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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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No sentía aprecio por los franceses. La guerra -la Gran Guerra- estaba aún demasiado fresca en mi memoria como para que me gustasen, pero sentía pena por ellos ahora que eran ciudadanos de segunda en su propio país. Les prohibían la entrada a los mejores hoteles y restaurantes. Maxim's estaba bajo dirección alemana. En el metro de París los vagones de primera clase estaban reservados a los alemanes; y los franceses, para quienes comer bien era como una religión, tenían la comida racionada y tenían que hacer largas colas para comprar pan, vino, carne y cigarrillos. Por supuesto, si eras alemán no sufrías escaseces. Y disfruté de una excelente cena en Lapérouse, un restaurante del siglo XIX que se parecía más a un prostíbulo que los propios prostíbulos.

Al día siguiente Paul Kestner me estaba esperando en el vestíbulo del Lutétia, tal como habíamos acordado. Nos dimos la mano como viejos amigos y admiramos nuestros uniformes. Los oficiales alemanes lo hacían mucho en 1940, sobre todo en París, donde ir bien vestido parecía importar más.

Kestner era alto y delgado, y tenía los hombros redondeados, como si hubiera pasado mucho tiempo sentado tras una mesa. Era casi completamente calvo, y unas cejas oscuras suavizaban sus facciones cuadradas. Llevaba la integridad grabada en el rostro y resultaba difícil creer que un hombre con una barbilla tan cuadrada como la Puerta de Brandemburgo hubiera sido capaz de traicionarnos impunemente a la policía y a mí. Kestner tenía una cabeza digna de aparecer impresa en un billete suizo, pero yo me había pasado gran parte de mi viaje en tren desde Berlín considerando la idea de meterle una bala en esa cabeza. Los agentes de Heydrich habían hecho bien su trabajo. El expediente que me dio en el coche contenía una copia de la carta anónima que Kestner había enviado a la Mesa Judía denunciándome como un Mischling, y una muestra de la escritura -idéntica- del propio Kestner, quien, algo muy conveniente, también había firmado la carta. Incluso había una foto tomada en marzo de 1925 -antes de que se incorporase a la policía de Berlín- en la que se veía a Kestner vestido con un uniforme del Partido Comunista y subido en un autobús electoral del KPD, con una pancarta sobre el hombro donde se podía leer VOTAD A THÁLMANN. Mientras le sonreía, estrechaba su mano y le hablaba de los viejos tiempos que habíamos compartido, deseaba darle un puñetazo en los dientes, y la única cosa que me impedía hacerlo era el afecto que aún sentía por su hermana pequeña.

– ¿Cómo está Traudl? -pregunté-. ¿Ha acabado los estudios de Medicina?

– Sí. Ahora es doctora. Trabaja en algo relacionado con la Fundación de Caridad para la Salud y la Atención Institucional. Una clínica en Austria financiada por el gobierno.

– Tendrás que darme su dirección -dije-. Así podré enviarle una tarjeta postal desde París.

– Es el Schloss Hartheim -me explicó-. En Alkoven, cerca de Linz.

– Espero que no muy cerca de Linz. Hitler es de Linz.

– El mismo Bernie Günther de siempre.

– No del todo. Te olvidas del sombrero de pirata que llevo. -Toqué la calavera y las tibias cruzadas de plata en la gorra gris de oficial.

– Eso me recuerda una cosa. -Kestner miró su reloj-. Tenemos una cita a las once con el coronel Knochen en el Hotel du Louvre.

– ¿No está aquí, en el Lutétia?

– No. El coronel Rudolf de la Abwehr se hace cargo del Lutétia. A Knochen le gusta dirigir su propia función. La mayor parte del SD se aloja en el Hotel du Louvre, al otro lado del río.

– Me pregunto por qué me han alojado aquí.

– Es posible que para cabrear a Rudolf -opinó Kestner-. Dado que, sin duda, no sabe nada de tu misión. Por cierto, Bernie, ¿cuál es tu misión? En Prinz Albrechtstrasse se han mostrado bastante herméticos respecto a qué estas haciendo en París.

– ¿Recuerdas a aquel comunista que asesinó a dos policías en Berlín en 1931? ¿Erick Mielke?

Kestner tuvo el mérito de no parpadear siquiera al escuchar ese nombre.

