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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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Vengiboneeza se extendía por todas partes, era un mundo vasto e inabarcable en sí mismo, que existía bajo un silencio, imponente. Desde el borde del mar hasta el extremo de la jungla y las laderas silvestres de la montaña, la ciudad desierta se diseminaba en todas direcciones, sin organización aparente, sin un diseño inteligente. En algunas zonas las calles se alineaban formando grandes avenidas que descubrían la visión magnífica de las montañas al fondo, o bien el mar. En otras, había redes de pequeñas callejuelas que se enroscaban unas sobre otras en una especie de secreto desesperado y huidizo. También se alzaban altos muros dispuestos en ángulos extraños para impedir el acceso directo a las plazas que se escondían tras ellos. En muchos puntos se erguían torres inmensas, que generalmente formaban unos grupos de diez o veinte, pero a veces — Y en estos casos se trataba de las más grandes — las torres se erigían en grandiosa soledad por encima de un conjunto de edificios bajos y achaparrados con cúpulas de losas verdes.

Algunas zonas de la ciudad, especialmente en las áreas limítrofes con el mar, estaban en ruinas. Otras, la mayoría, no.

El Largo Invierno había dejado menos cicatrices aquí que en las planicies desprotegidas del este, pero con todo, las huellas asomaban por doquier. El mar había subido más de una vez durante los años invernales para barrer con poder devastador las zonas bajas. Sobre los altos muros se dibujaban antiguas manchas grises de agua salobre, y en los balcones de los tres primeros pisos de los edificios se extendía un remolino de escombros arenosos formando una alfombra natural. Sobre los tejados llanos de las casas bajas se acumulaban de forma dispersa y fragmentada huesos de animales marinos. También resultaba evidente que en cierta época los edificios de las laderas más elevadas fueron aplastados por el avance y el plegamiento de lenguas de hielo procedentes de las pendientes. Y en muchas partes de la ciudad parecía como si la tierra misma hubiera irrumpido desde las profundidades: el pavimento mostraba desplazamientos verticales, y las construcciones se alzaban en ángulos precarios o yacían derrumbadas en fragmentos dispersos o restos de metal iridiscente.

— Lo prodigioso — decía Torlyri — es que algo haya podido sobrevivir después de setecientos mil años…

— Lo han cuidado — aventuraba Koshmar —. Deben de haberlo cuidado…

En efecto, eso parecía. En muchos puntos se advertían señales de reparación e incluso de reconstrucción a gran escala, como si los guardianes de la ciudad hubiesen esperado que los ojos-de-zafiro regresaran en cualquier momento y se hubieran esforzado por mantener el lugar en buenas condiciones. Pero ¿quiénes eran los guardianes? No se veían mecánicos, ni artefactos de ninguna clase; el lugar parecía desierto a no ser por los tres custodios gigantes que permanecían invariablemente sentados ante el portal sin abandonar jamás sus puestos.

— Busca en las crónicas — le ordenó Koshmar a Hresh —. Dime cómo se ha conservado la ciudad.

Indagó con toda la diligencia de que fue capaz. Pero aunque descubrió mucho sobre la fundación y la gloria de Vengiboneeza, no halló ningún indicio sobre su preservación. Por lo que había leído, bien podía ser que los fantasmas de los ojos-de-zafiro hubieran merodeado invisibles por entre las calles, reparando lo que fuera necesario.

Al principio, la tribu no se aventuró a los sitios más recónditos de la ciudad. Koshmar los condujo hacia el interior para que se sintieran lo bastante lejos de las criaturas de la selva, pero no tanto como para que se perdieran por entre el laberinto de calles en ruinas. Más tarde habría tiempo para arriesgarse a tales empresas. Ahora, en los días misteriosos e iniciales, lo principal era tener paciencia. Habían mostrado la perseverancia de vivir setecientos mil años en un solo capullo, en la ladera de una montaña. La misma Koshmar no se caracterizaba por ser una mujer de paciencia destacable, pero se esforzaba constantemente por dominar el arte que toda cabecilla debía poseer: el arte de esperar.

Escogió una zona cerca de la entrada del sur, que no se encontraba muy deteriorada. Allí, una estupenda torre hexagonal de muchas ventanas, construida en pulida piedra púrpura, dominaba un disperso grupo de pequeños edificios con tejados verdes. Luego distribuyó a la tribu en lo que estimó una repartición sensata. A cada una de las parejas de progenitores le asignó una casa propia. Los guerreros fueron destinados a un lugar donde pudieran vivir en grupo, de tal forma que se ejercitaran en la lucha entre ellos y desgastaran parte de la energía que de otro modo acabaría provocando problemas. Los miembros de mayor edad fueron distribuidos en grupos de tres o cuatro para que se cuidaran mutuamente, y todos los niños se alojaron juntos en una casa junto a la de las obreras sin pareja. Koshmar y Torlyri ocuparon el edificio más cercano a la gran torre. Ésta se convertiría en el templo de la tribu, Y más tarde podría servir de faro que los guiara hasta su zona cuando atravesaran la ciudad, ya que al parecer no había punto en todo Vengiboneeza desde donde no se divisara.

Koshmar nunca se había sentido tan feliz. Cada día había un problema que resolver, un decreto que promulgar, una decisión que tomar.

En el capullo, a me nudo se había mostrado inquieta e insegura. Su poderosa vocación de liderazgo se había visto frustrada muchas veces. Desde la niñez había sido educada para las funciones de cabecilla, y ejercía sus poderes con fortaleza y contundencia. Pero había sido una líder sin ninguna empresa que dirigir. La vida en el capullo había sido demasiado fácil. Ella cumplía con su papel en todos los ritos, dictaba sentencia cuando surgía alguna disputa o reyerta, actuaba como consejera de los débiles y pacificadora de los fuertes y obcecados. Ésas eran las circunstancias en el capullo, y en eso consistía el papel de la cabecilla.

Pero había visto cómo transcurrían los días sin un verdadero propósito, y su final se le presentaba con cierta inquietud que hasta le causaba dolor. A los treinta años seguía sintiéndose vigorosa como una joven, pero sabía que no había forma de evitar que se aproximara el límite de edad. La ley era tajante. Sólo el cronista podía vivir más allá de los treinta y cinco años. Las cabecillas no entraban en la excepción. Koshmar había imaginado a menudo cómo se sentiría cuando tuviera que traspasar la salida, vigorosa o no, para hallar la muerte en el mundo exterior.

Ahora todo eso había cambiado. Lo esencial era que vivieran hasta donde les alcanzaran las fuerzas y que quienes pudieran engendrar nuevos hijos lo hicieran con entusiasmo.

Al principio, algunos de los miembros de la tribu no lo Comprendieron. Anijang, el más anciano, poco después de llegar a Vengiboneeza se acercó a Koshmar.

— Hoy es el día de mi muerte. ¿Qué debo hacer, ir a la selva solo? — preguntó.

— ¡Anijang, se ha terminado el día de la muerte — contesto Koshmar, riendo.

— ¿No hay más día de la muerte? Pero si tengo treinta y cinco años… He llevado la cuenta con sumo cuidado. — Exhibió una raída cinta de cuero marcada con cuñas —. Hoy es el día.

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