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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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Tan pronto como lo hubo dicho se arrepintió, pero era demasiado tarde; Poirot lo había comprendido perfectamente.

—¿Había algo entre mademoiselle Ruth y el joven monsieur Burrows?

—Probablemente nada... Nada en absoluto.

El mayor Riddle carraspeó y dijo:

—Creo, coronel Bury, que debe decirnos todo lo que sepa. Pudo tener relación directa con el estado de ánimo de sir Gervasio.

—Es posible —replicó el coronel Bury sin gran convencimiento—. Bien, la verdad es que el joven Burrows no es mal parecido... por lo menos eso piensan las mujeres, y últimamente él y Ruth siempre estaban juntos, cosa que a Gervasio no le gustaba nada... nada en absoluto. No quiso despedirle por temor a precipitar los acontecimientos. Sabía cómo es Ruth. No consiente que nadie le dé órdenes. Por eso supongo que ideó ese plan. Ruth no lo sacrificaría todo por el amor. Le gusta comer bien y tener dinero.

—¿Usted aprobaba al señor Burrows?

El coronel expresó la opinión de que Godfrey Burrows era un tanto quisquilloso, cosa que hizo sonreír al mayor Riddle.

Le hicieron algunas preguntas más y al fin el coronel se marchó.

Riddle dirigió una mirada a Poirot, que permanecía absorto en sus pensamientos.

—¿Qué opina de todo esto, Poirot?

—Me parece ver un esquema —dijo levantando las manos—, un proyecto determinado.

—Es difícil —dijo Riddle.

—Sí, es difícil, pero cada vez va aumentando su significado una frase apenas musitada.

—¿Cuál es?

—La frase en tono de broma pronunciada por Hugo Trent: «Siempre cabe la posibilidad del crimen...»

—Sí —replicó Riddle en tono seco—. Ya me he dado cuenta de que desde el principio se ha sentido usted inclinado hacia esa posibilidad.

—¿No está de acuerdo conmigo en que cuanto más sabemos, menos motivos encontramos para el suicidio? ¡En cambio, para el asesinato tenemos una sorprendente colección de ellos!

—No obstante, hemos de recordar los hechos... la puerta cerrada, la llave en el bolsillo del muerto... Horquillas dobladas, cuerdas... toda clase de trucos. Supongo que sería posible... ¿Pero dan resultado esas cosas en la realidad? Eso es lo que dudo.

—De todas maneras, examinemos el caso desde el punto de vista de asesinato y no como si se tratara de suicidio.

—De acuerdo. ¡Estando usted presente, probablemente sería asesinato!

Poirot sonrió.

—No me gusta ese comentario.

Volvió a ponerse serio.

—Sí, examinemos el caso desde la base del crimen. Se oye el disparo. En el recibidor se encuentran cuatro personas: la señorita Lingard, Hugo Trent, la señorita Cardwell y Snell. ¿Dónde están los demás?

—Burrows en la biblioteca, según su propia declaración. Nadie puede comprobarlo. Los otros en sus habitaciones, ¿pero quién sabe dónde estaban en realidad? Al parecer todos bajaron por separado. Después lady Chevenix-Gore y Bury se encontraron en el vestíbulo. Lady Chevenix-Gore salía del comedor. ¿De dónde venía Bury? ¿No es posible que viniera no de arriba, sino del despacho? Tenemos el lápiz.

—Sí, el lápiz es interesante. No demostró la menor emoción al verlo, pero tal vez fuese por no saber dónde lo habíamos encontrado, o ignorara el haberlo perdido. Veamos, ¿quién más estaba jugando al bridge cuando utilizó el lápiz? Hugo Trent y la señorita Cardwell, y quedan descartados. La señorita Lingard y el mayordomo pueden probar sus coartadas. Queda lady Chevenix-Gore.

—No se puede sospechar seriamente de ella.

—¿Por qué no, amigo mío? ¡Le aseguro que yo puedo sospechar de todo el mundo! Supongamos que, a pesar de su aparente devoción a su esposo, fuera al fiel Bury a quien amase en realidad...

—¡Hum! —dijo Riddle—. En cierto modo ha sido una especie de ménage á trois durante años.

—¿Hubo algún disgusto por esta causa entre sir Gervasio y el coronel Bury?

