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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Sois los padres de Richard? —preguntó la mujer del centro. Su voz no era tan áspera como había esperado Kahlan, aunque el tono de autoridad era evidente.

Richard las taladró con una mirada tan intensa que podría haberlas obligado a recular un paso. El joven esperó hasta que las mujeres no pudieron sostenérsela sin parpadear antes de contestar:

— No. Yo soy Richard. Mis padres están muertos. Mi madre murió cuando yo era aún niño, y mi padre falleció el verano pasado.

Las tres mujeres intercambiaron miradas de soslayo.

Kahlan vio ira en los ojos de Richard. La espada irradiaba magia dentro de su funda. La Confesora se dio cuenta de que su compañero estaba a un paso de desenvainarla. Por la expresión de sus ojos, era evidente que no vacilaría si esas mujeres cometían un error.

— No es posible —dijo la mujer del centro extrañada—. Pero si tú eres… mayor.

— No tanto como tú —replicó Richard.

La aludida se sonrojó, y sus ojos se iluminaron brevemente con un destello de rabia que rápidamente se apagó.

— No quería llamarte viejo, pero eres mayor de lo que creíamos. Yo soy la hermana Verna Sauventreen.

— Hermana Grace Rendall —se presentó la mujer de pelo negro de la derecha.

— Hermana Elizabeth Myric —añadió la tercera.

— ¿Y tú quién eres, hija mía? —preguntó la hermana Verna a Kahlan con expresión severa.

Kahlan sintió cómo la sangre le hervía en las venas, acaso contagiada por la actitud de Richard. Entre dientes repuso:

— Yo no soy tu hija, sino la Madre Confesora. —Su tono era también de autoridad.

Casi imperceptiblemente, las tres desconocidas se estremecieron. Las tres a una inclinaron levemente la cabeza.

— Pedimos disculpas, Madre Confesora.

La amenaza flotaba aún de manera palpable en la casa de los espíritus. Kahlan se dio cuenta de que tenía los puños apretados y se dijo que, probablemente, era porque esas mujeres representaban una amenaza para Richard. Decidió que ya era hora de que actuara como la Madre Confesora.

— ¿De dónde sois? —inquirió con tono glacial.

— Somos de… venimos de muy lejos.

— En la Tierra Central se saluda a la Madre Confesora inclinando la cabeza e hincando al menos una rodilla —les dijo con una feroz mirada que nada tenía que envidiar a la de Richard. Nunca antes había sentido la necesidad de imponer ese uso.

Las desconocidas se inclinaron hacia atrás al unísono, erguidas. Sus ceños de indignación se hicieron más marcados.

Fue suficiente para que Richard desenvainara la Espada de la Verdad.

En el aire sonó su característico sonido metálico. Richard no dijo nada, sino que se limitó a sostener la espada con ambas manos. Kahlan vio que tenía que hacer esfuerzos para contenerse. La magia de la Espada de la Verdad danzaba peligrosamente en sus ojos. La Confesora se alegró de que la ira del Buscador no estuviera dirigida contra ella; pues era aterradora. Pero las hermanas no parecían tan asustadas como hubiera sido de suponer, aunque se volvieron hacia ella y, todas juntas, hincaron una rodilla en el suelo e inclinaron de nuevo la cabeza.

— Perdonadnos, Madre Confesora —dijo la hermana Grace—. No conocemos vuestras costumbres. No pretendíamos ofenderos.

Kahlan esperó un tiempo prudencial, al que añadió unos largos segundos antes de decir:

— Levantaos, hijas mías.

De nuevo en pie, las mujeres entrelazaron otra vez las manos al frente. La hermana Verna inspiró hondo antes de hablar.

— No hemos venido a asustarte, Richard. Estamos aquí para ayudarte. Guarda la espada —la última parte la pronunció con un toque de dureza y autoridad.

Pero Richard no se movió.

— Según tengo entendido, decís que habéis venido a por mí y que deje de huir. No he estado huyendo. Soy el Buscador y yo decidiré cuándo guardo la espada.

