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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– La guerra se ha acabado -dije-. Yo diría que sus oportunidades para dejar fríos a unos cuantos franceses, como usted dice, son muy limitadas. Se han rendido.

– Oh, yo creo que aún quedan algunos que todavía tienen ganas de luchar, ¿usted no? Terroristas. Tendremos que enfrentarnos a ellos. Si oye alguna cosa en ese sentido, señor, quizá podría hacérmelo saber. Tengo muchas ganas de progresar. Y de abandonar mi trabajo actual. -Volvió a mostrar su sonrisa de reptil y palmeó el maletín que reposaba en el asiento, a su lado-. Hasta entonces -añadió-, quizá pueda hacerle un favor.

– ¿Ah sí? ¿Cómo?

– En este maletín tengo una lista de unos trescientos restaurantes y setecientos hoteles de París que han sido declarados ilegales debido a la prostitución, y otra lista de unos treinta que tienen autorización oficial. No es que hagan mucho caso de estas advertencias. Sé por experiencia que ni todas las leyes del mundo detendrán a un tipo que tiene ganas de echar un polvo, o a una prostituta que esté dispuesta a permitírselo. En cualquier caso, según mi ponderada opinión, si un hombre estuviese buscando pasarlo bien en París, sería mejor para él acudir al Hotel Fairyland en la Place Blanche, en Pigalle, que a otros sitios. Según la Prefectura de Policía de la Rue de Lutèce, las chicas que trabajan en el Fairyland están limpias de enfermedades venéreas. Uno se podría preguntar cómo lo saben, y creo que la respuesta más sencilla es que se trata de París, y por supuesto, la policía lo sabe. -Se encogió de hombros-. En cualquier caso, pensé que a usted le gustaría saberlo, señor. Antes de que se corra la voz.

– Gracias, teniente. No lo olvidaré. Pero creo que voy a estar demasiado ocupado como para buscarme más problemas. Verá, debo resolver un caso. Un caso antiguo, y supongo que me espera bastante trabajo. Cualquier otra cosa queda descartada. Es posible que todavía me distraiga más de lo que parece razonable, incluso en París. Me gustaría decirle más pero no puedo, por razones de seguridad. Verá, voy tras un tipo que ya escapó de mí anteriormente, y no tengo la intención de permitir que eso vuelva a ocurrir. Aunque me pusieran a Michelle Morgan en mi habitación del hotel, me comportaría como un caballero.

Willms mostró de nuevo su sonrisa de serpiente, la que probablemente utilizaba cuando quería que alguna pobre puta le permitiese follar gratis. Sabía cómo eran los tipos de su sección. Aunque me resultara odioso, reconocía que podría llegar a serme útil en mi misión y supuse que podría encargarle algún trabajo. Tenía una carta de Heydrich que obligaba a cualquier oficial a prestarme su total cooperación. Pero no le hice ninguna oferta. No lo hice porque no hay que coger una serpiente a menos que de verdad la necesites.

Llegamos a la Gare de L'Est de París a última hora de la tarde. Presenté mi autorización para utilizar un taxi a un suboficial con cara de salchicha y éste señaló un coche militar ocupado ya por otro oficial. Escaseaba la gasolina y, dado que íbamos a alojarnos en el mismo hotel al otro lado del río, nos vimos obligados a compartir un conductor, un cabo de las SS de Essen que intentó contener nuestra impaciencia por llegar al hotel advirtiéndonos que el límite de velocidad era sólo de cuarenta kilómetros por hora.

– Y por la noche es peor -añadió-. Entonces sólo son treinta, lo cual es una locura.

– Sin duda es más seguro de esa manera -opiné-. Debido a la oscuridad.

– No, señor -contestó el cabo-. Por la noche es cuando esta ciudad despierta. Es entonces cuando las personas realmente quieren ir a los sitios. A los sitios importantes.

– ¿Adónde, por ejemplo? -preguntó el oficial, un teniente de la marina que estaba asignado a la Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán.