—Es cierto que sir Gervasio podía hacerse verdaderamente desagradable. Ignoramos lo que habrá en el fondo. Podría concordar con el haberle llamado a usted. Digamos que sir Gervasio sospechaba que Bury le robaba, pero que no deseaba que trascendiera, por temor a que su esposa estuviera también complicada. Sí, es posible. Eso les da a los dos un motivo. Y es un poco extraño que lady Chevenix-Gore haya tomado la muerte de su esposo con tanta calma.

—Luego hay otra complicación —dijo Poirot—. La señorita Chevenix-Gore y Burrows. Les interesa muchísimo que sir Gervasio no firme el testamento nuevo. Según el anterior, ella lo hereda todo con la única condición de que su esposo tome el nombre de la familia...

—Sí, y lo que Burrows explica acerca de la actitud de sir Gervasio de esta tarde es un tanto extraño. ¡Que estaba contento y como satisfecho por algo! Eso no concuerda con las declaraciones de los demás.

—Luego tenemos también al señor Forbes. Muy correcto, muy severo, y pertenece a una firma antigua y bien establecida. Pero los abogados, incluso los más respetables, sienten preferencia por utilizar el dinero de sus clientes cuando se ven en un apuro.

—Creo que lo presenta de un modo demasiado sensacional, Poirot.

—¿Usted cree que lo que insinúo sólo ocurre en las películas? ¡Pero, mayor Riddle, si la vida real es a menudo mucho más sorprendente que las historias que vemos en el cine!

—Será mejor que terminemos de interrogar a los que faltan, ¿no le parece? —replicó el inspector—. Se está haciendo tarde. Aún no hemos visto a Ruth Chevenix-Gore, y probablemente es la más importante de todos.

—Estoy de acuerdo con usted. Y también falta la señorita Cardwell. Tal vez será mejor que hablemos primero con ella, puesto que no nos llevará tanto tiempo, y luego veremos a la señorita Chevenix-Gore.

—Muy buena idea.

Capítulo IX

Aquella tarde, Poirot había dirigido a Susana Cardwell sólo una mirada superficial, y ahora la examinó con más atención. Tenía un rostro inteligente, no demasiado hermoso, pero con un atractivo que hubiera envidiado más de una muchacha bonita. Sus cabellos eran magníficos, e iba hábilmente maquillada. Pensó que sus ojos eran observadores.

Después de algunas preguntas preliminares, el mayor Riddle dijo:

—Ignoro lo íntimamente que usted conoce a la familia, señorita Cardwell...

—No les conozco en absoluto. Hugo consiguió que me invitaran.

—Entonces, ¿es usted amiga de Hugo Trent?

—Sí, ésa es mi posición exacta. Amiga de Hugo —Susana Cardwell sonrió al pronunciar estas últimas palabras.

—¿Le conoce desde hace mucho tiempo?

—¡Oh, no!, hará sólo cosa de un mes.

Hizo una pausa antes de agregar:

—Voy camino de convertirme en su prometida.

—¿Y la trajo aquí para presentarle a su familia?

—No, nada de eso. Lo llevamos muy en secreto. Sólo vine para explorar el terreno. Hugo me dijo que esto era como una casa de locos, y creí conveniente verlo por mí misma. Hugo, el pobrecillo, es un encanto, pero no tiene cerebro. Comprenda, la posición era bastante crítica. Ni Hugo ni yo tenemos dinero, y al viejo sir Gervasio, que era la principal esperanza de Hugo, se le había metido en la cabeza casarlo con Ruth. Hugo es un poco débil. Pudiera haberse avenido a contraer ese matrimonio con idea de separarse más tarde.

—¿Y esa idea no le parecía bien a usted, mademoiselle? —preguntó Poirot.

—Desde luego que no. Ruth pudiera haberse negado luego a divorciarse, o algo por el estilo. Y me mantuve firme. No iría a la iglesia de Saint Paul hasta que pudiera hacerlo con un ramo de lirios.

—¿De modo que vino a estudiar la situación por sí misma?

—Sí.

Eh bien! —exclamó Poirot.

—Pues, desde luego, Hugo tenía razón. ¡Todos están locos!, excepto Ruth, que parece muy razonable. Tiene novio y es tan contraria a ese matrimonio como yo.

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