ven aquí, pequeña, no tengas miedo.

En dos zancadas, Nyneve se ha acercado al tembloroso bulto de harapos y, de un tirón, le ha arrancado el embozo. Es una muchacha muy joven, con el negro y sucio pelo cortado a trasquilones. Su piel está enrojecida y deformada, llena de costras y de excrecencias duras semejantes a los hongos que se agarran a los árboles, con grietas en torno a la nariz y el nacimiento del cabello. En medio de todo ese destrozo, dos pequeños ojos aterrados brillan llenos de lágrimas. Me estremezco de asco.

– ¿Ves? La piel engrosa, se endurece y se parte -explica Nyneve con satisfacción-. Un perfecto caso de humedad escamosa. Muy aparatoso pero benigno, y bastante fácil de curar. Bastará con untaría durante cierto tiempo con la savia roja del drago…

Justo en este momento veo entrar a Gastón. Ni antes ni después, es una pena. En cuanto aparece sé lo que va a pasar.

– ¿Qué hace aquí ese monstruo? ¡Lárgate, leprosa, si no quieres que llame a los alguaciles! -brama el alquimista.

Y, levantando el banquito del patio por una pata, lo arroja sobre la muchacha, atinando de refilón sobre su hombro.

– ¡Maldito seas! -grita Nyneve.

Pero ya es tarde: la chica ha salido corriendo, encogida sobre sí misma como un perro apaleado. El tintineo de sus campanillas resuena cada vez más lejos por la calle.

– Eres un miserable -dice mi amiga con la voz ahogada por la furia.

Y luego se marcha, supongo que en busca de la enferma. Gastón y yo nos quedamos solos. No sé qué decirle. Había preparado mil palabras para cuando volviera. Si volvía. Pero ahora tengo los labios apretados y la boca seca.

– En realidad no era una leprosa -murmuro.

– No me digas.

No sé por qué le estoy hablando de esto, cuando yo quería hablarle de nosotros. Pero me ha conmovido esa falsa leprosa, esa pobre chica que, como yo, no es lo que aparenta.

– Te estoy contando la verdad. Lo que tiene es otra enfermedad, algo que no es grave. Me lo ha explicado Nyneve.

– Sí, claro. La sabia Nyneve.

– Pues sí, la sabía Nyneve, que es más sabia que tú. Porque con sus conocimientos ayuda y cura a la gente. Mientras que tú, ¿tú qué haces con toda tu elevada filosofía del fuego? Mírate, no eres nadie.

El rostro de Gastón se oscurece pavorosamente y yo me quedo aterrada de lo que he dicho. ¿De dónde me ha salido tanta violencia?

– Yo hago aquello que los espíritus pobres e ignorantes como tú ¡amas podréis comprender -susurra Gastón estranguladamente-. Y ¡o hago solo y contra todos. Lo hago a pesar de todos. Lo hago a pesar de ti. Eres mi cárcel.

Dicho lo cual, da media vuelta y vuelve a marcharse de estampida. Estoy sola en el patio y anochece. Levanto el banquito del suelo y me siento otra vez. El olor de la higuera es demasiado dulce para un tiempo tan cargado de amenazas.

El cuerpo me pesa. Estoy vestida una vez más de caballero y siento mi armadura como una jaula. No entiendo cómo pude permanecer durante tantos años incrustada en este caparazón de duro hierro. Los eslabones tiran de mí hacia la tierra y mis músculos ya no son lo que eran. Debo de estar envejeciendo, y también me he ablandado con mi quieta vida de mujer, con la fácil vida ciudadana. Ahora incluso me desagrada el olor del metal, este leve tufo frío y ácido. Sin embargo, tanto Nyneve como yo hemos decidido que sería más seguro retomar nuestros atuendos de guerreros durante el viaje. Estamos en Lombers, al Sur de Albi. Hemos venido a asistir a una confrontación teológica entre los cátaros y los enviados del Pontífice. Los albigenses, que siguen creyendo en la fuerza de la palabra y la razón pese a la creciente tempestad de fuego y sangre, llevan años organizando debates libres entre ellos y los papistas. En Carcasona, en Montreal, en Servían, en Fanjeaux y Pamiers, los adalides de uno y otro bando han entrecruzado sus ideas, pero eso no ha logrado embotar el filo de las armas.

– No importa, Leo: hay que seguir hablando, hay que seguir explicando -dice Nyneve-. No hay que perder la esperanza en el triunfo de la palabra. Este debate en Lombers puede ser crucial. Es el primero que se hace desde que estalló la guerra.

Nyneve se esfuerza en mantener la confianza y, por vez primera, yo siento que evalúo la realidad mejor que ella.

Sí, debo de estar envejeciendo, porque no creo que estos enfrentamientos verbales logren detener ni un solo mandoble. Pobres cátaros: tienen tanta fe en su capacidad de convicción que resultan conmovedores. Cuentan que, cuando uno de sus predicadores más célebres, Pierre Authié fue apresado por la Iglesia y llevado a la hoguera, el Buen Cristiano declaró, ya atado a la pira, que, si se le dejaba predicar una vez más a la muchedumbre que asistía a su suplicio, la convertiría al catarismo. Pero no le dejaron: las llamas devoraron el cuerpo y las palabras de Authié, sepultándole en un silencio crepitante.

Pero ahora estamos aquí, en Lombers, dispuestos a escuchar. Para mi sorpresa, Gastón ha venido con nosotras. Me extraña, pues dice despreciar a unos y a otros. Pero tal vez tema no volver a verme si nos separamos. Me gustaría creer que le mueve el afecto, pero también sé que depende de mí para vivir. Ya digo, estoy mayor, y tal vez ser mayor consista en empezar a saber aquellas cosas que preferirías ignorar.

