Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Jim era un alto y elegante graduado de Harvard, de treinta y cinco años. En el trabajo tenía un estilo lento, pensativo, una manera de transmitirle al otro que consideraba cada palabra que decía. Y una manera de mirarlo fijamente a los ojos cuando hablaba, como si cada una de sus neuronas estuviera ocupada en el tedioso asunto que el otro le estuviera planteando. Al cabo de unas horas, por fortuna, se volvía más satírico, casi sardónico. Para ser franco, creo que para él la mayoría de la gente era casi idiota. Algo que, en mi opinión, lo convertía en un disparatado optimista.
Susan era aguda, morena, enérgica, de poco más de veinte años. Un poquito delgada y narigona para mi gusto, pero suficientemente bonita con ese cabello largo, lacio y negro, muy negro. Además poseía una buena figura, pequeña y compacta, graciosamente redondeada en el pecho y la cadera. Tenía un estilo agresivo, divertido, desafiante: ¿vas a aceptarme como soy, compañero, o qué? Actitud que, según creo, disfrazaba un sentimiento defensivo debido a que era de Queens, a su educación y tal vez incluso a su inteligencia. En cualquier caso, podía infundir energía en la vida de uno al aparecer con una falda corta, o al quitarse el cabello de la cara con una larga uña. Era un Buen Polvo contra el bebedero, según el consenso masculino generalizado. En esos debates sociológicos en los que los caballeros suelen discutir la mejor manera de acoplarse con sus colegas y conocidas, Susan usualmente resultaba la chica que a todos les gustaría penetrar contra el bebedero, de pie, mientras el equipo de limpieza nocturno pasaba la aspiradora por el vestíbulo.
Entonces, en una fiesta del mes de febrero en la que celebrábamos el lanzamiento y seguro fracaso de algún nuevo plan por completo imbécil de la gerencia, observamos con alborozo y envidia que Jim y Susan estaban juntos, hablaban entre ellos y finalmente se marchaban juntos. Y eventualmente dormían juntos. No pudimos ver esa parte, pero a mí me la relataron con detalles más tarde.
Soy editor de noticias, treinta y ocho años, divorciado una vez, hace siete años, dos meses y dieciséis días. Pero todos hemos dado más de una vuelta a la manzana en esta época. Posiblemente tendrían que ensanchar las aceras de la manzana para facilitar el tránsito. Así que al principio, lo que Jim me contaba solo provocó en mis ojos un leve brillo de lujuria, por no hablar de la delgada línea de saliva que manaba inadvertidamente de mis comisuras.
A ella le gustaba la cosa violenta. Ese era el tema. Ahora se puede contar. A nuestra Susan le gustaba un buen chirlo ocasional en las ancas. Jim, amado de Dios, parecía al principio un poco desconcertado con el asunto. Había dado también más de una vuelta a la manzana, por supuesto, pero una manzana de un barrio más tranquilo. Y supongo que nunca había ido a esa dirección en particular.
En apariencia, cuando ambos fueron al departamento de Jim, Susan le había puesto en las manos el lazo de su propia bata de felpa y le había dicho: “Átame”. Jim consiguió cumplir esas simples instrucciones y también las que siguieron, que le ordenaban aferrar el cabello negro muy negro de Susan en su mano y obligarla a poner su boca sobre lo que cortésmente supondré que era su palpitante tumescencia. La parte de los golpes vino más tarde, después de que él la hubiera arrojado boca abajo sobre la cama y la embestía desde atrás. Los golpes también fueron por específico pedido de ella.
– Fue algo más bien pervertido -me dijo Jim.
– Eh, te compadezco -le dije-. ¿En qué te convierte esto, sino apenas en el segundo o tercer hombre más afortunado en la faz de la tierra?
Bien, era excitante, Jim lo admitía. Y no era que jamás hubiera hecho algo así antes. Era tan solo que, en su experiencia, uno tenía que llegar a conocer un poco a una chica antes de empezar a cascarla. Era algo íntimo, en el terreno de las fantasías privadas, no la clase de cosa que uno hace en una primera cita.
