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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Pero…

— Nada de peros. Cuando la magia se despierta, suceden al menos tres cambios. Primero, se empiezan a tener manías con la comida; quizá tienes antojos de algunas cosas o te repugnan otras que siempre habías comido con gusto. Lo hemos estudiado y no hemos hallado la causa, pero tiene que ver con influencias en el momento en que se despierta el don.

»Segundo, empiezas a dormir con los ojos abiertos, al menos parte del tiempo. Todos los magos lo hacen, incluso los que sólo tienen vocación. Tiene que ver con aprender a usar la magia. Si posees el don, ocurre de modo natural cuando lo usas para cumplir las tres condiciones y, si sólo posees la vocación, es la enseñanza la que lo provoca.

»Y, tercero, los dolores de cabeza. Son letales. La única cura es aprender a controlar la magia. Si no, más pronto o más tarde te matan.

— ¿Cuándo tiempo tengo? ¿Cuánto tiempo viviré si rechazo vuestra ayuda?

— Richard… —Kahlan posó una mano sobre su brazo.

— ¿Cuánto tiempo?

— Se dice que uno vivió con los dolores de cabeza durante unos años antes de morir —contestó la hermana Elizabeth—. Pero también se dice que otro murió a los pocos meses. Creemos que el tiempo del que dispones depende de lo poderoso que sea tu don: cuanto más poderoso, más intensos son los dolores de cabeza y menos tiempo tienes. Es posible que dentro de sólo un mes empiecen a ser tan fuertes que pierdas el conocimiento a ratos.

— Eso ya ha ocurrido —replicó Richard, mirándolas con aire impasible.

Las tres Hermanas abrieron mucho los ojos e intercambiaron de nuevo miradas.

— Emprendimos tu busca antes de que hicieras esas tres cosas. Pero las has hecho las tres desde que abandonamos el palacio —dijo la hermana Verna—. Este libro es mágico; cuando en palacio se escriben mensajes en un libro idéntico a éste, también aparecen escritos aquí. Así es como sabemos qué has hecho. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cumpliste la última condición, desde que mataste a ese tal Rahl el Oscuro?

— Tres días. Y dos noches después ya me quedé inconsciente.

— ¡Dos noches! —De nuevo aquella mirada entre las Hermanas.

— ¿Por qué no dejáis de miraros entre vosotras de ese modo? —inquirió Richard, otra vez irritado.

— Porque eres una persona extraordinaria, Richard, en muchos aspectos —replicó la hermana Verna, dulcemente—. Nunca nos habíamos topado con nadie que escondiera tantas sorpresas.

— Estás en lo cierto —intervino Kahlan, enlazando con su brazo la cintura de Richard—; es una persona extraordinaria. Es la persona a la que amo. ¿Qué podéis hacer para ayudarlo? —Kahlan temía que Richard las asustara tanto que no quisieran ayudarlo.

— Debemos seguir unas normas específicas. Son normas inviolables que todos, sin excepción, debemos acatar. Son innegociables. Richard debe ponerse en nuestras manos y acompañarnos al Palacio de los Profetas. Solo —añadió la hermana Grace, con mirada triste.

— ¿Por cuánto tiempo? —inquirió Richard.

El negro cabello de la hermana Grace brillaba a la luz de las antorchas cuando giró la cabeza hacia él.

— Depende de lo deprisa que aprendas. Durará lo que dure, y tendrás que quedarte hasta que termine.

— ¿Podré visitarlo? —preguntó Kahlan, sintiendo un peso en el pecho y el brazo de Richard en su cintura.

— No —respondió la hermana Grace, meneando despacio la cabeza—. Y eso no es todo. —Por un instante, sus ojos se posaron en el agiel; entonces buscó dentro de su capa y sacó un objeto. Era una argolla de metal de apenas cinco dedos de ancho. Aunque parecía una pieza entera, la hermana Grace la abrió en dos semicírculos unidos por una bisagra. Su pálido color plateado reflejó la luz de las llamas. La Hermana sostuvo el collar frente a Richard—. Esto es un rada’han. Es un collar. Debes ponértelo.

Richard retrocedió un paso y apartó la mano de la cintura de Kahlan para llevársela a la garganta. Palideció y abrió mucho los ojos.

