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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– ¿Rango?

– Hauptmann.

– ¿Alguna medalla?

– La Cruz de Hierro con Citación Real. Medalla de participación en la Gran Guerra con espadas e insignia de herido. Ya está.

– ¿Pantalones de vestir o de montar?

Me encogí de hombros.

– Los dos -dijo-. ¿Daga de ceremonia?

Sacudí la cabeza.

– ¿Medida del sombrero?

– Sesenta y dos centímetros.

Holters asintió.

– Haremos que Hoffmanns, de Gneisenaustrasse, nos envíe un par para que se los pueda probar. Mientras tanto, si quiere quitarse la chaqueta, le tomaré las medidas. -Miró un pequeño almanaque en la pared-. El general Heydrich siempre va con prisas.

– Sí, y no es buena idea estar en desacuerdo con él -admití, y me quité la chaqueta-. Conozco esa sensación. Cuando se trata de Heydrich, su brazal negro puede ser contagioso.

Después de que me tomasen las medidas, cuando salía por la puerta, me tropecé con Elisabeth Dehler, que venía a la tienda con la caja de un uniforme bajo el brazo. No la había vuelto a ver desde aquella noche de 1931, cuando se enfadó conmigo porque me presenté en su apartamento y le pedí la dirección de Mielke. Pero me saludó con afecto, como si se hubiese olvidado de aquello, y aceptó acompañarme a tomar un café después de entregarle el uniforme a Herr Holters.

La esperé a la vuelta de la esquina, en Miericke, en la Ranke Strasse, donde servían la mejor tarta de chocolate de Berlín. Cuando llegó, me dijo que desde el comienzo de la guerra casi no tenía tiempo para hacer vestidos; todos querían que hiciese uniformes.

– Esta guerra se ha acabado antes de haber comenzado -le dije-. Dentro de nada estarás de nuevo haciendo vestidos.

– Espero que tengas razón -contestó-. De todos modos, supongo que estás aquí, en Holters, por ese motivo. Para que te hagan un uniforme.

– Sí. Tengo que llevar a cabo una misión en París la semana que viene.

– París. -Cerró los ojos por un momento-. Lo que daría yo por ir a París.

– ¿Sabes?, hace una hora estaba pensando en ti.

Ella hizo una mueca.

– No te creo.

– De verdad. Pensaba en ti.

– ¿Por qué?

Me encogí de hombros. No tenía ningún interés en decirle que me enviaban a París para detener a su viejo amigo Eric Mielke y que por esa razón había pensado en ella.

– Oh, sólo estaba pensando que sería agradable verte de nuevo, Elisabeth. Quizá cuando vuelva de París podamos ir al cine juntos.

– Creí que habías dicho que te ibas a París la semana que viene.

– Así es.

– ¿Entonces qué tiene de malo ir a ver una película esta semana?

– Ya que estamos en ello, ¿qué tiene de malo ir esta noche?

Ella asintió.

– Pásame a buscar a las seis -dijo, y me besó en la mejilla. Al salir del café añadió-: Ah, casi me olvido. Ahora vivo en otra parte.

– Con razón no podía encontrarte.

– Como si lo hubieses intentado. Motzstrasse número 28. Primer piso. Mi nombre está junto al timbre.

– Estoy deseando apretarlo.

