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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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De rodillas, como un cura, empezó a tocar a las mujeres aquí y allá, pero con tranquilidad, prudente y metódico, así era él, e incluso lo hizo suavemente, en serio. Iba deslizando sus delgados y delicados dedos por los muslos, frotándolos en los pubis de las mujeres y sólo al final les introducía su impaciente dedo corazón en los coños mientras hacía vibrar el pulgar como una cuerda de guitarra cosquilleante. ¿Y qué hacía yo mientras Scudamore, encantado, intentaba despertar el placer de las mujeres?

Permanecí allí quieto, examinando los ojos de las mujeres para ver si tenían alguna enfermedad contagiosa que las pudiera dejar ciegas, pero creo que vi todo lo que los ojos podían expresar en este mundo y en el otro, mientras Scudamore rebuscaba en sus bajos vientres como si fuera un minero en busca de una veta aurífera.

– Dime si ves a alguna que quiera más -decía Scudamore de vez en cuando-. Porque en ese caso, ésa es mía.

Mantuve la boca cerrada hasta que de pronto vi un par de ojos que parecían mirarme el alma en lugar de ser al revés. Scudamore tenía bastante con lo que estaba haciendo y no notó nada.

– Si alguna ha de ser mía -le dije-, ésa eres tú.

Retuvo mi mirada sin echarse atrás como las demás. Comprendí que ella sabía qué tipo de hombre era, sí, y que incluso entendía lo que yo le decía. Al momento siguiente llegó Scudamore arrastrándose con sus dedos viscosos y los puso en los muslos de la mujer. Me quedé perplejo y le dejé hacer hasta que vi el odio que inflamaba los ojos de la mujer.

– Quita tus asquerosos dedos de esta mujer -le dije a Scudamore-. Es mía.

Scudamore se encogió, y con sorpresa vi que tenía miedo.

– Claro, Silver -contestó con una sonrisa aduladora-. Claro que es tuya. Como se suele decir, ya tengo el saco lleno. Es más de lo que yo aguanto.

A pesar de todo, no pudo dejar de mirar a la mujer de arriba abajo, o sea, de la garganta hacia abajo.

– Por todos los demonios -exclamó-. No sabía que entendieras de mujeres. ¡Y además mulata! Ahí estabas tú, como si no pasara nada y lo único que hacías era esperar tu hora.

– Cierra el pico -le espeté, y en ese mismo momento cerró su bocaza como un bacalao.

Pero yo también miré el cuerpo de la mujer: por todos los diablos, ¡vaya si él no tenía razón! Estaba esculpida como una virgen que fuera el mascarón de proa en el galeón de un almirante. Desde luego que no se avergonzaba. «No -pensé-, ésta no es como las demás.»

¿Cómo podría yo, como grumete, el de menor importancia de a bordo, guardármela para mí? Sin embargo, me preocupaba sin necesidad. Del castillo de popa bajó Butterworth y cogió a la mujer por el brazo.

– Necesito a alguien que limpie mi camarote -dijo-. Como ya sabéis, el grumete murió anteayer.

La verdad es que así había sido, unos días después de haber limpiado los botones de latón, la última buena acción que hizo el jovenzuelo en su corta vida.

El látigo de Butterworth se quedó pegado en el cuerpo moreno y dorado de la mujer como si estuviera vestida con alquitrán pegajoso.

Y yo, ¿qué hice sino decirle al maldito miserable que la dejara en paz? Butterworth dio un respingo e incluso vi en él una ráfaga de miedo antes de darse cuenta de quién era él y quién era yo.

– Vaya, y lo dice Silver -dijo con una de sus peores sonrisas-. No es la primera vez que Silver pone en cuestión mis órdenes. Tras cuatro semanas en aguas de África, es seguro que el casco del Libre de penas está como un arrecife de coral.

– No, señor -dije con mucho valor, sobreponiéndome-. Sólo tengo en cuenta su salud, señor. Creo que tiene viruela.

– ¡Bien dicho, Silver! Desgraciadamente es usted un hombre con cabeza, a pesar de que la utiliza para el Infierno. Por mi parte, no he visto nunca a una mujer tan sana, sanísima, y con unas carnes tan prietas como una ternera recién sacrificada. Créame, he navegado por esta ruta y puedo juzgar una enfermedad tan bien como ustedes, que son unos chapuceros. No arriesgo nada. Al revés, esto me sentará bien.

