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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– Sí, señora -contesté haciendo una reverencia.

Fui hacia Jemina y la ayudé a ponerse de pie. Agradecí la oportunidad de alejarme de esa habitación y de su sufrimiento.

Mientras salía con Jemina a mi lado, comprendí cuál era la diferencia que había notado en la sala, además de la oscuridad y el calor. El reloj que estaba sobre la chimenea, que habitualmente marcaba los segundos con indiferente regularidad, estaba en silencio. Sus finas agujas negras se habían detenido dibujando un arabesco. las instrucciones de lady Ashbury, todos los relojes marcaban las cinco menos diez, la hora en que su esposo había muerto.

10. La caída de Ícaro

Dejé a Jemina instalada en su habitación y regresé a la sala de los sirvientes, donde el señor Hamilton inspeccionaba las ollas y sartenes que Katie había estado fregando. Levantó la vista de la sartén de cobre, la preferida de la señora Townsend, para decirme que las hermanas Hartford estaban junto al antiguo cobertizo de los botes y que debía llevarles el almuerzo junto con la limonada. Agradecí que aún no se hubiera enterado del té derramado. Fui al cuarto de la nevera para buscar una jarra de limonada, la puse en una bandeja, con dos vasos altos y un plato de canapés preparados por la señora Townsend, y salí por la puerta de servicio.

Al llegar al escalón superior me detuve, parpadeando ante la claridad mientras mis ojos se acostumbraban al resplandor. Después de un mes sin lluvias, los colores del terreno que rodeaba la casa se habían desteñido. El sol estaba alto y sus rayos caían perpendiculares, decolorándolo aún más, dando al jardín el brumoso aspecto de las acuarelas que lady Violet tenía en su tocador.

A pesar de la cofia, la parte del cuero cabelludo que quedaba al descubierto se abrasó en un instante.

Crucé el Prado del Teatro, donde la hierba recién segada dejaba sentir su sedante aroma. Dudley estaba por allí, en cuclillas, podando los bordillos. Las cuchillas de sus tijeras brillaban bajo las manchas de savia verde.

Seguramente oyó que me acercaba, porque se volvió y entrecerró los ojos tratando de enfocarme.

– Hace calor -declaró, poniendo su mano a modo de visera sobre los ojos.

– Tanto que se podrían freír huevos en la vía del tren -comenté, citando una frase de Myra y dudando sobre si la había empleado de forma adecuada.

Al final del jardín, una serie de escalones de piedra gris conducían a la rosaleda de lady Ashbury. Capullos rosados y blancos se abrazaban en las glorietas, animadas por el zumbido de las diligentes abejas que rondaban sus centros amarillos.

Pasé por debajo de la enredadera, abrí el pestillo de la verja y seguí por el Camino Largo, un sendero de adoquines grises construido entre hojas de sedum amarillas y blancas. Hacia la mitad del camino, los altos setos de carpes daban paso a los tejos enanos que bordeaban el Jardín Egeskov. La silueta de dos árboles podados me hizo parpadear al sentir que cobraban vida ante mis ojos; luego me sonreí a mí misma y a la pareja de iracundos patos, ánades reales con plumas verdes que habían remontado vuelo desde el lago para llegar hasta allí, desde donde me miraban con sus brillantes ojos negros.

Al final del Jardín Egeskov estaba la segunda verja, la hermana ignorada (siempre hay una hermana ignorada), invadida por jazmines. Enfrente, la fuente de Ícaro, y más allá, junto al lago, el cobertizo de los botes.

El pestillo de la verja estaba oxidado y tuve que dejar mi bandeja para destrabarlo. La apoyé en el suelo, entre un grupo de fresales, y presioné la puerta para abrirlo.

Si bien Eros y Psique se alzaban, grandiosos, magníficos, en el jardín que estaba al frente de la casa -como un anticipo de la grandeza del propio edificio-, la fuente más pequeña tenía algo especial -un matiz de misterio y melancolía- oculto bajo la soleada claridad del jardín sur.

