El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– La mujer que dirige Bella Vista, la residencia donde está mi madre. Me dijo claramente: «Su madre no cumplirá los sesenta y cinco». Así como suena. «Se que usted prefiere que le sea sincera», añadió. Me quedé con las ganas de soltarle que el que yo lleve un aro en la nariz no significa que no tenga sentimientos.
– Mish Delaware dice que a los violadores no les interesa realmente el sexo. Que disfrutan ejerciendo su poder sobre una mujer, dominándola, asustándola y lastimándola. Eligió a alguien que supuso se asustaría fácilmente.
– ¿Quién no se asustaría?
– Sin embargo, no te eligió a ti. Tú probablemente le hubieras zurrado.
– Me gustaría tener la oportunidad de hacerlo.
– De todas formas, tú le habrías plantado cara con más energía que yo y, desde luego, no te habrías sentido tan impotente y aterrada. Así que él no te eligió a ti.
Jeannie vio adonde conducía todo aquello.
– Lisa, eso puede que sea cierto, pero no hace que la violación sea culpa tuya, conforme? No tienes ninguna culpa, ni un ápice. Te viste involucrada: podía haberle pasado a cualquiera.
– Tienes razón -convino Lisa.
Dieciséis kilómetros después de haber abandonado la ciudad se desviaron de la interestatal al llegar a un indicador que rezaba: «Penitenciaría Greenwood». Era una prisión anticuada, un conjunto de edificios de piedra gris rodeado por altos muros con alambrada de espino. Dejaron el coche a la sombra de un árbol, en la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jeannie volvió a ponerse la chaqueta, pero no los pantis.
– ¿Estás preparada para esto? -preguntó Jeannie-. Dennis tendrá el mismo aspecto que el individuo que te violó, a menos que mi metodología esté equivocada de medio a medio.
Lisa asintió con gesto grave.
– Estoy lista.
Se abrió la puerta principal para dejar paso a un camión de reparto y ambas entraron sin que nadie les diera el alto. Jeannie sacó la conclusión de que, a pesar de la alambrada de espino, la vigilancia no era nada estricta. Las estaban esperando. Un guardia comprobó sus tarjetas de identificación y las acompañó a través de un patio en el que reinaba un calor de horno y donde un puñado de jóvenes negros jugaban al baloncesto. El edificio de la administración tenía aire acondicionado. Las anunciaron en el despacho del alcaide, John Temoigne. Vestía camisa de manga corta y corbata; en su cenicero había dos colillas de puro. Jeannie le estrechó la mano.
– Soy la doctora Jean Ferrami, de la Universidad Jones Falls.
– ¿Cómo estás, Jean?
Evidentemente, Temoigne era el tipo de hombre al que le resulta difícil tratar de usted y dirigirse a una mujer por el apellido. Jeannie se abstuvo deliberadamente de citar el nombre de Lisa.
– Aquí, mi ayudante, la señora Hoxton.
– Hola, encanto.
– En la carta que te escribí ya explicaba en qué consiste nuestro trabajo, alcaide, pero si tienes alguna pregunta, la contestaré con sumo gusto.
Jeannie tuvo que decirlo, aunque le consumía la impaciencia por ver a Dennis Pinker.
– Es preciso que comprendáis que Pinker es un sujeto violento y peligroso -advirtió Temoigne-. ¡Conocéis los detalles de su delito!
– Creo que agredió sexualmente a una mujer en una sala cinematográfica y que la mató cuando ella intentó resistirse.
– Estás muy cerca. Fue en el cine Eldorado, en Greensburg. Proyectaban una película de terror. Pinker bajó al sótano y cortó la corriente eléctrica. A continuación, cuando los espectadores eran presa del pánico en la oscuridad, Pinker se dedicó a sobar a las chicas.
Jeannie intercambió con Lisa una mirada sobrecogida. Se parecía mucho a lo sucedido el domingo en la Universidad Jones Falls. Una maniobra de diversión creó el desconcierto y el pánico y proporcionó al agresor su oportunidad. También había un toque similar de fantasía adolescente en las dos escenas del crimen: manoseo de jóvenes en la sala del cine sumida en la oscuridad y observación de mujeres corriendo desnudas de un lado para otro en el vestuario del gimnasio. Si Steve Logan y Dennis Pinker eran gemelos idénticos, al parecer habían cometido delitos muy semejantes.
