El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Cuando Zedd le contó lo que había hecho a quienes querían atacarlos, las carcajadas del guardián retumbaron en la habitación, y rió tanto que se le saltaron las lágrimas.
La puerta se abrió, y Kahlan y Emma avanzaron hacia la luz. Kahlan llevaba ropa de calidad para andar por el bosque: pantalones verde oscuros con un ancho cinturón, camisa color tostado, capa oscura y una buena mochila. Las botas y la bolsa del cinto eran suyas. Así vestida podía pasar por una mujer del bosque, aunque su cabello, su cara, su figura y, sobre todo, su porte revelaban que era más que eso.
Richard se la presentó a Chase con estas palabras:
—Mi guía.
El guardián enarcó una ceja.
Emma vio la espada y, por su expresión, Richard supo que también ella lo entendía. La mujer se colocó otra vez tras su marido pero esta vez no le tocó el pelo sino que se limitó a ponerle una mano sobre el hombro para sentirse cerca de él. Emma comprendía que la visita nocturna significaba problemas. Richard envainó la espada, y Kahlan se sentó a su lado mientras él acababa de relatar lo sucedido esa noche. Al terminar todos se quedaron callados unos minutos.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte, Richard? —preguntó al fin Chase.
—Dime dónde está el paso. —La voz de Richard era suave pero firme.
Inmediatamente Chase alzó las cejas y adoptó su vieja actitud defensiva:
—¿Qué paso?
—El paso que cruza el Límite. Sé que existe, pero no sé exactamente dónde está y ahora no tengo tiempo para ponerme a buscar. —Richard no tenía tiempo que perder en juegos y sintió que se enfurecía.
—¿Quién te ha hablado de él?
—¡Chase! ¡Responde a mi pregunta!
—Con una sola condición. —El guardián sonrió apenas—. Yo iré contigo.
Richard pensó en los hijos de su amigo. Chase estaba acostumbrado al peligro pero esto era distinto.
—No es necesario —dijo al fin.
—Para mí sí —replicó el guardián, manteniéndole la mirada—. Es un lugar muy peligroso. Vosotros tres no sabéis en qué os estáis metiendo. No pienso enviar a nadie allí solo. Además, el Límite es responsabilidad mía. Sólo te diré dónde está el paso si voy contigo.
Todos esperaron mientras Richard meditaba la respuesta un momento. Chase no se estaba marcando un farol, y el tiempo apremiaba. No tenía elección.
—Chase, me sentiré honrado de que nos acompañes.
—Bien. —Chase golpeó la mesa con la mano—. El paso se conoce como Puerto Rey y se encuentra en un lugar inmundo llamado Refugio Sur. Está a tres o cuatro días a caballo por el camino del Buhonero. Es la manera más rápida de llegar. Dentro de unas pocas horas amanecerá, y los tres debéis dormir un poco. Emma y yo prepararemos las provisiones.
12
Le pareció que acababa de echarse cuando Emma lo despertó y lo condujo abajo para desayunar. El sol aún no había salido, y gran parte de la familia Marcafierro todavía dormía, aunque los gallos ya saludaban el nuevo día con sus cacareos. La boca se le hizo agua al oler los aromas de la cocina. Una Emma sonriente pero algo más abatida que la noche anterior le sirvió un abundante desayuno y le informó de que Chase ya había desayunado y se encontraba fuera cargando los caballos. Richard siempre había creído que Kahlan tenía un aspecto muy seductor con su inusual vestido, pero decidió que con sus nuevas ropas conservaba todo su atractivo. Mientras Emma y Kahlan charlaban sobre los niños, y Zedd se deshacía en cumplidos por la comida, Richard no dejaba de darle vueltas en la cabeza a lo que tenían por delante.
La cocina quedó un poco más oscura cuando la figura de Chase apareció en la entrada. Kahlan dio un respingo al verlo. El guardián llevaba una camisa de cota de malla encima de una túnica de cuero, pesados pantalones negros, botas y una capa. Metidos debajo de un ancho cinturón negro de piel con una gran hebilla plateada adornada con el emblema de los guardianes del Límite se veían unos guanteletes negros. Chase portaba las suficientes armas para equipar a un pequeño ejército. Un hombre corriente hubiera presentado un aspecto ridículo, sin embargo Chase asustaba. Era la imagen de una amenaza mortífera. Normalmente sus expresiones se limitaban a dos: una mirada de falso desinterés fruto de la ignorancia y el gesto de alguien que está a punto de participar en una carnicería. Para ese día había elegido la segunda.
