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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– Había planeado darle estas -dijo-, pero no hubo tiempo.

– ¿Qué quieres decir con que no hubo tiempo?

– Lo vi en su rostro -me respondió-. Estaba viviendo como alguien que ya estuviera bajo tierra. Alguien enterrado que esperaba que se le acabara el aire. Esa clase de sufrimiento, puro terror. Sabía que un solo minuto de más sería demasiado largo.

Puso las píldoras sobre la mesa, después levantó la almohada sobre la que había descansado su cabeza, la ahuecó con suavidad y la apretó contra mi cara un momento, antes de levantarla otra vez de una manera que me hizo sentir extrañamente como si hubiera vuelto a la vida.

– Era todo lo que me quedaba para ofrecerle -dijo gentilmente, luego bebió un largo y lento trago de su vodka-. Tenemos tan poco que ofrecer.

Y pensé con súbita y devastadora claridad: “Su oscuridad es verdadera; la mía es sólo una pose”.

– ¿Y qué hiciste? -preguntó mi amigo.

– Le acaricié la cara.

– ¿Y ella qué hizo?

Ella me retiró la mano casi con violencia.

– Esto no se trata de mí -me dijo.

– En este momento, todo se trata de ti -le dije.

Ella hizo una mueca de disgusto.

– No digas sandeces.

– Lo digo en serio.

– Y eso solo empeora las cosas -me respondió con acritud. Miró el cielo y volvió a bajar los ojos hasta mí, oscuros y acerados como los dos caños de una escopeta-. Se trata de ti -dijo con resolución-. Y no permitiré que hagas trampa.

Me encogí de hombros.

– La vida entera es hacer trampa, Verónica.

Sus ojos se endurecieron.

– Eso no es verdad y tú lo sabes -dijo, casi con un siseo-. Y por eso eres un mentiroso y todos tus libros son una mentira. -Su voz era tan firme, tan dura e inflexible que la sentí como un viento que me azotaba-. La cosa es así. Si realmente te sintieras como lo que escribes, te matarías. Si todos esos sentimientos estuvieran verdaderamente en tu interior, en lo profundo de ti, no serías capaz de seguir viviendo un solo día más. -Me desafió a que la contradijera, y como no lo hice siguió hablando.- Ves todo salvo a ti mismo. Y ahora te diré lo que no ves de ti mismo, Jack: no ves que eres feliz.

– ¿Feliz? -pregunté.

– Eres feliz -insistió Verónica-. No quieres admitirlo, pero lo eres. Y está bien que lo seas.

Entonces me enumeró los elementos de mi felicidad: la pura buena suerte que había tenido, salud, dinero suficiente, un trabajo que amaba, una buena dosis de éxito.

– Comparado contigo, Douglas no tenía nada -dijo.

– Te tenía a ti -dije con cautela.

Su rostro volvió a endurecerse.

– Si vuelves a hablar de mí -me advirtió-, tendrás que irte.

Lo decía en serio, y yo lo sabía. Así que le pregunté:

– ¿Qué quieres de mí, Verónica?

– Quiero que te quedes -dijo sin vacilar.

– ¿Que me quede?

– Mientras me tomo las píldoras.

Recordé lo que me había dicho en la puerta del bar apenas unas horas antes: “Podría hacerlo contigo, ¿sabes?”.

Yo había creído que eso significaba que lo haríamos juntos, pero ahora sabía que nunca me había incluido. No había ningún pacto de suicidio. Era sólo Verónica.

– ¿Lo harás? -me preguntó con tono sombrío.

– ¿Cuándo? -le pregunté suavemente.

Ella tomó las píldoras y las vertió sobre su palma.

– Ahora -dijo.

– No -le espeté, y empecé a incorporarme.

Ella me retuvo con fuerza, con una expresión de inflexible resolución en la mirada, así que supe que haría lo que se proponía, que no había manera de impedírselo.

– Quiero salir de este ruido -dijo, apretándose el oído derecho con su mano libre-. Todo es tan ruidoso.

