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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Héctor y Leire pasearon hasta la Diagonal casi sin proponérselo. Inconscientemente buscaban luz, tráfico, sensación de vida. Ella sabía que Tomás la esperaba pero no se sentía con ánimos de hablar con él. Héctor retrasaba el momento de llamar a Joana para contarle lo sucedido porque no sabía muy bien qué decirle y necesitaba aclarar sus ideas. Tampoco le apetecía en absoluto volver a su piso; tenía la sensación de que en ese espacio, antaño acogedor, podían aguardarle ahora sorpresas atroces. La visión de sí mismo golpeando sin piedad a aquel bastardo no era fácil de olvidar, ni amable de recordar.

– Vi lo que me dejaste sobre las llamadas de Aleix Rovira -dijo él. Y pasó a contarle su charla con Óscar Vaquero: las sospechas de que Aleix podía estar pasando cocaína guardaban relación con las llamadas a aquel camello de poca monta, el tal Rubén. Más curiosas resultaban las llamadas a Regina Ballester, pensó Héctor. Prosiguió sin darle tiempo a decir nada, hablando consigo mismo a la vez que para ella-: Creo que empiezo a hacerme una idea de lo que sucedió esa noche. Era la verbena, un buen día para los negocios de Aleix. Gina nos dijo que llegó más tarde, así que ya debía de haber vendido algo, pero seguro que tenía más. Fue recibiendo llamadas, y si asumimos que se dedicaba a eso, tenían que ser de posibles clientes. Pero no contestó a ninguna. Y si lo que dice su hermano es cierto, volvió a su casa tan pronto como se fue de la de Marc. Si hubo una pelea, y la sangre en la camiseta de Marc lo deja bastante claro, es posible que la coca fuera el motivo de la discusión. O, como mínimo, formara parte de ella.

Leire seguía su razonamiento.

– ¿Quiere decir que ellos se pelearon y Marc se deshizo de la cocaína? Eso explicaría por qué Aleix no contestó a las llamadas de sus clientes. Pero ¿por qué se pelearían? Gina nos habló de una discusión; dijo que Marc había vuelto cambiado de Irlanda, que no era el mismo… Pero tuvo que existir una razón más importante, algo que motivara que Marc se enfrentara a Aleix y se vengara de él deshaciéndose de la cocaína.

– Aleix los había dominado a ambos. Y Marc se rebeló.

– ¿Está sugiriendo que Aleix pudo volver a casa de Marc y ajustar cuentas con él? ¿Y luego matar a Gina, fingiendo un suicidio, para que ella no le delatara?

– Sugiero que no deberíamos llegar a ninguna conclusión hasta interrogar a ese chico como Dios manda. También sugiero que le tendamos una pequeña trampa a su amigo Rubén. Quiero tenerlos a ambos cogidos por los huevos. -Hizo una pausa y prosiguió-: Y luego tenemos a Iris. En el mensaje de Joana, en el móvil de Marc, y ahora en su blog. Es como un fantasma.

– Un fantasma que aparecerá pasado mañana. -Leire suspiró. Estaba agotada. Notó que sus músculos empezaban a relajarse tras la tensión acumulada en casa de los Martí.

– Sí. Es tarde, y mañana nos espera un día duro. -La miró con afecto-. Deberías descansar.

Tenía razón, pensó ella, aunque intuía que le iba a costar conciliar el sueño esa noche. Sin saber muy bien por qué, empezaba a sentirse a gusto con ese tipo tranquilo, algo taciturno pero a la vez sólido. Sus ojos castaños insinuaban un poso de tristeza, sí, pero no de amargura. De sana melancolía, si es que eso significaba algo.

– Sí. Tengo que ir a por la moto.

– Claro. Nos vemos mañana -dijo él. Se alejó unos pasos, pero de repente se volvió para llamarla, como si hubiera recordado algo importante-. Leire, antes me preguntaste si creía que Gina había matado a Marc por amor. Nunca se mató a nadie por amor, eso es una falacia de los tangos. Sólo se mata por codicia, despecho o envidia, créeme. El amor no tiene nada que ver con eso.

