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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– Perdón -dice Ursula mientras busca algo en su bolso-. Creía haberle quitado el sonido. -Saca entonces un pequeño teléfono móvil de color negro y los crescendos quedan interrumpidos cuando ella pulsa una tecla-. Lo siento mucho -repite, sonriendo con incomodidad. Luego mira el visor de su teléfono y la consternación le nubla el rostro-. ¿Me disculpan un momento?

Keira y yo asentimos y Ursula sale de la habitación con el teléfono en la oreja.

Cuando la puerta se cierra me dirijo a mi joven entrevistadora.

– Bien, supongo que debemos comenzar.

Ella asiente casi imperceptiblemente y saca de su gran bolso una carpeta. La abre y toma un montón de papeles, sujetos con un clip. Por el aspecto del texto deduzco que se trata de un guión: puedo distinguir palabras en letras mayúsculas, resaltadas en negrita, en medio de la página, seguidas de largos párrafos escritos con una tipografía común.

Después de pasar algunas páginas, Keira se detiene.

– Me interesaría saber cómo era su relación con la familia Hartford. Con las chicas.

Asiento. Es justamente lo que había sospechado.

– El mío no es un papel protagonista -señala Keira-. No tengo grandes diálogos, pero aparezco en muchas de las escenas del principio. Sirviendo bebidas y ese tipo de cosas, como usted sabe.

Vuelvo a asentir.

– De todos modos, Ursula pensó que sería una buena idea que conversara con usted sobre las chicas Hartford. Que me dijera qué pensaba de ellas. Así podría encontrar mi motivación. -Keira enfatiza esta última palabra, como si fuera un término extranjero con el que tal vez yo no estoy familiarizada. Luego endereza la espalda y su expresión se cubre de una pátina de fortaleza-. Aunque el mío no sea un papel principal, es importante que mí interpretación sea sólida. Nunca se sabe quién puede ser el espectador.

– Por supuesto.

– Nicole Kidman obtuvo su papel en Días de trueno, sólo porque Tom Cruise la vio en un film australiano.

Intuyo que ese hecho y esos nombres deberían significar algo importante para mí, por lo que asiento, y ella continúa.

– Por eso necesito que me diga cómo se sentía con respecto a su trabajo, y a las chicas. -Keira se inclina y me mira con sus ojos azules semejantes al frío cristal veneciano-. Para mí es una ventaja… que usted todavía… quiero decir, que el hecho de que aún esté…

– Viva. Sí, lo imagino -respondo, enternecida por su candor-. ¿Qué es exactamente lo que desearía saber?

Ella sonríe aliviada. El curso de nuestra conversación ha amortiguado su falta de tacto.

– Bueno -masculla, recorriendo con la vista la hoja de papel que descansa sobre sus rodillas-, le haré primero las preguntas más obvias.

Mi corazón se acelera. He decidido responder honestamente, sin importar cuál sea la pregunta. Un juego de ruleta para mi propio entretenimiento.

– ¿Le gustaba ser sirvienta?

– Sí, durante un tiempo -contesto con una exhalación que es más que un suspiro.

Keira me mira incrédula.

– ¿De verdad? No puedo imaginar que alguien disfrute estando a disposición de la gente todo el día. ¿Qué era lo que le gustaba de su trabajo?

– Todos se convirtieron en una familia para mí. Disfrutaba de su camaradería.

– Cuando dice «todos», ¿se refiere a Emmeline y Hannah? -me pregunta con ojos ávidos.

– No, me refiero a mis compañeros de la servidumbre.

– ¡Oh! -exclama Keira, desilusionada.

Sin duda ella había vislumbrado la posibilidad de un rol más importante para sí misma, lo que habría supuesto un reajuste en el guión: Grace, la criada, dejaría de ser un mero observador, para convertirse en un miembro secreto del círculo de las hermanas Hartford. Es joven, por supuesto, y proviene de un mundo diferente. No concibe el hecho de que no se puedan cruzar determinados límites.