Los nobles occitanos controlan la ciudad y han negociado una tregua parcial para permitir la celebración del debate. El encuentro teológico está teniendo lugar dentro de la iglesia, que está tan atestada de gente que, cuando hemos logrado abrirnos paso para entrar, la confrontación ya había comenzado. Junto al altar hay colocados tres sillones. Dos de ellos están ocupados por los prelados del Papa, Raoul de Fontfroide y Pierre de Castelnau. En el lado opuesto se encuentra un anciano canónigo cátaro, Guillaume de Nevers. Es un pequeño viejo sonrosado y calvo, con unas grandes cejas blancas tan hirsutas y prominentes que parecen dos enredados tejadillos que le sombrean la cara. Viste un sayal humilde, Uso y negro, que contrasta con los soberbios atavíos de los prelados, dos varones de unos cincuenta años, morenos, enjutos y atildados, extrañamente semejantes en su físico, salvo en la nariz rota de uno de ellos.

– Pero ¿cómo osáis llamaros cristianos, si abomináis de la cruz, de las iglesias, de las estatuas de los santos? Vuestro aborrecimiento por lo más sagrado indica inequívocamente que estáis poseídos por el Maligno. Ante la imagen de la cruz, Belcebú se retuerce de dolor -trompetea, con grandes ademanes histriónicos, el religioso de la nariz partida.

De Nevers suspira:

– Querido hermano, volvéis a mezclar y tergiversar las cosas, acaso porque os falta información. Os repito que no abominamos de las iglesias. Simplemente creemos que nada de lo visible es sagrado. Nuestro corazón es la única iglesia de Dios: y es la más hermosa. No necesitamos construir costosos edificios, que para nada sirven salvo para enterrar en ellos cuantiosas cantidades de dinero que podrían utilizarse para paliar las necesidades perentorias de los feligreses. La verdadera Iglesia de Cristo sólo puede ser pobre y pura, ajena a todo poder terrenal. ¿Acaso creéis que Dios necesita nuestro oro, nuestras piedras preciosas y nuestra plata? ¿Dios, el Ser Supremo, la Suprema Inteligencia, la Suprema Bondad? Todo eso es barbarie. Lo mismo que el culto a las imágenes. ¿Por qué postrarse ante una estatua o ante una cruz? ¿Olvidáis que las ha tallado un hombre en un trozo de madera? Perdonadme, hermano, pero todo eso es pura superstición. Y, además, ¿no consideráis extraño y enfermizo adorar un instrumento de tortura como la cruz? Sobre todo cuando Dios es todo generosidad y todo Amor.

El anciano cátaro habla con una voz sonora y poderosa que parece provenir de un cuerpo más joven. Los Prelados del Papa se remueven con nerviosismo en sus asientos y aparentan estar mucho más incómodos que su contrincante. Uno de ellos eleva la voz e interrumpe el discurso del albigense.

– ¡No mencionéis el nombre de Dios en vano! Vuestro herético Dios no es el mío. Vos adoráis tanto a Dios como al Diablo.

– Eso es un nuevo error de entendimiento.

– ¡Atreveos a negarlo! Rechazáis a Jehová y consideráis que Lucifer es una deidad tan poderosa como el Creador.

– Acumuláis los temas, y así, naturalmente, se os embarullan, como la bordadora poco aplicada que quiere coser a la vez con una sola aguja y varias hebras, y termina enredando y anudando todas las sedas… Es verdad que nosotros sólo admitimos el carácter sagrado de los Evangelios. El Antiguo Testamento, debo deciros, y basta con estudiar los libros atentamente para comprobarlo, no es más que un conjunto heterogéneo de autores y textos distintos y a menudo contradictorios, una acumulación de leyendas reunidas a lo largo de los siglos. Pura superstición, de nuevo. Y Jehová, o Yahvé, es un dios imperfecto construido en este mundo imperfecto, un dios tan violento y vengativo que es la antítesis de toda idea racional de la divinidad. Dios, os repito, es sólo y puro Amor. Y, puesto que es Amor, no puede ser el origen del Mal. El Mal ha sido creado por Lucifer, al cual desde luego no adoramos. Ya lo dice claramente San Juan en su Evangelio: «Sabemos que somos de Dios, mientras el mundo todo está bajo el Maligno». Todos los humanos somos en esencia buenos, mis queridos hermanos. Incluso vos, Fontfroide, o vos, Castelnau. Somos ángeles caídos en este mundo dominado por Belcebú y atrapados en la prisión de la carne. Nuestras almas son todas puras e iguales, tanto las de los sarracenos como las de los judíos, las de los cruzados que encienden las hogueras y las de las víctimas que se abrasan en las piras; y todos nos salvaremos por la gracia de Cristo. Por eso no hay guerra santa ni violencia justa.

__Pero…, pero ¿cómo es posible decir tantas herejías en tan poco tiempo? -salta de nuevo el de la nariz rota, que parece tener menor compostura que su compañero-. ¿Cómo vamos a ser todos almas puras? ¿Dónde dejáis el pecado original, la tentación de Eva? ¿Y cómo va a ser posible que nos salvemos todos? Ya lo dicen los Padres de la Iglesia: Salvuturum paucitas, damnandorum multitudo…

– Que quiere decir «pocos se salvarán, muchos se condenarán» -interviene el afable anciano-. Hablad en lengua popular, os lo ruego. Vuestros latines son un instrumento de poder que alejan, desconciertan y oprimen a los fieles. Pues bien, los Padres de la Iglesia se equivocan en este punto. Os repito: nos salvaremos todos en la magnanimidad infinita de Dios. La Iglesia usa la amenaza del castigo eterno como quien usa el látigo para amedrentar a sus esclavos.

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