– Una mujer cometió la imprudencia de resistírsele -prosiguió Temoigne- y la estranguló.
Jeannie se picó. -Si te hubieran metido mano a ti, alcaide, ¿hubieras cometido la imprudencia de resistirte?
– Yo no soy una chica -replicó Temoigne con el aire del que pone sobre la mesa el as del triunfo.
Intervino Lisa, diplomática: -Debemos poner manos a la obra, doctora Ferrami… Nos queda un montón de trabajo por hacer.
– Tienes razón.
– Normalmente -dijo Temoigne-, tendríais que entrevistar al recluso a través de una reja. Habéis solicitado de modo especial estar con él en la misma habitación y desde las alturas me han ordenado que os lo permita. A pesar de todo insisto en que volváis a pensarlo. Ese hombre es un criminal peligroso y violento.
Un estremecimiento de angustia sacudió a Jeannie, pero se mantuvo exteriormente fría.
– Habrá un guardia armado en la estancia durante todo el tiempo que estemos con Dennis.
– Claro que sí. Pero me sentiría mucho más cómodo si hubiese una rejilla de acero entre vosotras y el preso. -Temoigne le dedicó una sonrisa zalamera-. Un hombre ni siquiera tiene que ser un psicópata para que le acose la tentación al verse ante dos jóvenes atractivas.
Jeannie se puso en pie bruscamente.
– Te agradezco tu preocupación, alcaide, de veras. Pero tenemos que cumplir determinados pasos, tales como tomar una muestra de sangre, fotografiar al sujeto y etc., cosas que no pueden realizarse a través de los barrotes. Además, ciertas partes de la entrevista tratan de temas íntimos y pensamos que, si una barrera artificial se interpusiera entre nosotras y el sujeto, eso comprometería nuestros resultados.
Temoigne se encogió de hombros.
– Bueno, supongo que sabréis lo que hacéis. -Se levantó-. Os acompañaré al bloque de celdas.
Abandonaron el despacho y cruzaron un patio de tierra batida hacia una especie de bloque de hormigón de dos plantas. Un guardia abrió la puerta de hierro y les franqueó el paso. En el interior reinaba el mismo calor de horno que fuera.
– Robinson se encargará de vosotras a partir de ahora -dijo el alcaide-. Cualquier cosa que necesitéis, chicas, dadme un grito.
– Gracias, alcaide -dijo Jeannie-. Apreciamos tu colaboración.
Robinson era un negro tranquilizadoramente alto, de unos treinta años. Llevaba pistola en una funda abotonada y una porra de aspecto impresionante. Las introdujo en un locutorio de reducidas dimensiones, con una mesa y media docena de sillas amontonadas. Había un cenicero encima de la mesa y un refrigerador de agua en un rincón. El suelo estaba embaldosado en plástico gris y las paredes pintadas de un color similar. No había ventanas.
– Pinker estará aquí dentro de un minuto -dijo Robinson.
Ayudo a Jeannie y a Lisa a disponer la mesa y las sillas. Luego se sentaron.
Al cabo de un momento se abrió la puerta.
16
Berrington Jones se reunió con Jim Proust y Preston Barck en el Monóculo, un restaurante próximo al edificio que albergaba los despachos del Senado, en Washington. Era un local donde solían almorzar personas relacionadas con el poder y que estaba lleno de gente que conocían: congresistas, asesores políticos, periodistas, ayudantes de confianza. Berrington había llegado a la conclusión de que era una tontería tratar de ser discreto. Todos eran bastante conocidos, en especial el senador Proust, con su calva y su enorme nariz. De haberse reunido en algún local más o menos disimulado, no faltaría un reportero que los viese y se apresurara a publicar un comentario en plan chismoso preguntando por qué celebraban conciliábulos secretos. Era mejor ir a un sitio en el que varias personas les reconociesen y dieran por supuesto que celebraban una reunión acerca de sus legítimos intereses mutuos.