La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– El fin de una época -repitió el señor Hamilton, que estaba sentado frente a ella-. Así es, señora Townsend.
– Cuando pienso en Su Señoría…
Las palabras de la cocinera se volvieron inaudibles. Meneó la cabeza, apoyó los codos en la mesa y ocultó el rostro hinchado entre las manos.
– El ataque fue repentino.
– ¿Ataque? -preguntó la señora Townsend, levantando la cara-. Llámenlo así si quieren, pero él murió de tristeza. Créanme si les digo que no pudo tolerar perder a su hijo de esa manera.
– Tiene razón, señora Townsend -convino Myra, anudándose al cuello el pañuelo del uniforme de guarda de tren-. Él y el mayor estaban muy unidos.
– ¡El mayor! -Los ojos de la señora Townsend volvieron a llenarse de lágrimas y le tembló el labio inferior-. Querido muchacho. Pensar que ha muerto de esa manera. En alguna espantosa marisma de Francia.
– El Somme -apunté, saboreando la redondez de la palabra, su sonido premonitorio. Recordaba la última carta de Alfred, las finas y mugrientas cuartillas que olían a un lugar lejano. Había llegado dos días antes; una semana después de que la enviara desde Francia. Pese al tono aparentemente trivial de sus comentarios, había algo en ellos, en su vaguedad y en sus silencios, que me inquietó-. ¿Es ése el lugar donde está Alfred, señor Hamilton?
– Por lo que he oído en el pueblo, diría que sí, jovencita. Al parecer los muchachos de Saffron están todos allí.
Katie llegó con la bandeja de limonadas.
– Señor Hamilton, ¿y si Alfred…?
– Katie -la interrumpió bruscamente Myra, mirándome, mientras la señora Townsend se llevaba la mano a la boca-. Ocúpate de ver dónde pones esa bandeja y cierra el pico.
El señor Hamilton frunció la boca.
– No se preocupen por Alfred. Es una persona saludable y de gran temple. Los que dan las órdenes saben lo que hacen. No enviarán a Alfred ni a sus compañeros al combate si no están seguros de su capacidad para defender al rey y al país.
– Eso no significa que no pueda morir -opinó Katie enfurruñada-. Así ocurrió con el mayor, y es un héroe.
– ¡Katie! -El rostro del señor Hamilton adquirió el color del ruibarbo cocido cuando la señora Townsend sollozó-. Un poco de respeto. -Luego bajó el tono de la voz hasta convertirlo en un susurro vacilante-. Después de todo lo que la familia ha tenido que soportar estas últimas semanas -comentó meneando la cabeza y enderezándose las gafas-. Quítate de mi vista, jovencita. Vuelve al fregadero y…
La frase quedó inconclusa. El mayordomo miró a la señora Townsend, pidiendo su ayuda. Ella alzó la cara hinchada y dijo entre sollozos:
– Y limpia todas mis cacerolas y sartenes. Incluso las viejas, las que están afuera.
Permanecimos en silencio mientras Katie salía hacia el fregadero. La tonta de Katie, con sus comentarios sobre la muerte… Alfred sabía cómo cuidarse. Siempre lo decía en sus cartas. Me recomendaba que no me acostumbrara demasiado a sus tareas porque en cualquier momento estaría de regreso para ocuparse nuevamente de ellas. Me pedía que conservara su puesto. Pensé entonces en algo más que Alfred había dicho. Algo que me preocupaba sobre todas las cosas.
– Señor Hamilton -intervine lentamente-, no pretendo ser irrespetuosa, pero he estado preguntándome cómo nos afectará todo esto a nosotros. ¿Quién quedará a cargo de la casa ahora que lord Ashbury…?
– Seguramente será el señor Frederick -comentó Myra-. Ahora es el único hijo de lord Ashbury.
– No -objetó la señora Townsend, mirando al señor Hamilton-. Será el hijo del mayor, ¿verdad? Cuando nazca. Es el heredero del título.
– Diría que todo depende… -declaró gravemente el señor Hamilton.
– ¿De qué? -preguntó Myra.
– De que el hijo que espera Jemina sea niño o niña -respondió el mayordomo recorriendo nuestros rostros con la mirada.
La mención de su nombre fue suficiente para que la señora Townsend comenzara a llorar otra vez.
