El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Sabes que no -insistió ella.
– ¡No hay dinero en el mundo que me haga doblegarme a los deseos de Clitumna!
– No es que tenga todo el dinero del mundo, pero le sobra para hacerte entrar en el Senado -musitó ella, seductora, tentándole.
– ¡No! Estás equivocada; de verdad. Tiene esta casa, eso sí, pero se lo gasta todo, y lo que no se gasta ella, se lo gasta el pegajoso.
– No es cierto. ¿Por qué crees que tiene a los banqueros pendientes de lo que dice, como si fuera Cornelia, la madre de los Gracos? Tiene una buena fortuna invertida a través de ellos, y no se gasta todas las rentas. Además, hay que decir que al pegajoso tampoco le falta un sestercio. Mientras el contable de su difunto padre y el director del negocio puedan trabajar, la agencia de esclavos seguirá dando rendimiento.
Sila se incorporó de repente, deshaciendo los pliegues de la toga.
– Nic, no me estarás contando un cuento, ¿verdad?
– Te lo contaría, pero no sobre esto -replicó ella, enhebrando la aguja con lana roja trenzada con oro.
– Vivirá cien años -dijo Sila, volviendo a reclinarse en el diván y entregando el cuenco de nueces a Biti. Se le había pasado el apetito.
– De acuerdo en que puede vivir cien años -replicó Nicopolis, clavando la aguja en el tapiz y pasándola con sumo cuidado, mientras, con sus negros ojos contemplaba al impasible Sila-, pero también puede no vivirlos. No viene de una familia de gente muy senecta, ¿sabes?
Afuera se oyó ruido. Sin duda, Lucio Gavio Stichus se despedía de Clitumna.
Sila se puso en pie y dejó que la criada le pusiera unas pantuflas griegas. La enorme toga rozaba el suelo, pero no parecía advertirlo.
– De acuerdo, Nic, esta vez lo intentaré -dijo sonriendo-. ¡Deséame suerte!
Y salió, sin darle tiempo a deseársela.
La entrevista con Clitumna no fue nada bien. Stichus había realizado un sagaz trabajo y Síla era incapaz de humillar su orgullo y excusarse, como aconsejaba Nicopolis.
– La culpa es toda tuya, Lucio Cornelio -decía Clitumna, impaciente, retorciendo la costosa orla del chal entre sus dedos ensortijados-. ¡No haces el menor esfuerzo por ser amable con mi pobre niño, mientras que él sí que lo procura!
– Es un mugriento quiero y no puedo -masculló Sila entre dientes.
Momento en el que Nicopolis, que escuchaba detrás de la puerta, entró airosamente en la habitación y se acurrucó en el diván junto a Clitumna, mirando resignada a Sila.
– ¿Qué sucede? -inquirió con aire de inocente.
– Mis dos Lucios -respondió Clitumna-, que no se llevan bien… ¡y yo los quiero tanto…!
Nicopolis desenganchó los dedos de los flecos, extrajo unas hebras que se habían enredado en los intersticios de los engarces y levantó la mano de Clitumna, arrimándola a su mejilla.
– ¡Pobrecita! -canturreó-. Tus Lucios son dos gallitos; eso es lo que pasa.
– Pues tienen que aprender a llevarse bien -dijo Clitumna-, porque mí querido Lucio Gavio deja su apartamento y se viene a vivir con nosotros la semana próxima.
– Pues yo me marcharé -dijo Sila.
Las dos mujeres comenzaron a chillar; Clitumna de un modo estridente y Nicopolis como un gatito acorralado.
– ¡No seáis ridículas! -musitó Sila, acercando el rostro a pocos centímetros del de Clitumna-. Él, más o menos, sabe lo que pasa aquí, pero ¿creéis que va a tener estómago para vivir en la misma casa con un hombre que se acuesta con dos mujeres, y una de ellas es su tía?
– ¡Pero él quiere venir! -exclamó Clitumna, echándose a llorar-. ¿Cómo voy a negárselo a mi sobrino?
– ¡No te preocupes! Yo me marcho y así evitamos que tenga que quejarse -replicó Sila.
Cuando ya iba a dejarlas, Nicopolis alargó la mano y le cogió del brazo.
– Sila, querido, ¡no te vayas! -le suplicó-. Mira, puedes dormir conmigo, y cuando no esté Stichus, que Clitumna se venga con nosotros.
– ¡Ah, sí, muy bonito! -terció Clitumna, muy tiesa-. ¡Lo quieres sólo para ti, guarra codiciosa!
