La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Kahlan había vivido alrededor de magos toda su vida, por lo que sabía cómo hacían las cosas. Richard se había comportado como un mago y le hablaba como tal. Era el don el que hablaba, aunque él se negara a admitirlo.
La mujer fue disparando más flechas, y Richard hablando cada vez menos. Sin sus palabras que la guiaran, era más difícil recuperar esa sensación, pero de vez en cuando lo lograba. Kahlan notaba cuándo lo hacía ella sola, sin su ayuda. Era como él le había dicho: una especie de concentración al máximo.
A medida que Kahlan fue aprendiendo a aislarse del resto del mundo, Richard empezó a hacer cosas para distraerla. Al principio únicamente le frotaba el estómago, lo cual la hacía sonreír, hasta que Richard le dijo que se olvidara de lo que le estaba haciendo y pensara sólo en lo que debía hacer. Tras unas cuantas horas de práctica, Kahlan era capaz de disparar mientras él le hacía cosquillas. A veces. Resultaba de lo más excitante sentir dónde debía ir la flecha. No le salía siempre bien, ni mucho menos, pero cuando sucedía era maravilloso. Y creaba adicción.
— Es magia —dijo Kahlan—. Lo que estás haciendo es magia.
— No, no lo es. Todo el mundo puede hacerlo, incluso los hombres de Chandalen cada vez que disparan. Cualquier arquero medianamente bueno lo hace. Es tu propia mente la que lo consigue; yo sólo le he enseñado cómo. Si hubieras practicado sola el tiempo suficiente, tú misma lo habrías aprendido a hacer sin mi ayuda. El hecho de que no sepas cómo se hace algo no significa que sea magia.
— No estoy tan segura —replicó la mujer, mirándolo de soslayo—. Vamos, ahora tú. Trata de disparar mientras te hago cosquillas.
— Primero comeremos algo. Y tienes que practicar más.
Allanaron un círculo de hierba como si fuera un nido, se tumbaron de espaldas y contemplaron el vuelo de los pájaros mientras comían pan de tava enrollado alrededor de verdura, puñados de kuru y bebían agua de un odre. La hierba de alrededor los protegía muy poco del frío viento. Kahlan recostó la cabeza en el hombro de Richard, y ambos contemplaron el cielo en silencio. La mujer era consciente de que ambos estaban preguntándose qué debían hacer. Richard fue el primero en hablar.
— Quizá podría volver a compartimentar mi mente para controlar los dolores de cabeza. Según Rahl el Oscuro, eso fue lo que hice.
— ¿Hablaste con él? ¿Hablaste con Rahl el Oscuro?
— Sí. Bueno, de hecho fue él quien habló conmigo. Me dijo muchas cosas, aunque no me las creo todas. Me dijo que George Cypher no era mi padre, que había compartimentado mi mente y que poseo el don. También me dijo que había sido traicionado. Como Shota me había vaticinado que tanto tú como Zedd usaríais contra mí vuestra magia, creí que uno de vosotros me había traicionado. Nunca pensé que pudiera ser mi hermano.
»Tal vez podría hallar el modo de dividir de nuevo mi mente y así controlar los dolores de cabeza para que no acaben matándome. Tal vez eso es lo que enseñan las Hermanas. Ya lo hice una vez y puedo repetirlo. Quizá podría salvarme sin…
Él mismo se interrumpió y se cubrió los ojos con un brazo.
— Kahlan, quizá no poseo el don. Tal vez me limité a usar la Primera Norma de un mago.
— ¿Qué quieres decir?
— Zedd nos dijo que la mayoría de la gente cree en cosas equivocadas. La Primera Norma dice que la gente está dispuesta a creer cualquier cosa porque quiere que sea verdad o porque teme que pueda ser verdad. Yo temo poseer el don y ese temor me hace aceptar la posibilidad de que quizá las Hermanas dicen la verdad. Es posible que no tenga el don, pero que las Hermanas tengan otras razones para convencerme de lo contrario. Quizá no poseo el don.
— Richard, ¿de verdad crees que puedes borrar de un plumazo todas las cosas que han pasado? Zedd afirmó que tienes el don, Rahl el Oscuro te lo confirmó, y las Hermanas también lo dicen, incluso Escarlata lo sostiene.
— Escarlata habla de cosas que no entiende. No confío en las Hermanas y, en cuanto a Rahl el Oscuro, ¿por qué debería creerme nada de lo que me dijo?
