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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– ¿Usted haría eso por mí?

– Lo único que necesito de usted es un poco de información.

Me sonrió con coquetería.

– ¿Se refiere al hombre que intentó matarle?

– ¿Ve lo que le decía? Sabía que es demasiado inteligente para estar limpiando lavabos.

– Inteligente, sí. Pero también estoy confusa. ¿Por qué un oficial alemán querría asesinar a otro? Después de todo, Alemania avanza victoriosa por todas partes.

Sonreí. Me gustaba su estilo.

– Es lo que pretendo averiguar, señorita…

– Matter. Renata Matter. -Asintió-. De acuerdo, comandante.

– Capitán. Capitán Bernhard Günther.

– Quizá le asciendan. Si no le matan antes.

– Siempre cabe la posibilidad. Por desgracia, creo que es mucho más difícil que me asciendan a que me maten. -Comencé a toser de nuevo y continué haciéndolo para aumentar el efecto teatral; al menos, eso es lo que me dije.

– Le creo. -Renata me sirvió un vaso de agua. Se movía con gracia, como una bailarina. También lo parecía por ser pequeña y delgada. Su pelo era oscuro y muy corto, un poco masculino quizá, pero me gustaba. Lo que antes veía en ella como una apariencia hogareña, ahora me parecía un signo de belleza juvenil muy natural.

Me bebí el agua.

– ¿Qué le hace pensar que alguien intentó matarme?

– Que no tendría que haber un extintor de incendios en su habitación.

– ¿Sabe dónde está ahora?

– El director, monsieur Schreider, se lo llevó.

– Es una pena.

– Hay otro idéntico en la pared del pasillo. ¿Quiere que se lo traiga?

Asentí, y ella salió de mi habitación y regresó al cabo de un momento con un extintor de latón. Fabricado por la Pyrene Manufacture Company de Delaware, tenía una bomba de mano integrada que se utilizaba para expeler un chorro de líquido hacia el fuego y contenía unos nueve litros de tetracloruro de carbono. El recipiente no estaba presurizado y se rellenaba con una nueva carga química después de su uso a través de una boca cerrada con tapón de rosca.

– Cuando le encontré a usted, habían quitado el tapón -me explicó-, y el extintor estaba colocado junto a su cama. Vertieron los productos químicos sobre la alfombra, debajo de su nariz. En otras palabras, parecía intencionado.

– ¿Se lo mencionó a alguien más?

– Nadie me lo preguntó. Todos creen que fue un accidente.

– Por su propia seguridad, sería mejor que continuasen creyendo lo mismo, Renata.

Ella asintió.

– ¿Vio a alguien entrar o salir de mi habitación? ¿O rondando por el pasillo?

Renata pensó por un momento.

– No lo sé. Para ser sincera, como todos van vestidos de uniforme, todos los alemanes parecen iguales.

– Pero no todos ellos son tan guapos como yo, ¿verdad?

– Eso es cierto. Quizá por eso intentaron matarle. Por envidia.

Sonreí.

– Nunca se me habría ocurrido pensar en ello. Como motivo, quiero decir.

Ella exhaló un suspiro.

– Escuche, hay algo que no le he dicho. Y quiero que me dé su palabra de que mantendrá mi nombre fuera de este asunto, sea lo que sea lo que vaya a hacer usted. No quiero tener problemas.

– No se preocupe, todo irá bien -prometí-. Cuidaré de usted.

– ¿Y quién cuidará de usted? Quizás era todo un campeón cuando entró en este hotel, pero ahora mismo tiene aspecto de necesitar un buen cuidador en su rincón del ring.

– De acuerdo. La mantendré fuera de este asunto. Le doy mi palabra.

– De oficial alemán.

– ¿De qué vale eso después de Múnich?

– Bien dicho.

– ¿Le sirve mi palabra como la de alguien que detesta a Hitler y a todo lo que representa, incluido este ridículo uniforme?

– Eso está mucho mejor -admitió.