Mientras salían Emma entregó a Zedd un hatillo.
—Pollo frío —explicó. El mago la recompensó con una amplia sonrisa y la besó en la frente. Kahlan la abrazó y le prometió que le devolvería la ropa. Richard se inclinó y también la abrazó cariñosamente.
—Ten cuidado —le susurró la mujer al oído. A continuación se despidió de su marido con un beso, que éste aceptó afablemente.
Chase entregó a Kahlan un cuchillo largo envainado, con la indicación de que no se separara de él. Richard le pidió prestado otro, pues el suyo se lo había olvidado en su casa. Los dedos del guardián no tuvieron dificultad para hallar la correa que buscaba entre las que sujetaban los fardos, la soltó y tendió al joven el cuchillo.
—¿Crees que vas a necesitar todo eso? —preguntó Kahlan, contemplando el arsenal de Chase.
—Si no lo llevo todo, seguro que sí —repuso el hombretón con una mueca.
El pequeño grupo, con Chase a la cabeza, seguido por Zedd, Kahlan y Richard a la retaguardia, avanzó a paso cómodo por el bosque del Corzo. Era una radiante mañana de otoño, algo fresca. Un halcón daba vueltas sobre sus cabezas en el cielo, lo que al inicio de un viaje era un signo de advertencia. Richard se dijo a sí mismo que la advertencia era totalmente innecesaria.
A media mañana ya habían dejado atrás el valle del Corzo y se habían internado en el Alto Ven, tomaron el camino del Buhonero al sur del lago Trunt y se dirigieron al sur. La nube en forma de serpiente los seguía lentamente. Richard se alegró de llevársela lejos de la casa de Chase y de sus hijos. Le preocupaba tener que viajar tan al sur para cruzar el Límite, pues el tiempo era oro, pero Chase había dicho que ése era el único paso que conocía.
El bosque de madera noble dio paso a grupos de pinos centenarios. Pasar entre ellos era como atravesar un cañón. Los troncos se elevaban hasta alturas vertiginosas antes de que las ramas se bifurcaran, y el joven se sentía muy pequeño avanzando por las profundas sombras que proyectaban los viejos árboles. Richard siempre se había sentido a sus anchas viajando. Solía hacerlo y esta vez, al pasar por lugares que le eran familiares, tenía la impresión de que era una caminata más. Pero no lo era. Se dirigían a lugares en los que nunca había estado, lugares peligrosos. Chase se mostraba preocupado y los había advertido. Sólo esto ya le daba mucho que pensar, pues Chase no era el tipo de hombre que se inquietara por nada. De hecho, Richard pensaba a menudo que debería preocuparse más.
El joven observó a los otros tres mientras cabalgaban: Chase, semejante a un espectro negro a lomos de su caballo, armado hasta los dientes, temido por aquellos a quienes protegía así como por aquellos a los que perseguía, pero que, por alguna razón, no inspiraba ningún temor a los niños; el menudo mago, delgado como un palo, de aire modesto, cabello blanco y ropa sencilla, con una leve sonrisa y satisfecho de no llevar más que un hatillo con pollo frito, pero poseedor de un fuego mágico y de quién sabía qué más; y Kahlan, valiente, decidida y poseedora de un poder secreto, a quien habían enviado para obligar a un mago a que designara al Buscador. Pese a que los tres eran amigos suyos, cada uno, a su manera, lo hacía sentirse incómodo. Se preguntó cuál de ellos era el más peligroso. Cierto que lo seguían sin hacer preguntas, pero al mismo tiempo lo guiaban. Los tres habían jurado defender al Buscador con sus vidas. No obstante, ningún miembro del pequeño grupo, ni juntos ni por separado, era rival para Rahl el Oscuro. El suyo parecía un caso perdido.
Zedd ya había empezado a devorar el pollo. De vez en cuando arrojaba un hueso por encima del hombro. Al rato se le ocurrió ofrecer a los demás. Chase declinó, pues no cesaba de vigilar el camino, prestando especial atención al lado izquierdo, el del Límite. Pero los otros dos aceptaron. El pollo había durado más de lo que Richard creyó. Cuando el camino se hizo más ancho colocó su caballo a la altura del de Kahlan y cabalgó al lado de la mujer. Ésta se quitó la capa, pues la temperatura había subido, y le dirigió aquella sonrisa especial que reservaba sólo para él.