— ¿El Bu… ¿Eres el Buscador? —gritó casi la hermana Elizabeth.

Las tres mujeres volvieron a intercambiarse miradas.

— ¿Qué es lo que queréis? —preguntó Richard en tono desabrido.

— Richard, no vamos a hacerte daño alguno —replicó la hermana Grace, con impaciencia—. ¿Es que tienes miedo de tres mujeres?

— Me ha tocado aprender a las malas que debo temer incluso a una sola mujer. Ya no tengo escrúpulos en matar a mujeres. Por última vez: decidme qué queréis o esta conversación se habrá acabado.

— Sí, ya veo que has aprendido algunas lecciones —comentó la hermana, mirando brevemente el agiel que Richard llevaba colgado al cuello. Su gesto se dulcificó ligeramente—. Richard, necesitas nuestra ayuda. Estamos aquí porque posees el don.

Richard las miró una a una antes de replicar:

— Os han informado mal. No tengo el don ni quiero tener nada que ver con ese asunto. Lamento que hayáis hecho un viaje tan largo para nada —añadió guardando la espada en su vaina—. A la gente barro no le gustan los forasteros y tienen armas envenenadas que no dudarán en emplear contra vosotras. Les diré que os dejen salir sanas y salvas de sus tierras. Os aconsejo que no pongáis a prueba su tolerancia.

Richard condujo a Kahlan hacia la puerta cogiéndola por el brazo. La mujer sentía la rabia que irradiaba del joven, la cólera que ardía en sus ojos y también algo más: su dolor de cabeza. Era evidente que sufría.

— Los dolores de cabeza van a matarte —afirmó con serenidad la hermana Grace.

Richard se detuvo de golpe. Con la mirada clavada hacia adelante, en la nada, respiraba agitadamente.

— He tenido dolores de cabeza toda mi vida. Ya estoy acostumbrado.

— No como éstos —insistió la hermana Grace—. Lo vemos en tus ojos. Reconocemos los dolores de cabeza provocados por el don; es nuestro trabajo.

— En la aldea hay una curandera excelente que ya se ocupa de ellos. Me ha aliviado mucho, y estoy seguro de que pronto me curará por completo.

— No podrá. Nadie excepto nosotras puede. Si no dejas que te ayudemos, los dolores de cabeza te matarán. Ésta es la razón por la que hemos venido: para ayudarte, no para hacerte mal alguno.

— No tenéis que preocuparos por mí. —Richard alargó la mano hacia el tirador de la puerta—. Por suerte, no poseo el don. Todo está bajo control. Os deseo un buen viaje de vuelta.

— Richard —susurró Kahlan, poniéndole suavemente una mano sobre el brazo para impedirle que alcanzara el tirador—. Tal vez deberías escucharlas. ¿Qué mal puede hacerte eso? Quizá puedan decirte algo útil para curar esos dolores de cabeza.

— ¡No quiero el don y no quiero tener nada que ver con la magia! La magia no me ha causado más que problemas y dolor. No tengo el don ni lo quiero tener. —De nuevo alargó la mano hacia el tirador.

— Supongo que vas a negar que tus gustos en cuanto a la comida han cambiado de golpe. Yo diría que en estos últimos días —intervino la hermana Grace.

Richard volvió a quedarse helado.

— No es extraño que los gustos sobre la comida cambien.

— ¿Te ha visto alguien dormido?

— ¿Qué?

— Si alguien te ha visto dormir, habrá notado que ahora duermes con los ojos abiertos.

Kahlan sintió una gélida oleada que le puso la carne de gallina. Todo empezaba a encajar: todos los magos tenían unos hábitos alimenticios extraños y peculiares, y dormían con los ojos abiertos, incluso algunos que no poseían el don. En los que sí lo tenían, como Zedd, era más frecuente.

— No duermo con los ojos abiertos. Te equivocas conmigo.

— Richard —musitó Kahlan—, creo que deberías escucharlas. Escucha lo que tienen que decirte.

Richard la miró como si le suplicara que lo ayudara a huir de todo eso, como si le implorara ayuda.

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