Capítulo 22

Héctor entró en su despacho como si fuera un intruso. No había tenido ánimos de volver a su casa y había decidido ir a comisaría, a leer el blog de Marc Castells. Intentó sacudirse de encima la sensación de estar haciendo algo que no debía, pero no lo logró del todo. Puso en marcha su ordenador, recordó su contraseña -kubrick7-, y tecleó la dirección del blog de Marc Castells en el navegador, mientras pensaba en la falta de pudor que delataban esos diarios del siglo veintiuno. Los antiguos, los de papel, eran algo privado, algo que sólo leía el interesado y en los que, por tanto, podía volcar todos sus secretos. Ahora la vida privada se exhibía en la red, lo cual, estaba seguro, imponía cierta censura a la hora de escribir. Si uno no podía ser absolutamente sincero, ¿para qué molestarse en escribirlo? ¿Eran una llamada de atención al mundo? ¡Eh, escuchad, mi vida está llena de cosas interesantes! Haced el favor de leerlas…

Quizá lo que pasaba era que se estaba haciendo viejo, pensó. Hoy en día la gente ligaba en internet; algunos, como Martina Andreu, incluso se casaban con personas que habían conocido en ese espacio difuso que era el cibermundo, personas que a veces vivían en otras ciudades y con las que tal vez jamás se habrían cruzado si no se hubieran sentado una tarde delante del ordenador. «Definitivamente, estás pasado de moda, Salgado», concluyó mientras se abría la página. Cosas mías (sobre todo porque no creo que le interesen a nadie más!). Era un buen nombre, aunque resultaba irónico que las cosas de Marc le interesaran a alguien después de que él hubiera muerto.

Por lo que pudo ver, Marc había empezado en el mundo del blog cuando se fue a Dublín, probablemente como forma de comunicarse con la que era su mejor amiga, que comentaba profusamente casi todas sus entradas. Incluía fotos de su cuarto en una residencia de estudiantes dublinesa, del campus, de calles mojadas por la lluvia, de puertas de colores en adustos edificios georgianos, de parques inmensos, de jarras de cerveza, de colegas que sostenían las jarras. Marc no dedicaba mucho tiempo a escribir; la mayoría de sus textos eran breves y comentaban aspectos tan apasionantes como el tiempo -siempre lluvioso-, las clases -siempre aburridas- y las fiestas -siempre rebosantes de alcohol-. A medida de que él mismo se iba aburriendo de sus comentarios, éstos se hacían menos frecuentes.

Héctor fue descendiendo por la pantalla hasta que encontró una foto que le llamó la atención; mostraba a una joven rubia, de cabellos agitados por el viento, a los pies de un acantilado. Sin quererlo, pensó en La mujer del teniente francés, que paseaba su pena por otros acantilados azotados por las olas. El pie de foto rezaba: «Excursión a Moher, 12 de febrero». Gina no había escrito comentario alguno. La siguiente entrada estaba fechada siete días después, y era con diferencia la más larga de todo el blog. El encabezamiento tenía por título «En recuerdo de Iris».

Hace mucho tiempo que no pienso en Iris ni en el verano en que murió. Supongo que he tratado de olvidarlo todo, de la misma forma que superé las pesadillas y los terrores de la infancia. Y ahora, cuando quiero recordarla, a mi mente sólo acude el último día, como si esas imágenes hubieran borrado todas las anteriores. Cierro los ojos y me traslado a aquella casa grande y vieja, al dormitorio de camas desiertas que esperan la llegada del siguiente grupo de niños. Tengo seis años, estoy de campamento y no puedo dormir porque tengo miedo. No, miento. Aquella madrugada me porté como un valiente: desobedecí las reglas y me enfrenté a la oscuridad sólo por ver a Iris. Pero la encontré ahogada, flotando en la piscina, rodeada por un cortejo de muñecas muertas.

Héctor no pudo evitar un estremecimiento y su mirada buscó la foto en blanco y negro de aquella niña rubia. Sentado en ese despacho vacío que se le hacía extraño, en una comisaría a media luz, se olvidó de todo y se sumergió en el relato de Marc. En la historia de Iris.

Recuerdo que el suelo estaba frío. Lo noté al bajar descalzo de la cama y caminar deprisa hacia la puerta. Había esperado a que amaneciera porque no me atrevía a salir de noche del inmenso cuarto desierto, pero llevaba ya un buen rato despierto y no podía retrasarlo más. Me tomé unos segundos para cerrar la puerta con cuidado para no hacer ruido. Tenía que aprovechar ese momento, mientras todos dormían, para lograr mi propósito.

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