Nicopolis empalideció.
– Bien, ¿pues qué sugieres? ¡Por tu estupidez nos vemos en este lío!
– ¡Callaos las dos! -gruñó Sila con un tono que las dos conocían perfectamente y temían más que a nada-. Veis tantas comedias que comenzáis a vivirlas. ¡Despertad a la realidad y no seáis tan vulgares! ¡Detesto esta maldita situación y estoy harto de ser un medio hombre!
– ¡No eres ningún medio hombre! ¡Eres dos mitades, una mía y otra de Nic! -espetó Clitumna con grosería.
No sabía qué le mortificaba más, si la indignación o la ofensa. Totalmente contenido, pero a punto de estallar, Sila miraba a sus torturadoras, incapaz de pensar.
– ¡No puedo continuar! -exclamó como sorprendido.
– ¡Tonterías! Claro que puedes -replicó Nicopolis con la suficiencia de quien sabe sin ningún género de dudas que tiene dominado a su hombre-. Ahora vete y haz algo positivo. Mañana te sentirás mejor. Como siempre te pasa.
Salir de aquella casa, ir a donde sea, hacer algo positivo. Sila tomó calle arriba y sin darse cuenta fue desde el Germalus al Palatium, la parte del Palatino que daba sobre el extremo del Circo Máximo y la puerta Capena.
Allí, las casas estaban más esparcidas y había más espacios verdes; el Palatium no estaba muy de moda porque se encontraba muy alejado del Foro Romano. Sin preocuparse por el frío que hacía para ir vestido sólo con la túnica de estar en casa, se sentó en una piedra y contempló la panorámica; no las gradas vacías del Circo Máximo, ni los preciosos templos del Aventino, sino la perspectiva de su persona camino de un horrible futuro, una masa de piel y huesos sin objetivo. Era un dolor parecido a un cólico, sin el paliativo de la purga; comenzó a temblar hasta que oyó que le rechinaban los dientes, sin darse cuenta de que estaba gimiendo.
– ¿Os sentís mal? -oyó decir a una tímida vocecita.
Al principio no vio nada al mirar, pues el dolor le nublaba la vista, pero luego se disipó aquella niebla y el rostro de la muchacha fue precisándose desde la barbilla puntiaguda hasta el cabello rubio que enmarcaba aquella cara en forma de corazón, con grandes ojos, unos ojos enormes color miel, que le miraban compadecidos.
Se arrodilló ante él, abrigada en su capa casera de lana, igual que la había visto en el solar de la casa de Flaco.
– Julia -dijo, estremeciéndose.
– No, Julia es mi hermana. A mí me llaman Julilla -replicó ella sonriéndole-. ¿Estáis enfermo, Lucio Cornelio?
– No de un mal que pueda curar un físico. -Ya recuperaba el juicio y la memoria; comprendía la mortificante verdad de lo que le había dicho Nicopolis: al día siguiente estaría mejor. Y eso es lo que más odiaba-. Me gustaría mucho, muchísimo, volverme loco -añadió-, pero no parece que sea posible.
– Si no podéis -dijo Julilla en la misma postura-, es que las Furias aún no os quieren.
– ¿Estás aquí sola? -inquirió en tono reprobatorio-. ¿En qué piensan tus padres para dejarte andar fuera de casa a esta hora?
– Me acompaña mi criada -respondió ella, tranquila, balanceándose sobre los talones. Por sus ojos cruzó un destello de malicia y se le fruncieron las comisuras de los labios-. Es buena chica; muy fiel y discreta.
– ¿Quieres decir que te deja ir a donde quieres y no lo cuenta? Pero un día te descubrirán -dijo, él a quien siempre descubrían.
– Hasta que eso suceda, ¿a qué preocuparse?
No dijo nada más y permaneció mirándole a la cara con una inconsciente curiosidad, deleitandose en la contemplación.
– Vete a casa, Julilla -dijo él con un suspiro-. Si se enteran, no digas que has estado conmigo.
– ¿Porque sois de mala ralea? -inquirió.
– Si te parece… -replicó él con desmayada sonrisa.
– ¡Pues yo no lo creo!
¡Oh!, ¿qué dios la enviaría? ¡Gracias, dios desconocido! Se le desentumecían los músculos y ya se sentía ligero, como si, efectivamente, un dios benigno y propicio le hubiese tocado. Extraña sensación para quien no conocía la bondad.