– Esto es París, señor -afirmó el chófer con una sonrisa-. Aquí sólo hay un asunto de verdadera importancia, señor, a juzgar por el número de oficiales del Estado Mayor que acompaño a visitar a sus «asuntos», señor. La única actividad en París que florece más que nunca, señor, es el asunto de las relaciones hombre-mujer, señor. En otras palabras, la prostitución. Esta ciudad está llena. Cualquiera creería que los alemanes que llegan aquí no habían visto nunca una chica, por la manera en que se comportan.

– ¡Dios bendito! -exclamó el teniente de la Abwehr, cuyo nombre era Kurt Boger.

– Y pronto llegaran muchos refuerzos alemanes que ya deben estar en camino -prosiguió el conductor-. Mi consejo es que se busquen una bonita novia y la disfruten gratis. Pero, si van cortos de tiempo, los mejores prostíbulos en la ciudad son la Maison Chabanais, en el número doce de la Rue Chabanais, y el One-Two-Two, en la Rue de Provence.

– Oí que el Fairyland es un buen lugar -dije.

– No, eso es una basura señor. Con el debido respeto. Él que se lo dijo estaba meando fuera del tiesto. El Fairyland es un asco. Ni se le ocurra acercarse por allí, señor, no vaya a ser que acabe pillando una gonorrea, y perdone que se lo diga. Maison Chabanais es sólo para oficiales. Madame Marthe dirige una casa con mucha clase.

Boger, que no se parecía en nada al típico marinero, sacudía la cabeza y soltaba exclamaciones de desagrado.

– Pero estarán muy bien en el Hotel Lutétia -dijo el chófer, y cambió de tema-. Es un hotel muy respetable. Allí no hay nada turbio.

– Me tranquiliza oírlo -afirmó Boger.

– Los mejores hoteles han sido ocupados por nosotros, los alemanes -prosiguió el cabo-. Los mandos del Estado Mayor, con sus listas rojas en los pantalones, y los grandes jefazos del partido se alojan en el Majestic y el Crillon. Pero creo que ustedes dos estarán mejor aquí, en la ribera izquierda.

Las medidas de seguridad en los alrededores del Lutétia eran rigurosas. Habían establecido una zona protegida con sacos terreros y barreras de madera colocadas alrededor del hotel, y varios centinelas armados vigilaban la entrada, para asombro de los porteros y botones del hotel. El acceso a la zona estaba prohibido, salvo para los vehículos militares alemanes. No había mucho tráfico, porque lo último que hizo el ejército francés antes de abandonar la ciudad a su suerte, fue pegarle fuego a varios depósitos de combustible para impedir que cayesen en nuestras manos. Pero era obvio que el metro de París continuaba funcionando. Notabas las vibraciones bajo los pies, en el vestíbulo del hotel. No es que fuese fácil verse los pies; estaba repleto de oficiales alemanes dando vueltas -SS, RSHA, Abwehr, la Policía Secreta Militar (GFP)-, y todos se pisaban los pies a paso de ganso porque nadie, que yo supiese, había determinado a ciencia cierta dónde acababan las responsabilidades de un servicio de seguridad y comenzaban las de otro. No era lo que se dice Babel, pero había muchísima confusión. A la hora de apartar a los hombres del temor de Dios para someterlos a una constante dependencia de su propio poder, Hitler era un Nimrod bastante convincente.

El personal del Lutétia estaba tan confundido como nosotros. Cuando le pregunté a un empleado de habla alemana que identificase la cúpula que se veía desde mi ventana me dijo que no estaba seguro. Llamó a una doncella para que se acercase a la ventana y discutieron el asunto durante un par de minutos antes de decidir, por fin, que la cúpula pertenecía a la iglesia de Les Invalides, donde estaba enterrado Napoleón. Un poco más tarde descubrí que en realidad se trataba de la cúpula del Panteón, que estaba en dirección opuesta. Por lo demás, el servicio del Lutétia era bueno, aunque no se podía comparar con el Adlon de Berlín. Y no pude por menos que comparar favorablemente mi actual alojamiento francés con el que había soportado durante la Gran Guerra. Sábanas limpias y planchadas y un bar bien provisto suponían un cambio muy agradable respecto a una trinchera inundada y un sucedáneo de café. La experiencia era tan grata que estuve casi a punto de convertirme en un nazi.

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