El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
El objetivo de Berrington consistía en mantener sobre los raíles el trato con la Landsmann. Aquel negocio siempre había sido una aventura arriesgada, y ahora Jeannie Ferrami la había convertido en verdaderamente peligrosa. Pero la disyuntiva era renunciar a sus sueños. A su única oportunidad de hacer dar media vuelta a Norteamérica y situarla de nuevo en el camino de la integridad racial. No suponía que fuera demasiado tarde, no del todo. La visión de unos Estados Unidos blancos, cumplidores de la ley, practicantes de la religión y orientados hacia la familia podía convertirse en realidad. Pero ellos se encontraban ya cerca de los sesenta años de edad: si perdían aquella, no iban a tener otra oportunidad.
Jim Proust era el gran personaje, estentóreo y jactancioso; pero aunque a menudo hastiaba a Berrington, este sabía cómo buscarle las vueltas y convencerle. Preston, con sus modales suaves, era mucho más amable, pero también obstinado.
Berrington les llevaba malas noticias, y las expuso en cuanto el camarero hubo tomado nota de lo que deseaban tomar. -Jeannie Ferrami ha ido hoy a Richmond, a ver a Dennis Pinker.
Jim frunció el entrecejo.
– ¿Por qué infiernos no se lo impediste?
La voz de Proust era profunda y áspera, resultado de años y años de aullar órdenes.
Como siempre, la actitud dominante de Jim irritó a Berrington.
– ¿Qué se supone que tenía que hacer, atarla?
– Tú eres su jefe, ¿no?
– Estamos en una universidad, Jim, no en el jodido ejército.
– Bajemos el volumen, compañeros -dijo Preston nerviosamente. Llevaba unas gafas de montura negra y delgada: las había estado llevando de ese estilo desde I959, y Berrington no dejó de observar que ahora volvían a estar de moda-. Sabíamos que esto podía ocurrir en cualquier momento. Propongo que tomemos la iniciativa y lo confesemos todo inmediatamente.
– ¿Confesar? -observó Jim, incrédulo-. ¿Acaso se supone que hemos hecho algo malo?
– Puede que la gente lo considere así…
– Permíteme recordarte que cuando la CIA sacó a relucir el informe que inició todo esto, «Nuevos avances de la ciencia soviética», el mismísimo presidente Nixon declaró que era la noticia más alarmante llegada de Moscú desde que los soviéticos dividieron el átomo.
– Puede que el informe no dijese la verdad… -apuntó Preston.
– Pero creímos que era verídico. Y lo que es más importante, nuestro presidente lo dio por bueno. ¿No os acordáis del maldito miedo que nos entró entonces?
Desde luego, Berrington se acordaba. La CIA había dicho que los soviéticos contaban con un programa de procreación de seres humanos. Mediante el mismo planeaban crear científicos perfectos, ajedrecistas perfectos, atletas perfectos… y soldados perfectos. Nixon ordenó a la Unidad de Investigación Clínica del ejército de Estados Unidos, como se denominaba entonces, que concibiera un programa paralelo y descubriese el modo de engendrar soldados norteamericanos perfectos. A Jim Proust se le encargó la tarea de llevarlo a la práctica.
Recurrió de inmediato a Berrington en busca de ayuda. Unos cuantos años antes, Berrington había dejado estupefactos a todos, en especial a su esposa, Vivvie, al alistarse en el ejército precisamente cuando el sentimiento antibélico hervía entre los hombres de su edad. Fue a trabajar a Fort Detrick, en Frederick (Maryland), donde emprendió una investigación sobre el cansancio en los soldados. A principios de los setenta era la máxima autoridad mundial en características hereditarias del personal castrense, tales como agresividad y resistencia física. Mientras tanto, Preston, que permaneció en Harvard, llevó a cabo una serie de avances en el terreno de la fertilización humana. Berrington le persuadió para que dejase la universidad y pasara a formar parte del gran experimento, junto con él y con Proust.
Había sido el momento más glorioso de Berrington.
– También me acuerdo de lo emocionante que era -dijo-. Estábamos en la primera línea de la ciencia, situando a Estados Unidos en el buen camino, y nuestro presidente nos había pedido que continuáramos trabajando.
Preston jugueteó con su ensalada.