16

FRANCIA, 1940

Al menos no era un uniforme negro. Pero en la Anhalter Bahnhof, mientras esperaba el tren del Reich Bahn a primera hora de aquella mañana de julio, me sentía extrañamente incómodo vestido como un capitán de la Sipo, pese a que casi todos los demás vestían también de uniforme. Era como si hubiese firmado un pacto de sangre con el propio Hitler. Se daba el caso de que en esta ocasión el gran Mefistófeles había decidido no viajar a la capital francesa. La Gestapo había descubierto por lo menos dos conspiraciones para matarlo durante su estancia en París, y en el tren se comentaba que Hitler ya había regresado de una visita en avión a la recién conquistada joya de su corona, vía Le Bourget, el 23 de julio. En consecuencia, si bien el tren en que viajábamos era muy lujoso en muchos aspectos -después de todo viajaban en él muchos generales de la Wehrmacht- no era el Amerika, el tren especial que llevaba el cuartel general del Führer y que, según todos decían, era la última palabra en comodidad de la clase Pullman. Este tren de tan curioso nombre -quizás era un juego de palabras inspirado en la canción de Herms Niel, que había cantado en la oficina de Heydrich- estaba, al parecer, de vuelta en el taller de reparaciones de Tempelhof, en el sudoeste de Berlín. A mí también me hubiera estado quedarme allí, sobre todo después de haberme encontrado de nuevo con Elisabeth. Aunque una pequeña parte de mí esperaba con interés ver París, sentía una evidente falta de entusiasmo hacia mi misión. Muchos agentes de la Sipo hubiesen aprovechado un viaje con todos los gastos pagados a la ciudad más elegante del mundo, y una dosis de crímenes por el camino no les hubiese preocupado lo más mínimo. En aquel tren viajaban algunos tipos que parecía como si llevasen asesinando gente desde 1933. Incluido el personaje que estaba sentado delante de mí, un Untersturmführer de las SS; un teniente al que apenas reconocí de la jefatura de policía en Alexanderplatz.

Sin embargo, sus pequeños ojos de rata ya se habían fijado en mí.

– Perdón, señor -dijo con exquisita cortesía-. ¿No es usted el inspector jefe Günther? ¿De la brigada de Homicidios?

– ¿Nos conocemos?

– Trabajaba en la brigada contra el Vicio, en el Alex, cuando le vi por última vez. Me llamo Willms. Nikolaus Willms.

Asentí en silencio.

– No es tan atractivo como Homicidios -precisó-. Pero tiene sus momentos.

Sonrió sin sonreír, con la expresión de una serpiente cuando abre la boca para tragarse algo. Era más bajo que yo, pero tenía aspecto de ser un hombre ambicioso, capaz de tragarse algo mucho más grande que él.

– ¿Qué le lleva a París? -pregunté, sin mucho interés.

– No es mi primer viaje -respondió-. He estado allí durante las dos últimas semanas. Sólo vine a Berlín para ocuparme de un asunto familiar.

– ¿Todavía tiene trabajo que hacer allí?

– Hay mucho vicio en París, señor.

– Eso me han dicho.

– Aunque, con un poco de suerte, no seguiré en esta sección durante mucho tiempo.

– ¿No?

Willms sacudió la cabeza. Era pequeño pero poderoso, y estaba sentado con las piernas separadas y los brazos cruzados, como si estuviese mirando un partido de fútbol.

– Después de la escuela del SD en Bernau -explicó-, me enviaron a realizar un exclusivo curso de liderazgo en Berlín-Charlottenburg. Fueron las personas que dirigían el curso quienes me buscaron este destino. Verá, hablo un francés fluido. Soy del Trier.

– Lo he notado en su acento. Francés. Imagino que le resulta muy útil en su trabajo.

– Para ser sincero con usted, señor, es un trabajo bastante aburrido. Me gustaría hacer algo más emocionante que ocuparme de un montón de putas francesas.

– Hay unos quinientos soldados en este tren que no estarían de acuerdo con usted, teniente.

Sonrió, esta vez con una sonrisa más correcta, mostrando los dientes, sólo que tampoco funcionó como se supone que debería funcionar una sonrisa.

– ¿Qué es lo que le gustaría hacer?

– Mi padre murió en la guerra -explicó Willms-. En Verdún. Lo mató un francotirador francés. Yo tenía dos años cuando ocurrió. Así que siempre he odiado a los franceses. Odio todo lo que tenga que ver con ellos. Supongo que me gustaría tener la oportunidad de hacerles pagar por lo que me hicieron. Por arrebatarnos a mi papá, por vivir una infancia miserable. Mi familia tendría que haber dejado Trier, pero no pudimos permitírnoslo. Nos quedamos. Mi madre y mis hermanas nos quedamos en Trier y fuimos odiados. -Asintió, pensativo-. Me gustaría trabajar para la Gestapo en París. Hacerles pasar un mal rato a los franchutes. Dejar fríos a unos cuantos, ya sabe a lo que me refiero, señor.

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