— ¿Y Zedd? ¿Crees que Zedd miente? ¿O que habla de cosas que no entiende? Tú mismo me has dicho que es el hombre más listo que has conocido en tu vida y, además, es un mago de Primera Orden. ¿Realmente piensas que un mago de Primera Orden no reconoce a un poseedor del don cuando lo ve?
— Zedd podría equivocarse. Que sea listo no significa que sea infalible.
Kahlan reflexionó sobre por qué se resistía tanto a aceptar que tenía el don. Ojalá que no lo tuviera, por su propio bien, pero la verdad era incuestionable.
— Richard, cuando estábamos en el Palacio del Pueblo y yo te toqué con mi poder, y todos creímos que mi magia te había tomado, sin saber que habías hallado el modo de que no te afectara, recitaste ante Rahl el Oscuro el Libro de las Sombras Contadas, ¿verdad? —Richard asintió—. No podía dar crédito a mis oídos. ¿Cómo te lo sabías? ¿Cómo te lo llegaste a aprender?
Richard suspiró.
— Cuando era apenas un adolescente, mi padre me llevó al lugar donde lo tenía escondido y me dijo que lo había rescatado de manos de una bestia que lo guardaba para su pérfido amo. Ahora sé que se refería a Rahl el Oscuro, aunque entonces ni él ni yo lo sabíamos. Mi padre me contó que se lo había llevado para evitar que cayera en malas manos.
»Temía que, al final, esa persona diera con él, por lo que me hizo memorizarlo. Palabra por palabra. Me dijo que tenía que aprendérmelo de memoria para, un día, devolver su contenido al custodio del libro. Me costó años aprendérmelo palabra por palabra. Mi padre nunca le echó ni un vistazo, pues decía que eso era cosa mía. Cuando ya me lo sabía perfectamente, quemamos el libro. Nunca olvidaré ese día; mientras ardía salieron de él luz, sonidos y extrañas formas.
— Magia —susurró Kahlan, que reconocía los indicios.
Richard asintió con la cabeza, al tiempo que volvía a cubrirse los ojos con la muñeca.
— Mi padre dio su vida por evitar que el libro cayera en manos de Rahl el Oscuro. Fue un héroe que nos salvó a todos.
Kahlan buscó el mejor modo de expresar con palabras lo que sabía y lo que suponía.
— Zedd nos dijo que guardaba el Libro de las Sombras Contadas en su alcázar. ¿Cómo pudo llegar tu padre hasta él?
— Nunca me lo dijo.
— Richard, yo nací y crecí en Aydindril, y he pasado buena parte de mi vida en el Alcázar del Hechicero. Es una inmensa fortaleza. Hace muchos años, la habitaban cientos de magos aunque, cuando yo era niña, sólo quedaban seis y ninguno de ellos era mago de Primera Orden.
»No es un lugar de fácil acceso. Yo podía entrar, porque soy Confesora y tenía que aprender de los libros que se guardan allí. Todas las Confesoras tenían acceso al alcázar, pero estaba protegido por magia para que nadie más entrara.
— Si me estás preguntando, te repito que no sé cómo lo logró mi padre. Pero era un hombre muy listo y supongo que halló el modo.
— Tal vez, si el libro se guardaba en el mismo alcázar. Tanto magos como Confesoras entraban y salían y, en ocasiones, se permitía el acceso a otras personas. Tal vez alguien podría haber hallado el modo de colarse. Pero, una vez dentro, había áreas especialmente protegidas en las que ni siquiera yo podía entrar.
»Pero recuerda que Zedd dijo que el Libro de las Sombras Contadas era un importante libro de magia, de los más importantes, y que lo guardaba en su alcázar: el alcázar del mago de Primera Orden, lo cual es muy distinto. Es una parte separada del resto del alcázar, que forma parte de éste pero está aislada.
»Muchas veces he caminado por las largas murallas que conducen al Alcázar del Primer Mago, desde donde se disfruta de una impresionante vista de Aydindril. En las murallas sentía ya el formidable poder de los encantamientos que lo guardan. Es un poder tal que se te pone la carne de gallina. Y, si te acercas aún más, el poder de los encantamientos de protección te pone los pelos de punta en todas direcciones, y salta y crepita con pequeñas chispas. Si te sigues acercando, los encantamientos te transmiten tal terror que eres incapaz de dar un paso más ni de respirar.