Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– ¿Cuál es el plan? -preguntó Lacy, también él con voz firme.
– Subimos a bordo a los negros. Los suelto y les doy lo necesario para que se apoderen del barco. Nosotros no tendremos que levantar ni un dedo, y mucho menos arriesgar nuestras preciadas vidas. Cuando los negros hayan hecho limpieza en el castillo de popa salimos y les ayudamos a volver a tierra. Es lo único que quieren. ¿Qué me dicen a eso, señores? Nos amotinaremos sin levantar ni un dedo. Nos quedaremos con un buen barco y ni siquiera nos podrán colgar por ello.
Cogí los dados de nuevo y los hice rodar por la mesa. Dos seises.
– ¿Hay alguien que pueda superarlo? -pregunté con mi mejor sonrisa.
Capítulo 17
Sí, señor Defoe. Con esas escenas de mi vida supondrá usted lo pesado que ha tenido que ser para un tipo como yo vivir entre gente vulgar y corriente. A veces me parece que he dedicado toda mi vida a discutir para conseguir que la gente razonara. Pero ¿ha servido de algo? A la larga, ¿hay alguna diferencia? ¡Maldición! Si no escucharon a tiempo, es problema de ellos. ¿Acaso tengo yo la culpa de ser el único que sigue con vida? ¿Es culpa mía estar aquí en mi roca, como si fuera el último miembro de una raza a punto de extinguirse?
Estoy cansado, lo admito. No es agradable que te avisen de que hay fiascos y fracasos en una vida como la mía. Y además, vino Jack con uno de mis libertos y su mujer. Los tres me miraban con una sumisión que no me ponía de mejor humor.
– ¿Qué diablos queréis? -pregunté directamente.
Los otros dos miraban a Jack.
– Necesitamos hablar contigo -dijo él de mala gana.
– ¿Crees que no me he dado cuenta? ¡Soltad la lengua, venga! Tengo otras cosas que hacer.
Pero… Maldición, seguían escarbando con los pies y mirando al suelo.
– ¿Qué es lo que pasa? -pregunté.
– La cosa -empezó Jack- es que estos dos quisieran volver con su tribu. Sus padres son viejos, no quieren dejar que mueran solos, y además es que son los mayores de la familia.
– ¿Y yo qué tengo que ver con eso?
– Quieren tu permiso -dijo Jack.
– ¿Y por qué no mi bendición, ya que estáis? -pregunté con voz bien dulce.
– No ha sido fácil para Andrianiaka decidir dejarte después de tanto tiempo -contestó Jack-. Si tú consintieras le sería más fácil.
– ¡Que yo consienta! Pero ¿crees que soy un maldito cura? Les puedo dar un trago de despedida. Dales una cuba de ron para que se puedan emborrachar hasta el velatorio de sus padres.
– Pero… -dijo Jack.
– Nada de peros -contesté. Estaba harto y cansado-. ¿Cuántas veces tendré que repetiros que sois hombres libres, libres como los pájaros, como el viento? ¿Tanto os cuesta entenderlo? Os liberé porque necesitaba vuestra ayuda. Ya me la habéis dado. ¡Gracias! Pero, por todos los demonios, no quiero llenarme de esclavos obedientes que vienen aquí a pedir mi permiso y mi bendición.
– John -dijo Jack con el tono de consideración que tenía la desfachatez de utilizar cuando pensaba que yo decía tonterías-. Somos sakalava. Hemos matado a muchos que creían que podían someternos y mataremos a muchos más si lo intentan de nuevo. Nos hemos quedado aquí porque nos devolviste la libertad para volver a nuestra tierra. Defenderemos tu vida con la nuestra.
– ¿Pero…?
Jack sonrió con una sonrisa bastante triste.
– Pero no es lo mismo que antes. Te haces viejo, estás aquí sentado y sólo escribes y seguramente morirás en paz. Ya no nos necesitas a todos.
Pensé en responder, pero no sabía qué decir.
– No te dejamos solo -continuó Jack-. Algunos siempre estarán a tu lado.
Estaba mudo de rabia. ¿Con qué derecho aquel tipo tenía la desfachatez de compadecerse de alguien como yo?
