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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– ¿Asesinato?

– ¡A ver!

– Estoy en las mismas condiciones.

Al parecer, Gordinflas se había tragado el cuento de Steve. Temerariamente, Steve añadió:

– El hijo de puta que andaba buscándome las cosquillas ya no volverá a tocarme los huevos.

– Ya…-dijo Gordinflas.

Sucedió un largo silencio. Gordinflas parecía meditar. Por último, expresó una duda:

– ¿Por qué nos habrán puesto juntos?

– No tienen ninguna puta acusación en firme que cargarme -explicó Steve-. Se figurarán que si la lío y acabo contigo aquí dentro, me habrán pillado.

Gordinflas se sintió herido en su amor propio.

– ¿Y si soy yo el que te escabecha?

Steve se encogió de hombros.

– Entonces te habrán pescado a ti.

Gordinflas asintió cachazudamente.

– Sí -convino-. Supongo.

Pareció quedarse sin conversación. Al cabo de un instante volvió a tenderse en el camastro.

Steve aguardó. ¿Se había acabado el asunto?

Pocos minutos después, Gordinflas se durmió de nuevo.

Cuando empezó a roncar, Steve se dejó caer pesadamente contra la pared, como si el alivio le debilitase.

Transcurrieron varias horas sin que sucediera nada.

No se presentó nadie para hablar con Steve, nadie le informó de lo que estaba pasando. No había servicio alguno de información donde pudiera obtener noticias. Deseaba saber cuándo tendría ocasión de solicitar la fianza, pero nadie se lo dijo. Intentó entablar conversación con el nuevo carcelero, pero el hombre se limitó a hacer caso omiso de él.

Gordinflas seguía dormido cuando el carcelero llegó y abrió la puerta de la celda. Puso a Steve las esposas en las muñecas y unos grilletes en las piernas, despertó luego a Gordinflas y repitió la operación con él. Los encadenaron a otros dos hombres, los hicieron avanzar a todos hasta el extremo del bloque de celdas y los introdujeron en un pequeño despacho.

Dentro había dos mesas escritorio, cada una de ellas con un ordenador y una impresora de láser. Delante de las mesas, hileras de sillas de plástico gris. Una de las mesas estaba ocupada por una mujer negra, de unos treinta años, vestida con elegancia. Alzó la vista hacia ellos, dijo:

– Sentaos, por favor.

Y continuó tecleando con unos dedos que la manicura había trabajado esmeradamente.

Arrastraron los pies a lo largo de la fila de sillas y se sentaron. Steve miró a su alrededor. Era una oficina normal, con sus archivadores metálicos, sus tablones de anuncios, un extintor de incendios y una anticuada arca de caudales. Después de ver las celdas, aquello hasta parecía bonito.

Gordinflas cerró los párpados y pareció quedarse dormido otra vez. De los otros dos hombres, uno se quedó mirando con expresión incrédula su pierna derecha, que llevaba enyesada, mientras el otro sonreía distante, evidentemente sin tener la más remota idea de dónde se encontraba: lo mismo podía estar en las alturas espaciales, como una cometa, que tener la cabeza igual que una espuerta de grillos. O las dos cosas.

Por fin, la mujer apartó los ojos de la pantalla del monitor.

– Diga su nombre -pidió.

Steve era el primero de la fila, así que contestó:

– Steven Logan.

– Señor Logan. Soy la comisaria Williams.

Naturalmente, era una comisaria judicial. Steve recordó entonces aquella parte del curso de un procedimiento criminal. Un comisario era un funcionario de los tribunales, de categoría muy inferior a la de un juez. Se encargaba de las órdenes de prisión y otros trámites legales de menor cuantía. Recordó que tenía atribuciones para conceder fianzas y eso le levantó la moral. Tal vez estaba a punto de salir en libertad.

– Estoy aquí- prosiguió la mujer- para informarle de la acusación formulada contra usted, de la fecha, hora y lugar en que se celebrará el juicio, de si se fijará una fianza o si se le dejará en libertad bajo palabra y, en este caso, bajo qué condiciones.