— ¿Por qué? —preguntó en un susurro.

— Empiezan las normas. La discusión ha acabado —replicó la hermana Grace. La mujer tenía las manos a ambos lados del cuerpo y sostenía el collar en una de ellas. Sus compañeras fueron a situarse detrás de ella—. Esto no es ningún juego. A partir de este momento, todo debe hacerse según las normas. Escucha atentamente, Richard.

»Tendrás tres oportunidades para aceptar el rada’han; tres oportunidades para aceptar nuestra ayuda. Tres razones justifican la necesidad del rada’han, y cada Hermana te revelará una de ellas. Antes de darte la oportunidad de aceptar o rechazar el collar, cada Hermana te dirá una razón. Después, tú decides.

»Si lo rechazas tres veces, cosa que espero no ocurra, ya no habrá más oportunidades. Ya no tendrás ayuda de las Hermanas de la Luz y morirás por el poder del don.

— ¿Por qué tengo que llevar un collar? —preguntó Richard en un hilo de voz. Aún se agarraba la garganta con una mano.

— Basta de discutir. —La hermana Grace adoptó una actitud severa y autoritaria—. Escucha: debes ponerte tú mismo el rada’han alrededor del cuello, por propia voluntad. Una vez puesto, no podrás quitártelo. Sólo podrá hacerlo una Hermana de la Luz. Lo llevarás hasta que nosotras digamos, que será cuando finalice tu entrenamiento. Ni un segundo antes.

Richard respiraba de forma forzada y entrecortada. Tenía los ojos fijos en el collar con una mirada extraña, salvaje y atormentada que Kahlan nunca le había visto. Se quedó helada al ver su terror, y al sentir ella misma ese terror.

— Ésta es tu primera oportunidad; cada Hermana te ofrecerá una —dijo la hermana Grace, mirando al joven con intensidad.

»Yo, Hermana de la Luz Grace Rendall, te daré la primera razón para llevar el rada’han. Es la primera oportunidad para recibir ayuda. La primera razón es controlar los dolores de cabeza y abrir tu mente para que aprendas a usar el don.

»Ahora debes aceptar o rechazar la oferta. Yo te recomiendo encarecidamente que aceptes nuestra primera oferta de ayuda. Por favor, créeme, te costará mucho más aceptar la segunda y luego la tercera. Por favor, Richard, acepta ahora la primera de las tres razones. Tu vida depende de ello.

La Hermana se quedó callada, esperando. La mirada de Richard se posó en el collar de plata mate. Parecía estar al borde de un ataque de pánico. Un silencio absoluto reinaba en la sala, únicamente roto por el lento crepitar del fuego y el suave siseo de las antorchas.

Richard alzó los ojos y abrió la boca, pero de ella no surgió sonido alguno. Tenía la vista prendida en la profunda mirada de la mujer. Finalmente, parpadeó y dijo en un ronco susurro:

— No llevaré collar alguno. Nunca jamás llevaré un collar. Ni por nadie ni por nada. Nunca.

— Así pues, ¿rechazas la oferta y el rada’han? —quiso saber la hermana Grace, enderezándose ligeramente y con un gesto de genuina sorpresa.

— Sí. Lo rechazo.

La hermana Grace se quedó unos minutos mirándolo fijamente con una expresión mezcla de tristeza e inquietud. Pálido el rostro, se volvió hacia sus dos compañeras, que estaban a su espalda.

— Perdonadme, Hermanas, he fracasado. Ahora depende de ti —dijo a la hermana Elizabeth, al tiempo que le tendía el rada’han.

— La Luz te perdona —susurró la hermana Elizabeth, y besó a su compañera en ambas mejillas.

— La Luz te perdona —repitió la hermana Verna, besándola a su vez.

— Que la Luz te acoja siempre entre sus benevolentes manos —dijo la hermana Grace a Richard con voz ligeramente trémula—. Espero que un día encuentres el camino.

Sin apartar la mirada de los ojos de Richard, la mujer alzó una mano, que giró. Al instante empuñó un cuchillo que llevaba oculto en la manga. Más que una hoja, el arma parecía ser un estilete puntiagudo y redondo con mango de plata.

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