– Los tiempos han cambiado. Ahora ya no constituye ninguna excusa decir: «Lo hice porque el presidente de Estados Unidos me pidió que lo hiciera». Hay hombres que fueron a la cárcel por hacer lo que el presidente les encargó.
– ¿Qué tuvo aquello de malo? -preguntó Jim malhumoradamente-. Era secreto, si. Pero ¿qué hay que confesar, por el amor de Dios?
– Estábamos en la clandestinidad -especificó Preston.
Jim se sonrojó bajo su bronceado.
– Transferimos nuestro proyecto al sector privado.
Eso no dejaba de ser un sofisma, pensó Berrington, aunque se abstuvo de crear polémica expresándolo en voz alta. Aquellos payasos del Comité para la Reelección del Presidente se dejaron atrapar dentro del hotel Watergate y todo Washington corrió asustado. Preston creó la Genético como empresa particular limitada y Jim aportó suficientes contratos militares tipo «pan y mantequilla» para hacerla financieramente viable. Al cabo de una temporada, las clínicas de fertilidad se convirtieron en un negocio tan lucrativo que sus beneficios sufragaban los gastos del programa de investigación sin necesidad de la ayuda del estamento militar. Berrington regresó al mundo académico y Jim pasó del ejército a la CIA y después ingresó en el Senado.
– Yo no digo que estuviésemos equivocados… -dijo Preston-, aunque algunas de las cosas que hicimos eran contrarias a la ley. Berrington no deseaba que sus dos compañeros adoptasen posiciones concentradas exclusivamente en aquel asunto. Intervino, manifestando en tono tranquilo: -Lo irónico es que se demostró que era imposible procrear ciudadanos perfectos. Todo el proyecto circulaba por una vía errónea. La procreación natural era demasiado inexacta. Pero fuimos lo bastante inteligentes como para ver las posibilidades de la ingeniería geneático.
– En aquellas fechas nadie había oído hablar siquiera de esas malditas palabras -rezongó Jim mientras cortaba un trozo de filete.
Berrington asintió.
– Jim tiene razón, Preston. Debemos estar orgullosos, no avergonzados, de lo que hicimos. Si piensas en ello, te das cuenta de que realizamos un milagro. Nos asignamos la tarea de averiguar si determinados rasgos, como inteligencia y agresividad, son genéticos; acto seguido, llevamos a cabo la identificación de los genes responsables de esos rasgos; y, por último, los convertimos en embriones en tubos de ensayo… ¡y estuvimos a dos dedos del éxito!
Preston se encogió de hombros.
– Toda la comunidad de la biología humana ha estado trabajando con la misma agenda…
– No del todo. Nosotros teníamos nuestro punto de mira bien enfocado y colocábamos nuestras apuestas lo que se dice cuidadosamente.
– Eso es verdad.
Los dos amigos de Berrington, cada uno a su modo particular, se estaban desahogando. Eran muy previsibles, pensó Berrington con afecto: quizá todos los viejos amigos siempre lo son. Jim había vociferado y Preston había gimoteado. Ahora estaban ya lo bastante tranquilos como para echar una mirada objetiva a la situación.
– Esto nos envía de nuevo a Jeannie Ferrami -dijo Berrington-. En cuestión de uno o dos años, esa mujer puede decirnos cómo crear personas agresivas sin que se conviertan en criminales. Las últimas piezas del rompecabezas empiezan a encajar en su sitio. El traspaso a la Landsmann nos brinda la oportunidad de acelerar el programa, así como también la ocasión de implantar a Jim en la Casa Blanca. Este no es el momento de echarnos atrás.
– Todo eso está muy bien -dijo Preston-. Pero ¿qué vamos a hacer? La organización Landsmann tiene un maldito código ético, ya lo sabes.
Berrington se tragó un par de brusquedades.
– Lo primero es meternos en la cabeza la idea de que aquí no tenemos una crisis, sólo un problema -dijo-. Y ese problema no es la Landsmann. Sus contables no descubrirán la verdad ni aunque se pasen cien años examinando nuestros libros. Nuestro problema es Jeannie Ferrami. Hemos de impedir que averigüe más detalles, al menos hasta el lunes que viene, cuando firmemos los documentos del traspaso.