– ¿Y que desearía que el ejército alemán nunca hubiese cruzado el Rin? Excepto por una cosa.

– ¿Qué es?

– No la hubiese conocido a usted, Renata.

Ella se rió y desvió la mirada por un momento. Vestía un uniforme negro y un pequeño delantal blanco. Con un titubeo, metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un tapón de latón del tamaño de un corcho de botella de champagne. Me lo dio y dijo:

– Encontré esto. El tapón del extintor de su habitación. Estaba en la papelera del hombre de la habitación cincuenta y cinco.

– Buena chica. ¿Puede averiguar el nombre del oficial que se aloja en la cincuenta y cinco?

– Ya lo he hecho. Su nombre es teniente Willms. Nikolaus Willms. -Hizo una pausa-. ¿Lo conoce?

– Lo vi por primera vez en el tren de Berlín. Es un poli especializado en la lucha contra el vicio. Odia a los franceses. Tiene el rostro de un encantador de serpientes, sólo que sin el encanto. Es casi lo único lo que sé de él. No puedo imaginar por qué querría asesinarme. No tiene sentido.

– Quizá cometió un error. Se equivocó de habitación.

– Las farsas francesas de Georges Feydeau por lo general no incluyen el asesinato.

– ¿Qué piensa hacer ahora?

– De momento nada. Tengo que marcharme de París por unos días. Quizá se me ocurra algo cuando regrese. Mientras tanto, ¿le gustaría ganar un poco más de dinero alemán?

– ¿Haciendo qué?

– ¿Vigilándolo?

– ¿Qué se supone que debo buscar?

– Es una chica inteligente. Ya lo sabrá. Encontró el tapón del extintor, ¿no? Pero tenga en cuenta que es un tipo peligroso, y no corra ningún riesgo. No quisiera que le sucediese nada.

Cogí su mano y, para mi sorpresa, me permitió besársela.

– Si no temiera echarme a toser, la besaría a usted.

– Entonces será mejor que lo haga yo.

Me besó y, dada mi débil condición, la dejé hacerlo. Pero al cabo de unos segundos necesité tomar aire. Entonces dije:

– Cuando me puso la inyección esta mañana, el médico me avisó de que podría sentirme así. Un poco eufórico. Como si fuese Napoleón.

Me apreté con fuerza contra su vientre.

– Es demasiado grande para ser Napoleón. -Me besó otra vez y añadió-. Y demasiado alto.

19

FRANCIA 1940

Le Bourget estaba a unos diez kilómetros al norte de París. Yo también. Es extraño lo bien que sientan física y mentalmente un par de besos. Era como una nueva versión de un cuento de hadas en el que el príncipe durmiente fuera rescatado por una valiente princesa. Claro que también podría ser por el efecto de la droga.

A la entrada del aeródromo se levantaba una estatua de una mujer desnuda sobre un plinto de piedra gris. Pretendía conmemorar el vuelo de Lindbergh a través del Atlántico, pero el único recuerdo que permanecía vivo en mi cabeza era la sensación del cuerpo de Renata y el aspecto que tendría si alguna vez conseguía verla sin su uniforme de doncella.

Los tres -Kestner, Bomelburg y yo- viajábamos apretujados en el asiento trasero del coche, como una colección de polillas marrones. Delante iban el chófer de las SS y un apuesto joven, inspector jefe de la Prefectura de Policía de París. Mientras nos dirigíamos hacia el edificio de la terminal del aeropuerto, un cuatrimotor FW Cóndor aterrizaba en la pista.

– ¿Quién crees que es ése? -preguntó Kestner.

– Es el doctor Goebbels -contestó Bomelburg-. Para imitar al Führer, viene a visitar París. Sin duda, está aquí para crear problemas.

Nos vimos obligados a permanecer en nuestro coche por razones de seguridad hasta que el Mahatma Propagandi dejó el aeropuerto en un enorme Mercedes beis. Lo vislumbré al pasar su coche junto al nuestro. Parecía un enano maligno en su mejor versión.

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