La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— No duermo con los ojos abiertos, ¿verdad?
— Sí lo haces. Durante meses, mientras tratábamos de detener a Rahl el Oscuro, te he visto dormir muchas veces. Empezaste a dormir con los ojos abiertos, exactamente como Zedd, desde que abandonamos D’Hara.
— ¿Qué queréis de mí? ¿Cómo podéis ayudarme a librarme de los dolores de cabeza? —preguntó Richard a las tres mujeres, aún dándoles la espalda.
— Si quieres que hablemos de ello, tendremos que hacerlo cara a cara, no así. —La hermana Verna usó el mismo tono de voz que emplearía para dirigirse a un niño obstinado—. Tendrás que dirigirte a nosotras como es debido.
Richard no se encontraba con el ánimo propicio para aguantar ese tono de voz. El joven abrió bruscamente la puerta y salió dando un portazo tan fuerte que Kahlan creyó que la puerta iba a salirse de sus goznes, pero aguantó. Se sentía muy abatida por lo que le había dicho a Richard. Él esperaba que ella se pusiera de su lado y no quería escuchar la verdad.
Era una actitud desconcertante en él. Justamente Richard no era de los que eluden la verdad, pero estaba aterrado por algo. Kahlan se volvió hacia las tres mujeres.
— Esto no es ningún juego, Madre Confesora —le dijo la hermana Grace, al tiempo que separaba las manos y las dejaba colgar a ambos lados—. Si rechaza nuestra ayuda, morirá. No le queda mucho tiempo.
Kahlan asintió con la cabeza. Una sensación de vacío y tristeza había reemplazado a la ira que sintiera.
— Iré a hablar con él —dijo en un hilo de voz, apenas perceptible en la gran sala—. Por favor, esperad aquí. Lo traeré de vuelta.
Encontró a Richard sentado en el suelo, recostado contra el corto muro, debajo de donde había arrancado un trozo la noche antes con la espada en el combate contra el aullador. Tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos sobre la cabeza y los dedos entrelazados. Cuando Kahlan fue a sentarse a su lado, ni siquiera alzó la vista.
— Te duele mucho, ¿verdad?
El joven asintió. Kahlan arrancó el tallo seco de un hierbajo y lo sostuvo en las manos mientras apoyaba los antebrazos en las rodillas. Como si sus palabras le hubieran recordado algo, Richard sacó algunas hojas del bolsillo de su camisa y se las metió en la boca.
— Richard, ¿de qué tienes miedo? —preguntó Kahlan, arrancando una hojita del tallo.
Richard mascó las hojas un momento antes de levantar la cabeza y recostarla contra el muro.
— ¿Recuerdas cuando apareció el aullador y te dije que había sentido su presencia, y tú me dijiste que seguramente lo había oído? —Kahlan asintió con la cabeza—. Cuando hoy maté al intruso, también sentí su presencia, como con el aullador. Fue lo mismo; una sensación de peligro. No sé cómo, pero en ambos casos presentí el peligro. Sabía que algo malo acechaba, aunque no sabía qué.
— ¿Qué tiene eso que ver con las tres desconocidas?
— Antes de entrar en la casa de los espíritus para hablar con ellas, tuve la misma sensación de peligro. No sé qué significa, pero es la misma sensación. De algún modo sé que esas mujeres van a interponerse entre nosotros.
— Richard, eso no lo sabes. Según ellas, sólo quieren ayudarte.
— Sí lo sé. Del mismo modo que supe que el aullador estaba aquí, o el hombre con la lanza. Esas mujeres representan un peligro para mí.
Kahlan sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
— Tú mismo has dicho que esos dolores de cabeza que tienes podrían matarte. Richard, temo por ti.
— Y yo temo la magia. Aborrezco la magia. Odio la magia de la espada. Ojalá pudiera desembarazarme de ella. No puedes ni imaginarte las cosas que he tenido que hacer con ella. No sabes el precio que tuve que pagar para volver la hoja blanca. La magia de Rahl el Oscuro mató a mi padre y me arrebató a mi hermano. La magia ha hecho daño a mucha gente—. El joven lanzó un profundo suspiro, para concluir—: Odio la magia.