Además, a Jim de veras le gustaba Susan. Le gustaba su estilo dura en el trabajo y sus bromas resentidas y toda la vulnerabilidad que eso ocultaba. Deseaba llegar a conocerla, estar con ella un tiempo, tal vez un largo tiempo. ¿Y si empezaban de ese modo, se preguntaba, adonde llegarían?
Pero resultó que toda la incomodidad era del lado de Jim. Susan parecía perfectamente a gusto cuando se despertó en sus brazos a la mañana siguiente. “Fue una hermosa última noche”, le susurró, estirándose para besarle los pelos de la barba. Y lo tomó de la mano mientras llamaban un taxi para que la llevara hasta su casa a cambiarse de ropa. Y lo volvió loco y lo hechizó con el protocolo que cumplió al pie de la letra en la oficina, sin ofrecerle al mundo un solo indicio del cambio de estado de cosas entre ellos cuando se cruzaron en el vestíbulo, saludándose con una inclinación de cabeza, mientras ella murmuraba: “Dios, somos tan profesionales”.
Y habían comido juntos en el Moroccan de Columbus y ella no dejó de hablar, comiquísima, sobre los gerentes de su departamento. Y Jim, que usualmente expresaba su diversión achicando los ojos y esbozando una estrecha sonrisa, se echó atrás en su silla y se rió mostrando los dientes, y tuvo que enjugarse las lágrimas de las patas de gallo con cuatro dedos de una mano.
Esa noche, ella quiso que la azotara con su cinturón de cuero. Jim puso reparos.
– ¿Nunca llegaremos a hacerlo, bien, simplemente, de la manera usual? -preguntó.
Ella se apoyó contra él, muy cerca, provocativa y seductora.
– Hazlo. Quiero que lo hagas.
– Me preocupa un poco el ruido. Por los vecinos y esas cosas.
Bien, eso era algo atendible. Susan fue a la cocina y volvió con una cuchara de madera. Aparentemente, no restalla como el cinturón. Jim, siempre un caballero, procedió a atarla a los postes de la cama.
– Esa mujer me está matando. Estoy exhausto -me dijo un par de semanas más tarde.
Me puse una mano bajo la camisa y la moví hacia adelante y hacia atrás para que se diera cuenta de que mi corazón latía por él.
– Lo digo en serio -agregó-. Quiero decir, me gustan estas cosas de tanto en tanto. Es excitante, es divertido. Pero, Dios, me gustaría verle la cara alguna vez.
– Se calmará. Recién empiezan -le dije-. Entonces ella pide estas cosas. Más tarde, podrás instruirla gentilmente en los placeres de la posición del misionero.
Sostuvimos esa conversación en una mesa de McCord's, el último bar irlandés que no está arruinado del aburguesado West Side. Los equipos de noticias tienden a derivar hasta allí a la noche, así que hablábamos en voz baja. Jim se inclinó para que estuviéramos aún más cerca. Nuestras frentes prácticamente se tocaban y miró hacia ambos lados antes de seguir hablando.
– La cosa es -dijo- que creo que lo hace en serio.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que estoy a favor de las fantasías en la cama y todo eso. Pero creo que lo hace en serio.
– ¿Qué quieres decir? -repetí, más roncamente y con un poco de sudor juntándose detrás de mi oreja.
Resultaba que la relación ya había progresado hasta el punto en que se empezaban a repartir las tareas domésticas. Susan había repartido las funciones y le tocaba a ella limpiar el departamento de Jim, prepararle la cena y lavar los platos. Desnuda. La tarea de Jim era obligarla a hacer esas cosas y azotarla, darle una zurra o violarla si ella manifestaba reticencia o cometía, o pretendía cometer, alguna clase de error.
Ahora bien, siempre hay un elemento de jactancia en los hombres que se quejan de su vida sexual, pero Jim parecía verdaderamente perturbado por lo que ocurría.
– No digo que no me excite. Lo admito, es excitante. Pero ya se está convirtiendo en… algo feo. ¿No es así? -dijo.
Me sequé la boca y me recosté en la silla. Cuando finalmente pude dejar de jadear y empezar a mover la boca, le dije:
– No sé. Cada uno con su gusto. Quiero decir, mira, si no te gusta, eyéctate. ¿Entiendes? Si para ti no funciona, oprime el botón.