El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– Sí, lo estaba -contestó Justino-, pero no quería interrumpir su conversación con el obispo de Coventry.
– ¿Conversación? ¿Creéis realmente que están conversando? No. Lo que estáis observando es un juego de ajedrez verbal entre dos consumados maestros, cada uno de ellos poniendo a prueba las flaquezas del otro, dispuestos a sacar ventaja de cualquier descuido del contrincante para darle jaque mate.
– ¿Por qué tiene que ser la reina tan cautelosa con el obispo Hugh? -preguntó Justino con curiosidad, y recibió una respuesta que no fue particularmente tranquilizadora.
– ¿No lo sabéis? -preguntó Claudine, sorprendida-. La reina tiene razones más que suficientes para andar con cautela porque Hugh de Nonant y Juan son antiguos aliados. -Bajó la voz y añadió en tono confidencial-: Si he de decir la verdad, son como uña y carne, y eso quiere decir que el obispo no es amigo de Ricardo.
Justino guardó silencio unos instantes, mientras trataba de aceptar que la sombra de Juan pudiera extenderse hasta Chester. Cogió a Claudine del brazo y la llevó al hueco de la ventana más cercana.
– Quiero daros las gracias, demoiselle, por advertirme de que el hijo de la reina estaba mostrando demasiado interés por mí. Hombre prevenido vale por dos.
– Con Juan siempre es prudente mantenerse alerta -asintió Claudine.
– Vos lo conocéis mejor que yo, demoiselle. Con toda franqueza, ¿qué tipo de hombre es?
– Muy complicado, señor De Quincy, con más capas que un galápago y taimado como él solo. Creo que es el doble de inteligente que Ricardo, peligrosamente encantador cuando quiere serlo y simplemente peligroso cuando no quiere. -Estaban de pie, muy cerca uno del otro porque Justino no había quitado la mano del brazo de Claudine. La manera en que ésta lo miró era a un mismo tiempo divertida e íntima-. ¿Queréis saber el nombre privado que yo tengo para describir a Juan? -murmuró-: «El Príncipe de las Tinieblas».
Se había levantado un viento glacial y se desvanecía rápidamente la última luz solar cuando Justino miraba de reojo y con cautela a la reina mientras caminaban, porque había escogido para reunirse con él los claustros de San Esteban y a la vista estaba que no había recibido de buen grado su sugerencia de hablar dentro de palacio. Leonor parecía insensible al frío reinante, pero Justino no pudo por menos de notar el aspecto cansado que aparentaba. Había un distanciamiento entre ellos que Justino no había notado antes. Era como si la Leonor íntima se hubiera retirado a un lugar donde él no podía seguirla.
Su primera pregunta lo cogió por sorpresa.
– Os vi antes en el salón. Os apartasteis del obispo de Coventry como si fuera un leproso. ¿Por qué?
– Conoce a mi padre, señora, y pudiera suscitar su curiosidad el verme a mí aquí, sobre todo si sabe que estoy utilizando el nombre De Quincy.
Eso era verdad, en parte. No quería que se revelara su parentesco con Aubrey, pero no era la reputación de su padre lo que más le atañía. ¡Quién sabe lo que Juan sería capaz de hacer con una información de esta índole! No quería reconocer ante Leonor que abrigaba tremendas sospechas sobre su hijo, y esperaba que ella no siguiera investigando. Y no lo hizo.
– ¿Por qué habéis regresado a Londres, Justino? Confío que no sea para decirme que se han perdido las pistas.
– No, señora. He averiguado que uno de los asesinos pagados, un hombre conocido como Gilbert el Flamenco, ha huido de Winchester con dirección a Londres.
– ¿Gilbert el Flamenco? ¿Así que habéis logrado averiguar el nombre de ese hombre? ¡Excelente!
Justino se ruborizó de placer.
– Ojalá pudiera adjudicarme exclusivamente ese mérito, pero me han ayudado. Lucas de Marston pudo identificar al hombre cuando le dije que había visto una serpiente en el lugar de la emboscada. Al parecer Gilbert opina que las serpientes son buenas compañeras de crimen, porque se puede contar con ellas para asustar a la mayoría de los caballos y porque no hablarán.
La curiosidad de Leonor era tan viva en su ancianidad como lo había sido en los luminosos años de su juventud, y seguía deleitándose en lo nuevo e inesperado.