— Yo también tengo magia —le recordó Kahlan, suavemente.
— Y casi nos aleja para siempre el uno del otro.
— Pero no lo hizo. Tú encontraste la manera de solucionarlo. Si no hubiese sido por mi magia, tú y yo nunca nos habríamos conocido. La magia también devolvió a Adie su pie, y ha ayudado a mucha más gente —agregó, acariciándole un brazo—. Zedd es un mago; posee el don. ¿Dirías que Zedd es mala persona? Él siempre ha usado el don en bien de los demás.
»Richard, tú también tienes magia. Posees el don. Tú mismo lo has admitido, o casi. Lo usaste para sentir la presencia del aullador. Me salvaste la vida. Lo usaste para sentir la presencia del hombre que iba a matar a Chandalen. También lo salvaste a él.
— Pero yo no quiero tener magia.
— Me parece que estás pensando en el problema y no en la solución. ¿No dices tú siempre que hay que pensar en la solución y no en el problema?
Richard dejó caer la cabeza contra el muro y cerró los ojos.
— ¿Es así como será estar casado contigo? —preguntó, lanzando un suspiro de exasperación—. ¿Te dedicarás a decirme el resto de mi vida lo estúpido que soy?
— ¿Acaso preferirías que te engañara? —replicó ella, risueña.
— Supongo que no. Siento que la cabeza me va a estallar. Quizás eso me impide pensar con claridad.
— Pues vamos a ponerle remedio; vuelve dentro y escucha al menos lo que las hermanas tienen que decirte. Según ellas, quieren ayudarte.
— Lo mismo decía Rahl el Oscuro —replicó Richard, lanzándole una sombría mirada.
— Huir no es la solución. No huiste de Rahl el Oscuro.
— Muy bien —dijo al cabo de un largo instante—. Las escucharé.
Las tres mujeres esperaban donde Kahlan las había dejado. Las tres le dirigieron leves sonrisas de reconocimiento, agradeciéndole que hubiera llevado a Richard de vuelta. Richard y Kahlan se plantaron frente a las tres mujeres.
— Escucharemos lo que tenéis que decirnos sobre mis dolores de cabeza.
— Gracias por tu ayuda, Madre Confesora —dijo la hermana Grace a Kahlan—, pero ahora debemos hablar con Richard a solas.
— Kahlan y yo vamos a casarnos. —Richard logró que la ira que sentía contra las desconocidas no se reflejara en su tono de voz. Las tres hermanas volvieron a intercambiarse miradas; esta vez más serias—. Lo que me digáis también le afecta a ella. Si queréis hablar conmigo, será con ella presente. Los dos o ninguno. Elegid.
Las hermanas se seguían mirando entre sí. Al fin, la hermana Grace se decidió.
— Como quieras —dijo.
— Lo primero que quiero que sepáis es que no me gusta la magia y no estoy convencido de que posea el don. En caso de poseerlo, cosa que no deseo, quiero librarme de él.
— No estamos aquí para complacerte, sino para salvarte la vida. Y el único modo de hacerlo es enseñarte a usar el don. Si no aprendes a controlarlo, te matará.
— Comprendo. Tuve un problema similar con la Espada de la Verdad.
— Lo primero que debes aprender es que, del mismo modo que la Madre Confesora debe ser tratada con deferencia, nosotras también —dijo la hermana Verna—. Ser Hermana de la Luz supone un arduo trabajo, por lo que esperamos ser tratadas con el respeto que nos merecemos. Yo soy la hermana Verna, ella es la hermana Grace y ella la hermana Elizabeth.
Richard las fulminó con la mirada, aunque, al fin, inclinó la cabeza.
— Como desees, hermana Verna. ¿Y quiénes son las Hermanas de la Luz? —inquirió, mirándolas una a una.
— Somos quienes entrenan a los magos; enseñamos a los poseedores del don.
— Vivimos y trabajamos en el Palacio de los Profetas.
— Nunca he oído hablar de un Palacio de los Profetas —intervino Kahlan, mostrando desconfianza—. ¿Dónde está?
— En la ciudad de Tanimura.
— Conozco todas las ciudades de la Tierra Central y nunca he oído hablar de Tanimura.