En la intensidad de sus palabras atisbé en toda su medida la dimensión de su tormento, todo lo que ella ya no quería escuchar, el cotidiano estrépito de todas las vanidades y el estruendo de las repeticiones, los maullidos de los inferiores, el trompeteo de las mediocridades, todo lo que convertía el insoportable rechinar de la rueda en un rugido que desgarraba el alma. Ella quería terminar con todo eso, quería un silencio que nadie podría negarle.

– ¿Te quedarás? -me preguntó en voz baja.

Supe que mis argumentos le parecerían tan sólo un poco más de ese ruido que ya no podía soportar. Repicaría como un címbalo, y sólo se sumaría al sinsentido de esa cacofonía de la que ella deseaba escapar.

Y por lo tanto le dije:

– Está bien.

Sin una sola palabra más, se tragó las píldoras de a dos, haciéndolas bajar con rápidos sorbos de vodka.

– No sé qué decirte, Verónica -le dije cuando tragó la última y apoyó su vaso en la mesa de luz.

Ella se acurrucó junto a mí.

– Dime lo que yo le dije a Douglas -me contestó-. Al final es lo único que cualquiera puede ofrecerle a otro.

– ¿Qué le dijiste? -le pregunté suavemente.

– Estoy aquí. La abracé estrechamente.

– Estoy aquí -le dije.

Ella se acurrucó aún más cerca.

– Sí.

– ¿Y te quedaste? -preguntó mi amigo.

Asentí.

– ¿Y ella…?

– Una hora más o menos -le dije-. Después me vestí y caminé hasta que finalmente llegué aquí.

– Entonces en este momento ella…

– Está muerta -dije rápidamente, y de pronto la imaginé sentada en el parque, frente al bar, inmóvil y en silencio.

– ¿No pudiste detenerla?

– ¿Con qué? -le pregunté-. No tenía nada que ofrecerle. -Miré hacia fuera, a través de la ventana del bar.- Y además, para una mujer realmente peligrosa, un hombre no es nunca la respuesta. Eso es lo que la vuelve peligrosa. Al menos para nosotros.

Mi amigo me miró con perplejidad.

– Y entonces, ¿qué vas a hacer ahora? -me preguntó.

En el otro extremo del parque, una joven pareja se gritaba; la mujer enarbolaba un puño en el aire, el hombre meneaba la cabeza en un estado de violenta confusión. Pude imaginarme a Verónica alejándose de ellos, caminando en silencio.

– Voy a quedarme callado -respondí-, durante un largo tiempo.

Después me puse de pie y salí del bar al torbellino de la ciudad. La disonancia habitual me engulló, todo ese caos y esa confusión, pero no sentí ninguna necesidad de agregar mi propia discordancia a la ya existente.

Era un sentimiento extrañamente dulce, advertí mientras me dirigía a casa en el silencio que me ceñía.

Desde las profundidades de su envolvente calma, Verónica me ofreció sus últimas palabras.

Yo sé.

Su Amo y Señor – Andrew Klavan

Era obvio que ella lo había matado, pero solamente yo sabía por qué. Había sido amigo de Jim y él me lo había contado todo. Era una historia espeluznante, a su manera. Por lo menos a mí me pareció espeluznante. Más de una vez, mientras me la confiaba, yo sentía que el sudor se acumulaba en mi cuello, sobre el pecho. Se me ponía la piel de gallina y sentía lo que en una época más decorosa hubiéramos llamado “cierta agitación en la entrepierna”. En nuestros días, por cierto, se supone que podemos hablar con franqueza de esas cosas; en realidad, de cualquier cosa. Hay tantos libros y películas y programas de televisión que se jactan de destruir “el último tabú” que no llegaría a pensar que estamos en peligro de quedarnos sin ninguno.

Bien, ya veremos. Ya veremos.

Jim y Susan se conocieron en el trabajo y empezaron una relación después de una fiesta de la oficina, un principio bien habitual. Jim era vicepresidente a cargo del rubro entretenimiento de una de las cadenas radiales más grandes.

“No sé muy bien cuál es mi trabajo -solía decir-, pero de algún modo debo estar haciéndolo”. Susan era subgerente de personal, lo que significaba que era una secretaria a cargo de la programación.

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