– Está bien -alega entonces-, pero dado que no hay escenas con otros actores que representen el papel de sirvientes, no me sirve de mucho. -Recorre con su bolígrafo la lista de preguntas-. ¿Había algo que le desagradara especialmente de su trabajo?

Despertar día tras día con el alba; el dormitorio abuhardillado, que era un horno en verano y un congelador en invierno; las manos enrojecidas de lavar ropa; el dolor de espalda después de hacer la limpieza; el cansancio que me llegaba hasta la médula de los huesos.

– Era agotador. Los días eran largos y muy ajetreados. No tenía demasiado tiempo para mí misma.

– Sí, he estado ensayando a partir de esa idea. Apenas me ha hecho falta actuar. Después de un día de ensayo, mis brazos estaban llenos de moretones por llevar esa maldita bandeja de aquí para allá.

– Lo que más me dolía eran los pies -explico-, pero sólo al principio. Y en cuanto cumplí los dieciséis tuve zapatos nuevos.

Keira pasa la página del guión, escribe algo con letra redondeada y asiente.

– Bien, eso me sirve -afirma. Sigue haciendo garabatos y termina moviendo ampulosamente el bolígrafo-. Con respecto a este tema, es suficiente. Ahora me interesaría saber cosas sobre Emmeline. Es decir, qué sentía hacia ella.

Vacilo unos segundos, preguntándome por dónde empezar.

– Es que compartimos algunas escenas y no estoy segura de lo que debo transmitir -aclara Keira.

– ¿Qué tipo de escenas? -pregunto con curiosidad.

– Bueno, por ejemplo, en una de ellas Emmeline conoce a R. S. Hunter, junto al lago, se resbala y está a punto de ahogarse. Yo tengo que…

– ¿En el lago? Pero no es allí donde se conocieron, sino en la biblioteca. Era invierno, estaban…

– ¿En la biblioteca? -pregunta Keira frunciendo su perfecta nariz-. No es sorprendente que el guionista haya cambiado la escena. No hay dinamismo en una habitación llena de libros viejos. De este modo funciona realmente bien, dado que el lago es el lugar donde él se suicidó. Así, el final de la historia está presente en el comienzo. Resulta muy romántico, como en la película de Baz Lurhmann, Romeo y Julieta -me asegura.

Tendré que creerlo.

– En fin, lo que importa es que yo voy corriendo a la casa en busca de ayuda y, cuando regreso, él ya la ha rescatado y reanimado. La actriz debe mirarlo como si estuviera tan absorta que es incapaz de advertir que todos hemos ido a salvarla. -Keira hace una pausa v me mira fijamente, satisfecha con su explicación de la escena-. ¿Le parece que yo, es decir, Grace, debería sobreactuar un poco?

Como me demoro en responder, ella continúa.

– No, claro. Debe ser una reacción sutil, ya sabe.

Keira resopla suavemente, levanta la cabeza de modo que la nariz apunta hacia el cielo, y suspira. No comprendo que me está dedicando una improvisada interpretación hasta que su expresión se desvanece y la reemplaza una mirada asombrada que se dirige a mí.

– ¿Así?

Dudo. Elijo cuidadosamente mis palabras.

– Por supuesto, depende de usted el modo de interpretar su papel. De interpretar a Grace. Pero dado que se trata de mí, me resulta imposible imaginar que en 1915 hubiese reaccionado… -No logro encontrar palabras para calificar su interpretación, por lo que hago un gesto con la mano.

La mirada de la joven actriz parece indicar que no he captado un matiz fundamental.

– ¿Pero no cree que sería un poco desconsiderado no agradecerle a Grace haber ido tan rápidamente a buscar ayuda? Me sentiría estúpida si tuviera que salir corriendo y regresar sólo para quedarme ahí como una estatua.

Suspiro.

– Tal vez tenga razón, pero en aquella época ésa era una de las características de servir en una casa. Lo extraño habría sido que ella se comportara de otra manera. ¿Lo comprende?

Ella duda.

– No se esperaba que ella reaccionara de otra manera -le indico.

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