– Vagamente -dijo.

– Heydrich cree que está en un campo de concentración francés, en algún lugar al sur del país. Mis órdenes son encontrarlo, traerlo a París y disponer su traslado a Berlín, donde será sometido a juicio.

– ¿Nada más?

– ¿Qué otra cosa podría haber?

– Sólo que podríamos haberlo organizado por nuestra cuenta, sin que tuvieses que venir a París. Ni siquiera hablas francés.

– Te olvidas de una cosa, Paul. Conocí a Mielke. Si se ha cambiado el nombre, lo cual parece probable, yo podría identificarlo.

– Sí, por supuesto. Ahora lo recuerdo. Se nos escapó por los pelos en Hamburgo, ¿no?

– Así es.

– Parece demasiado esfuerzo por un solo hombre. ¿Estás seguro de que no hay algo más?

– Lo que Heydrich quiere, lo consigue.

– Entendido -dijo Kestner-. Bien, ¿caminamos un poco? Hace un bonito día.

– ¿Es seguro?

Kestner se rió.

– ¿Lo dices por los franceses? -Se rió de nuevo-. Déjame que te diga una cosa de los franceses, Bernie. Sabemos que les interesa llevarse bien con nosotros, los fridolin. Es así como nos llaman. Muchos de ellos están encantados de tenernos aquí. Son incluso más antisemitas que nosotros. -Sacudió la cabeza-. No. No tienes por qué preocuparte de los franceses, amigo mío.

A diferencia de Kestner, yo no hablaba ni una palabra de francés, pero era fácil orientarse en París. Había indicaciones en alemán en todas las esquinas. Era una pena que no tuviese alguna indicación similar en mi cabeza; podría haberme ayudado a decidir qué hacer con Kestner.

El francés de Kestner sonaba perfecto en mis oídos de fridolin, es decir, que hablaba como un francés. Su padre era un farmacéutico que, disgustado por el caso Dreyfus, había abandonado Alsacia para irse a vivir a Berlín. En aquellos días Berlín era un lugar más tolerante que Francia. Paul Kestner sólo tenía cinco años cuando fue a vivir a Berlín pero, durante el resto de su vida, su madre siempre le habló en francés.

– Es así como conseguí este puesto -comentó mientras caminábamos en dirección norte, hacia el Sena.

– Nunca creí que fuese por amor al arte.

El Hotel du Louvre, en la Rue de Rivoli, era más antiguo que el Lutétia pero no muy diferente, con cuatro fachadas, varios centenares de habitaciones y una merecida fama internacional de establecimiento lujoso. Era la elección natural para la Gestapo y el SD. Las medidas de seguridad eran tan extremas como en el Lutétia y nos obligaron a firmar en una sala de guardia improvisada, instalada en la puerta principal. Un ordenanza de las SS nos escoltó a través del vestíbulo y unas escaleras hasta los salones donde el SD había establecido sus oficinas temporales. Nos hicieron pasar a un elegante salón con una mullida alfombra roja y una serie de murales pintados a mano. Nos sentamos a una larga mesa de caoba y esperamos. Pasaron unos pocos minutos antes de que tres oficiales del SD entrasen en la habitación. Reconocí a uno de ellos.

La última vez que había visto a Herbert Hagen había sido en 1937, en El Cairo, donde él y Adolf Eichmann intentaban establecer contacto con Haj Amin, el gran muftí de Jerusalén. Por aquel entonces Hagen era un sargento de las SS, y bastante incompetente, por cierto. Ahora era comandante y ayudante del coronel Helmut Knochen, un lúgubre oficial de unos treinta años; más o menos la misma edad de Hagen. El tercer oficial, también un comandante, era mayor que los otros dos, con gafas de montura gruesa y un rostro tan delgado y gris como la insignia de su gorra. Su nombre era Karl Bomelburg. Pero fue Hagen quien llevó la voz cantante de la reunión. En seguida fue al grano, sin hacer ninguna referencia a nuestro anterior encuentro. A mí ya me iba bien.

– El general Heydrich nos ha ordenado que le prestemos toda la ayuda posible para visitar los campos de refugiados en Le Vernet y Gurs -dijo-. Para facilitar la detención del asesino comunista que está buscando. Pero debe tener en cuenta que estos campos aún están bajo el control de la policía francesa.

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