La mujer hablaba muy deprisa, pero Steve captó la alusión a la fianza que confirmaba su recuerdo. Aquella era la persona a la que debía convencer de que él iba a presentarse ante el tribunal en el momento del juicio. De que se podía confiar en él.

– Comparece ante mí bajo las acusaciones de violación en primer grado, asalto con intento de violación, agresión y sodomía.

El redondo semblante de la comisaria se mantuvo impasible mientras detallaba los graves delitos de que se le acusaba. A continuación, le asignó una fecha para la vista, tres semanas después, y Steve recordó que a todo sospechoso debía fijársele una fecha de juicio que no rebasara los treinta días.

– Por el cargo de violación se enfrenta usted a la condena de cadena perpetua. Por el de asalto con intento de violación, de dos a quince años de privación de libertad. Ambas son felonías.

Steve estaba enterado de lo que significaba felonía: delito mayor, pero se preguntó si Gordinflas Butcher lo sabría.

Se acordó de que el violador también había prendido fuego al gimnasio. ¿Por qué no figuraba allí ninguna acusación de incendio premeditado? Quizá porque la policía no contaba con ninguna prueba que le relacionase directamente con el fuego.

La mujer le tendió dos hojas de papel. Una de ellas expresaba que le había sido notificado su derecho a que se le representase, la segunda le informaba acerca del modo de ponerse en contacto con un defensor de oficio. Tuvo que firmar sendas copias de ambas.

La comisaria le formuló una serie de preguntas, a ritmo de tableteo de ametralladora, y tecleó las respuestas en el ordenador.

– Diga su nombre completo. ¿Dónde vive? Y su número de teléfono. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en su actual domicilio? ¿Cuál era su dirección anterior?

Steve empezó a sentirse mas esperanzado y dijo a la comisaría que vivía con sus padres, que estaba en su segundo año en la facultad de Derecho y que no tenía antecedentes penales como adulto. Ella le preguntó si consumía habitualmente drogas o alcohol, a lo que Steve pudo responder negativamente, sin faltar a la verdad. El muchacho se preguntó si se le presentaría la oportunidad de exponer alguna clase de apelación de fianza, pero la funcionaria hablaba a toda velocidad y parecía obligada a seguir al pie de la letra un guión preestablecido.

– No encuentro causa probable para la acusación de sodomía -dijo la comisaria Williams. Apartó la vista de la pantalla de su ordenador y le miró-. Eso no significa que no cometiese usted el delito, sino que en el apartado de «causa probable» de la declaración del detective no figura información suficiente para que yo ratifique el cargo.

Steve se preguntó qué induciría a los detectives a incluir aquella acusación. Tal vez esperaban que el la negase indignado y se traicionara diciendo: «Eso es repugnante, me la follé, pero de sodomizarla, nada de nada, ¿por quién me habéis tomado?».

La comisaria siguió adelante:

– A pesar de todo, hay que procesarle por ese cargo.

Steve estaba hecho un lío. ¿De qué servía la resolución de la comisaria si pese a todo iban a procesarle? Y si a un estudiante de leyes que estaba en su segundo año de carrera le resultaba difícil comprender aquello, ¿cómo iba a entenderlo una persona corriente?

– ¿Alguna pregunta? -dijo la comisaria.

Steve respiró hondo.

– Deseo solicitar una fianza -empezó-. Soy inocente…

– Señor Logan -le interrumpió la mujer-, está usted ante mí acusado de varios cargos de delitos mayores incluidos en el articulo 638B del reglamento del tribunal. Lo que significa que yo, como comisaria, no estoy capacitada para, en su caso, adoptar una decisión respecto a la fianza. Eso sólo lo puede hacer un juez.

Fue como un puñetazo en pleno rostro. La decepción fue tan intensa que Steve se sintió enfermo. Se la quedó mirando, incrédulo.

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