– Tenéis mi bendición -me limité a decir-. Y que se os lleve el Diablo.
Jack se puso como unas pascuas. Supondría que yo había elegido bien mis palabras, como tenía por costumbre.
– Gracias -dijo-. Si no les hubieras dado permiso, se habrían quedado.
¿Me tiraba de los pelos? Sí, pues ¿qué podía hacer yo ante tal locura? Nadie había logrado someter a los orgullosos guerreros de la raza sakalava, era verdad. Menos yo.
Les vi marcharse. El sol se ocultaba tras las cimas de los montes, al oeste. El círculo de fuego me deslumbró, así que pude ahorrarme la visión de los malditos negros despidiéndose desde la planicie de abajo. Eran creyentes, había dicho Jack. ¿Y qué? ¿Acaso era mi problema? Me quedé mirando hasta el anochecer, pero no a ellos, sino hacia el mar, hacia el inmenso horizonte. Lo echaba de menos, a pesar de todo. La vida sin represiones, como yo la había vivido, la vida que tenía un mañana, la vida que parecía no tener fin, ni punto, sino a lo sumo una coma aquí y allá, un poco de espacio y el resto, vida y movimiento.
Capítulo 18
Cuando a la mañana siguiente volvió Butterworth, los hombres se estaban dejando la piel en el cabrestante al estibar el ancla. En Accra, el fondo del mar era tan pedregoso que nos veíamos obligados a inspeccionar la soga del ancla una vez al día por el riesgo de que se desgastara. Pero a pesar de que teníamos mucho que hacer, hubo bronca para el lugarteniente delante de toda la tripulación, porque no había ordenado silbato de navío en honor al capitán. Fue injusto, en opinión de todos, porque el Libre de penas, por mucho que lo deseara Butterworth, no era un buque de guerra. A pesar de su nombre, era una simple barcaza dedicada a la trata de esclavos, ni más ni menos.
Pero así estaban las cosas. Los barcos que transportaban esclavos tenían nombres más rimbombantes y protectores, desde condes y cardenales hasta la mismísima Virgen María. Y es verdad que navegaban con la bendición de Dios y del Papa. He visto cuadernos de bitácora de los barcos cargados de esclavos que habíamos saqueado que, con redacción enmarañada, daban las gracias a Dios por una cosa y por otra, por el buen viento, un periplo seguro, la desarticulación de los motines, los buenos precios en la subasta. En un cuaderno se escribió que moría un esclavo al día, pero que la misericordia de Dios era tan grande que lo iba a compensar asegurando buenos precios en las subastas.
Después de la bronca, Butterworth llamó a todos los hombres a cubierta. Nos dio la buena noticia de que éramos los primeros en llegar a Accra ese año, que las reservas del fuerte estaban a tope y que cargaríamos por tanto en el plazo de una semana, para zarpar entonces con destino a Saint Thomas.
– ¡Gracias a Dios! -concluyó como se esperaba.
– ¡Qué suerte ha tenido! -dijo Murrin, que por casualidad estaba a mi lado-. Esperar la carga tres meses en este sitio de mierda le hubiera supuesto un motín. Créeme, no sería la primera vez.
Murrin tenía razón. Se veía de lejos que la información de Butterworth había cambiado los ánimos a bordo. La gente sonrió y se oyeron vítores de alegría. Hasta Roger Ball parecía haber olvidado todo lo referente al motín. Ya se veía con las putas y el ron barato de las Antillas, y eso era suficiente para un tipo que tenía tan pocas luces. Sólo a Scudamore seguía como siempre. Me aseguré de que tenía a buen recaudo, en el bolsillo, el papel con los juramentos. Seguro que ellos lo habían olvidado con la alegría del momento, pero que se amotinarían era tan seguro como el amén en la iglesia. No pensaba yo arriesgar mi piel recién curada por transportar al otro lado del charco a unos malditos negros con sus enfermedades y otras desgracias.
Empezaron a acarrear esclavos, sólo varones, a la mañana siguiente. Parecían desalentados cuando sus cabezas rizadas asomaban por la amura. En fin, era normal. Estaban encadenados de dos en dos, con grilletes en los pies, desnudos por completo y marcados como el ganado.