– La pobrecita… Perder a su esposo cuando está a punto de nacer su hijo. No es justo.
– Supongo que hay muchas otras como ella en Inglaterra -señaló Myra, meneando la cabeza.
– Pero no es lo mismo -precisó la señora Townsend-. No es lo mismo que le ocurra a uno de los nuestros.
El tercer timbre sonó en el estante contiguo a la escalera. La señora Townsend dio un salto.
– ¡Oh, Dios! -exclamó, llevándose la mano a su abundante pecho.
– La puerta de entrada -sentenció el señor Hamilton, poniéndose de pie y colocando meticulosamente su silla debajo de la mesa-. Sin duda es lord Gifford, que viene a leer el testamento.
Entonces se alisó la chaqueta y se arregló el cuello. Antes de subir la escalera, me miró por encima de las gafas.
– Lady Ashbury pedirá el té en cualquier momento, Grace. Cuando lo hayas preparado, llévale una jarra de limonada a las señoritas Hannah y Emmeline.
Cuando el mayordomo desapareció en la escalera, la señora Townsend se puso rápidamente una mano sobre el corazón.
– Mis nervios ya no son lo que eran -confesó tristemente.
– El calor no ayuda -la consoló Myra y consultó el reloj de pared-. Apenas son las diez y media. Lady Violet no pedirá el almuerzo hasta dentro de dos horas. ¿Por qué no adelanta su hora de descanso? Grace puede ocuparse del té.
Asentí, complacida ante la posibilidad de hacer algo que alejara mis pensamientos del sufrimiento que invadía toda la casa. De la guerra. De Alfred.
La señora Townsend dejó de observar a Myra y posó sus ojos en mí. La expresión de Myra se endureció, pero su voz sonaba más suave que de costumbre.
– Vamos, señora Townsend, se sentirá mejor después de descansar. Me aseguraré de que todo esté en orden antes de irme a la estación.
Se oyó el segundo timbre, el que correspondía al salón, y la señora Townsend volvió a sobresaltarse. Aceptó, con una mezcla de alivio y resignación.
– De acuerdo -accedió y se dirigió a mí-. Pero despertadme si es necesario, ¿entendido?
Subí la oscura escalera de servicio llevando la bandeja y llegué al salón. De inmediato me asaltó la claridad y el calor. A pesar de que -respetando el estricto duelo Victoriano indicado por lady Violet- las cortinas de todas las ventanas de la casa estaban echadas, no hubo forma de cubrir el montante elíptico de la puerta principal, por donde la luz penetraba sin restricciones. Me recordó la cámara del fotógrafo. La habitación era una ráfaga de luz y de vida en medio de una caja negra cubierta por un velo.
Crucé el salón en dirección al salón y abrí la puerta. La atmósfera del lugar era densa, el aire caliente de principios del verano estaba estancado a causa del duelo. Las enormes puertas francesas permanecían cerradas. Las pesadas cortinas de damasco y las interiores, de seda, entumecidas. De pie en el umbral de la puerta, dudé. Algo en esa habitación me impedía seguir, algo que no tenía que ver con la oscuridad o el calor.
Cuando mis ojos se acostumbraron, comencé a distinguir la sombría escena. Lord Gifford, un hombre rubicundo de edad avanzada, estaba sentado en el sillón que solía ocupar lord Ashbury, con una carpeta de cuero negro abierta sobre su generoso regazo. Estaba leyendo en voz alta, deleitándose con el eco que su voz provocaba en la oscura sala. En la mesa de cedro próxima a él, una elegante lámpara de metal con una pantalla de damasco floreado proyectaba un nítido haz de luz suave.
Jemina y lady Violet, las dos viudas, se habían sentado frente a él. Me pareció que milady había empequeñecido desde que la vi por última vez, esa misma mañana. Era una diminuta figura con un vestido de crepé negro y el rostro oculto tras un velo de encaje. Jemina también estaba vestida de negro, un color que destacaba su rostro ceniciento. Las manos, habitualmente regordetas, parecían pequeñas y frágiles mientras acariciaban distraídamente el vientre abultado. Lady Clementine se había retirado a su habitación pero Fanny -que seguía persiguiendo al señor Frederick con el objetivo de casarse con él- había sido autorizada a estar presente, y se la veía sentada con petulancia al otro lado de lady Violet, con ensayado gesto de consternación.