Miró a su alrededor con superioridad antes de irse con la mujer. La miré y me dio la sensación de que se quedaba su mirada. Y la vi sonreír, con una sonrisa que haría temblar las rodillas de cualquiera, de miedo y de espanto quiero decir. Porque no era bonita. Pero Butterworth estaba demasiado satisfecho con su próxima felicidad para darse cuenta de nada.

Noté la mano de Scudamore sujetarme el brazo con un apretón firme.

– Nada de tonterías otra vez -dijo como si me hiciera un favor-. Una mujer no es una línea blanca en cubierta, sólo es una raja. Y de ésas hay a montones.

– ¿Y qué cojones sabrás tú? -le dije deshaciéndome de su garra-. Si crees que soy tan tonto como para dejar que me pasen por la quilla otra vez sólo por una mujer, estás muy equivocado.

– Era lo único que quería saber -dijo contento-. No quiero que te pase nada. Si el barco llega a buenas manos, por lo menos sabrás que soy una persona de fiar. Quizás ahora deberíamos bajar al infierno a ver cómo están nuestros protegidos. Prepárate para lo peor.

Capítulo 19

¿Quién lo hubiera dicho? Dolores, estuvimos juntos diecinueve años pero sin decirlo. Y ahora es demasiado tarde. Te llevaste tu secreto a la tumba. Ayer noche, después de haber escrito cómo nos encontramos tú y yo, le pedí a una de las mujeres que durmiera conmigo.

Vino con una sonrisa, como si se alegrara de que se lo hubiera pedido. Se desnudó ante mí, me mostró su cuerpo oscuro y se acostó en mi cama con sus piernas abiertas y seductoras. Yo también me quedé desnudo, con mis carnes blancuzcas, rosáceas, decrépitas, resecas y arrugadas. Le pedí que se pusiera de lado, dándome la espalda, y entonces apreté todo mi cuerpo contra ella, menos una pierna, y la tuve abrazada fuertemente toda la noche sin moverme.

Noté correr su calor por mi cadáver helado de frío mientras pensaba en ti, Dolores, hasta que me quedé dormido al amanecer.

Cuando desperté, la mujer se había levantado y estaba vistiéndose con lo poco que llevaba. En uno de sus hombros y en uno de sus muslos vi las huellas de mis manos espasmódicas. Me echó una mirada interrogante a la vez que compasiva, o eso creo, sin que me importara.

– Gracias -le dije en su propio idioma, y ella brilló de alegría.

Se me ocurrió que probablemente era la primera vez que oía aquellas palabras salir de mi boca.

Perdone, señor Defoe, mis arrebatos imprevisibles, pero soy como una vieja brújula que necesita corrección. Puedo corregir las declinaciones y tenerlas en cuenta, pero la desviación dependerá del curso, la carga y los objetos del equipo que han quedado mal fijados. Le iba a hablar de Edward England, es decir, todo lo que nunca le dije cuando hablamos en el Angel Pub. Pero mi memoria no tiene ninguna tabla de declinaciones. Pongo el rumbo, pero no sé cómo lo voy a compensar, y al poco rato me siento inseguro de la situación. «Tiempo muerto»: así se llama, señor Defoe, navegar sólo con la corredera y la brújula. ¿Lo sabía? De todas formas, así es; la historia de mi vida no es más que tiempo muerto. Uno sabe dónde está, pero cuanto más se aleja del punto de partida más dudosa es la situación. El círculo en el cual podría uno encontrarse se hace cada vez más grande. Así pues, ¿qué se hace? Se dobla la vigilancia para descubrir tierra antes de que sea demasiado tarde. Uno vuelve al cuaderno de bitácora y sopesa lo uno con lo otro, las faltas que contenga el libro, la deriva por el viento y la corriente, los remeros que aguantan o caen con las lluvias, los remeros que van demasiado despacio o demasiado deprisa en la oscuridad. Pero ¿alguna vez se llega a estar seguro? No, todo lo contrario. El navegante más sabio es el que hace que su círculo sea cada vez más amplio, el que comprende que la inseguridad es la única sabiduría a la que hay que acudir.

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