La fuente circular de piedra tenía dos pies de altura, y veinte de extensión máxima. Estaba cubierta por diminutos azulejos de vidrio de color azul cielo, como el collar de zafiros de Ceilán que lord Ashbury le había traído a lady Violet al regresar del Lejano Oriente.

En el centro se erigía un enorme y escarpado bloque de mármol rojizo, que duplicaba la altura de un hombre. Era ancho en la base y se afinaba hacia la cúspide. Equidistante entre ambas se destacaba -tallada en mármol blanco que contrastaba con el bloque rojizo- la figura de Ícaro tendido, en tamaño real. Las alas de pálido mármol, tallado a imitación de las plumas, estaban amarradas a los brazos extendidos y caían hacia atrás, rozando la piedra.

De la fuente surgían tres ninfas inclinadas hacia el héroe caído. Largas cabelleras rodeaban sus rostros angelicales. Una de ellas llevaba un arpa de pequeño tamaño, otra lucía una corona de hojas de hiedra y la tercera abrazaba el torso de Ícaro con sus níveas manos, tratando de levantarlo.

En ese momento, una pareja de aviones de color púrpura -indiferentes a la belleza de la escultura- bajaron en picado y se posaron sobre el bloque de mármol, antes de volver a emprender el vuelo para rozar la superficie del estanque y llenar su pico de agua. Mientras los observaba, el calor agobiante hizo surgir súbitamente en mí el imperioso deseo de hundir mi mano en el agua fresca. Miré hacia atrás, en dirección a la casa, ya lejana, demasiado sumida en su dolor para advertir que una criada, al fondo del jardín sur, hacía una pausa para refrescarse.

Dejé la bandeja en el borde de la fuente y apoyé tímidamente en los azulejos una de mis rodillas acaloradas, cubierta por las medias negras. Me incliné hacia adelante, extendí la mano hacia el agua donde se reflejaba el sol, y la aparté cuando sentí el primer contacto. Me remangué y volví a alargar la mano, lista para sumergir el brazo.

Entonces oí una risa, que resonó como música tintineante en el sereno día estival.

Permanecí inmóvil, escuchando. Incliné la cabeza y miré más allá de la estatua.

Pude distinguir a Hannah y Emmeline, pero no en el cobertizo de los botes, sino sentadas al otro lado, en el borde de la fuente. Mi sorpresa se acrecentó: ambas se habían quitado los vestidos de luto y sólo llevaban puesta la enagua, la prenda interior que cubría el corsé y los calzones con puntilla de encaje. También se habían deshecho de sus botas, que estaban olvidadas en el sendero de piedra. El cabello recogido en una larga trenza brillaba con el sol. Volví a mirar hacia la casa, sorprendida por su osadía. Me preguntaba si mi presencia podía considerarse una forma de complicidad, y en ese caso, si eso me preocupaba o si deseaba que así fuera.

Emmeline estaba acostada boca arriba, con los pies juntos, las piernas flexionadas. Las rodillas, tan blancas como su enagua, saludaban al claro cielo azul. Había doblado un brazo para permitir que su cabeza descansara sobre él. El otro -mostrando una piel pálida y blanca, que no parecía conocer el sol- se extendía hacia el agua. La muñeca giraba dibujando perezosamente un ocho en la superficie y provocando minúsculas olas.

Hannah estaba sentada a su lado, con una pierna ligeramente curvada y la otra flexionada de tal modo que podía apoyar el mentón en la rodilla. Los tobillos jugaban indolentemente en el agua. Los brazos rodeaban la pierna flexionada y en una de las manos sostenía una hoja de papel increíblemente fina, casi transparente bajo el resplandor del sol.

Yo saqué el brazo del agua, me arreglé la manga y recuperé la compostura. Eché un último vistazo a los destellos de la fuente y tomé otra vez la bandeja.

Cuando estuve más cerca de las hermanas, pude oír su conversación.

– … creo que es espantosamente obcecado -declaró Emmeline. Luego se metió en la boca una fresa del montón que habían recogido y arrojó el tallo hacia el jardín.

Hannah se encogió de hombros.

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