– ¿Una serpiente cómplice? -dijo asombrada, y a continuación soltó una carcajada-: Bueno ¿y por qué no? Después de todo, una serpiente fue la aliada de Lucifer allá en los tiempos del Edén. Hablando de aliados, ¿qué os ha hecho cambiar de opinión acerca de Lucas de Marston? La última vez que hablamos parecíais estar dispuesto a echarle la soga del verdugo.
– Fui demasiado precipitado, señora. Juzgué al hombre antes de conocer los hechos -dijo Justino cautelosamente, recordándose a sí mismo que Lucas merecía también el beneficio de la duda, respecto a cualquier sospecha que Durand hubiera suscitado, y le contó a la reina todo lo que había averiguado en su última incursión sobre el asesinato del orfebre.
Leonor le escuchó sin interrumpirle. Cuando terminó, se sacó del jubón la carta de Lucas al justicia de Londres. Le sujetó la antorcha para que pudiera leerla, deseando con todas sus fuerzas que diera su consentimiento para que el justicia le ayudara en la persecución del asesino de Gervase. Si rehusaba, lo haría él solo, sin quejarse, porque el orgullo mantendría sus labios sellados. Pero se sentía consciente de una incómoda sensación de picor en la nuca y le parecía ver, con el rabillo del ojo, el destello de un puñal. Porque Lucas tenía razón: Gilbert el Flamenco no era un enemigo a quien se pudiera despreciar.
– Una prudente precaución -asintió Leonor, con gran alivio de Justino-. A Marston le va a ir bien en la corte porque sabe cómo darle rodeos a la verdad y evitar así el tener que decir una flagrante mentira. Se expresa muy bien en la carta. Sin reparo alguno, entregádsela al justicia. Una vez que esté localizado el asesino, decidiremos cuál será la mejor manera de sonsacarle la verdad. Así que estáis convencido de que éste es un crimen de familia y no tiene nada que ver con el rey de Francia.
– No, no totalmente -contestó Justino, muy a su pesar.
– ¿Por qué no? Por lo que me habéis dicho, el hogar de los Fitz Randolph está plagado de secretos y el único ser a quien le falta un motivo para el asesinato es el gato del establo, ¿no es eso?
– Eso lo reconozco, señora. Pero se me viene constantemente a la memoria lo que oí durante la emboscada. Mientras el Flamenco cacheaba a Fitz Randolph, el otro forajido gritaba: «¿La has encontrado». Eso me deja perplejo, señora, porque Gilbert tenía ya la bolsa con el dinero. Entonces ¿qué buscaban?
Ninguno de los dos dijo «la carta», pero el eco de esas palabras parecía flotar en el aire entre los dos. Después de unos momentos de silencio, Leonor dijo:
– He convocado una reunión del Gran Consejo en Oxford, a finales de mes. Decidiremos entonces qué medidas tomar en relación con Ricardo. El tiempo nos apremia, Justino. Tenéis que capturar a ese Flamenco y averiguar si estaba pagado por los Fitz Randolph o por los franceses.
– Haré todo lo que esté en mi poder, señora. -Justino cogió de manos de la reina la carta de Lucas y la escondió dentro de su jubón-. Señora, hay algo más que creo que debéis saber. Tengo razones para creer que uno de los caballeros de vuestra corte me ha seguido hasta Winchester.
Leonor se había dado la vuelta para entrar de nuevo en el gran salón. Volviéndose otra vez súbitamente, estudió con detenimiento el rostro de Justino.
– ¿Uno de mis hombres? ¿Sabéis su nombre?
– Sí, lo sé, señora. Su nombre es Durand. -Justino no añadió que Durand era el espía de Juan. No había necesidad de acusar al hijo de la reina. ¿Qué otro podía ser?
Leonor frunció el ceño y Justino lamentó tener que causarle más preocupaciones cuando ya tenía tantas.
– Yo me ocuparé de Durand. Ocupaos vos del Flamenco -dijo la reina.
Era noche cerrada. Había pasado media hora desde que Justino escoltara a Leonor de regreso al gran salón. Pero él se había quedado fuera, sin hacer caso del frío ni del paso del tiempo. En la calma de la noche, le pareció oír otra vez las palabras de Juan: «Ahora tendré que buscar en otro sitio». Y la reina había dicho: «Ocupaos vos del Flamenco». Pero ¿quién se iba a ocupar de Juan?