Voces del desierto
- Автор: Пиньон Нелида
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
La imagen de aquel abasí no es nítida. Ella se pregunta si el poderoso príncipe, cuyo fantasma la sigue, había sido hermoso o gordo en el pasado. Y si el peso del cuerpo le dificultaba ahora, en este retorno, trepar muros, teniendo en vista anidar en los brazos de una princesa, bajo la custodia del marido, celoso de mantener distante de extraños aquellos brazos lánguidos. ¿O habría preferido este califa al-Rashid girar en torno a los tenderetes, en busca de los escombros humanos, en vez de visitar a su dama?
Al frente del califato durante veintitrés años, Harum al-Rashid se había deslizado anónimo en medio de mercaderes, mendigos, viajeros. Siempre contrariando a los áulicos que le distorsionaban la realidad, impidiéndole beber de la fuente de los desahogos, las intrigas, las tramas de su pueblo. Harum era, sin embargo, insaciable. Seguía desafiando a las criaturas del mercado para que le contasen sus dramas, que hablasen sobre el soberano reinante, cuyo rostro desconocían. Ponía a prueba su propia humanidad escuchando el torrente de imprecaciones, ofensas, expresiones sacrílegas, que lo acusaban, en estilo rústico, de ser un déspota indiferente a la suerte de los miserables. Y aunque verbalmente azotado por los infelices, ningún comentario conmovía su convicción de ser amado por su pueblo, que, en los siglos venideros, se encargaría de honrarlo llorando su memoria.
Jasmine desconfía de sus intenciones. Con turbante en la cabeza, con sandalias gastadas, disfrazándose de nuevo, Harum al-Rashid, representante de una estirpe arrogante, quería corregir a la fuerza una injusticia entregándose al juicio popular. Pero ¿cuándo, al frente del trono, había promulgado leyes favorables a su gente? ¿Hasta dónde había ido en la escala de la miseria y de la expiación, a pesar de los trajes de beduino y de pordiosero? ¿Acaso había quitado de la escudilla de barro del mendigo restos de comida sólo para dar andadura a la experiencia que lo llevaba a convivir íntimamente con la plebe? Y al cubrir el cuerpo de una compañera de infortunio, ¿había atravesado el corazón de sus súbditos del mismo modo en que penetrara con su miembro la vulva popular y desprotegida? ¿O no pasaron aquellas incursiones a Bagdad de una grotesca farsa?
Bajo la amenaza de desmoronarse, Jasmine endulza su boca con dátiles. Tiene hambre, angustia, mezcla voluptuosidad y miedo. Pero refrena la imaginación, borrando el fantasma de Harum. Prevalece en ella, no obstante, la esperanza de escuchar en breve, en algún rincón, a un derviche contándole las mismas historias que algún otro le relatara en el pasado a Harum al-Rashid, haciéndolo para siempre cautivo de sus personajes.
38.
No había llegado a amar al Califa ni a enternecerse con su tormentoso pasado. Bajo los velos que le cubren el rostro, la mirada camaleónica de Scherezade acecha las manifestaciones de su ilimitada fuerza.
Los movimientos del soberano son pausados, carecen de encanto. Hastiado en los últimos tiempos de un poder que lo reviste con la corona de la divinidad, gobierna con displicencia. Pero basta que se irrite para blandir varias cimitarras contra enemigos invisibles. Al definir el destino ajeno, no asoma en su rostro una emoción que lo identifique con el común de los mortales. Convencido del acierto de sus medidas, no hay en él lugar para el error.
Como un alacrán que se arrastra sobre las piedras ardientes, es común que se deslice por el mármol de los salones, en el intento de entender las transformaciones que se operan en él a partir de Scherezade y de los años. Reacciona mal ante la arena de la ampolleta que marca el paso de un tiempo interrogante. Casi acercándose a los aposentos, reduce el paso, concediendo margen a las hijas del Visir para que se postren, según el rigor protocolar. No las exime de que le rindan vasallaje. Aprendió con su padre, como regla útil para el ejercicio del poder, la necesidad de conciliar la razón con la fe musulmana. Una razón que le parece, sin embargo, impregnada de misterios, jamás a su alcance. Lo había trastornado descubrir en su más tierna edad su aversión a la sangre que brotaba de cualquier herida de arma blanca. De tal modo flaqueaba a la vista de la sangre que se sentía a veces desmayar delante de sus súbditos. Una condición que, siendo conocida por su padre, daría motivo para desplazarlo de la línea de sucesión al trono. Ante tal amenaza, queriendo apartar la tacha de cobarde e igualmente superar una zona de total incomprensión para él, optó por actos que alterasen su noción de la decencia y no comportasen arrepentimiento en el futuro.
Así, mientras lo iban adiestrando en el arte de la guerra, sin motivo aparente desafiaba a un subordinado a la lucha sin tregua, contando con ventaja sobre el adversario, vulnerable a su presencia. Pero al ver al herido echando sangre antes de morir, el príncipe tenía bascas de vómito, casi se desmayaba. Insistía, con todo, en contemplar el objeto de su horror hasta acostumbrarse a la mirada vidriosa del moribundo, fija en un punto vago del horizonte, como indicando la despedida próxima. En este preciso instante, el príncipe heredero desenvainaba la daga con el puño claveteado con rubíes y esmeraldas, y con ella asestaba el golpe postrero.
En la intimidad de los aposentos, el Califa no se excede ni disipa actos. Reduciendo el vértigo del poder, se esfuerza por probarles a las hijas del Visir que es un hombre cansado de regreso al hogar, reclamando cariño y con la mirada ungida de solidaridad. Como un campesino cualquiera, espera un plato de lentejas y trozos de carnero. Nada dice, sin embargo. Menea la cabeza y acepta los quesos, la cuajada, el pan, las uvas, los higos, la miel.
Aprecia la brisa que le viene del jardín, mientras demuestra hastío por otros placeres. No se da prisa en disponer de las mujeres. En el pasado, sin embargo, había profesado el deseo de repetir en la práctica las hazañas de Harum al-Rashid, de llegar a ser sucesor de su linaje. Además, teniendo en vista esta ambición, que el ilustre abasí encarnaba, se había ilusionado con trepar el muro del palacio y desaparecer rumbo al mercado. Un proyecto que implicaba abrazar valores heroicos y altruistas, dormir con el pueblo y comer de sus migajas. Cada día se prometía cumplir el designio de querer ser aquel soberano que había ganado el don de la inmortalidad. Una figura que, aunque desaparecida, aún hoy el pueblo resucitaba. Desde que Harum murió, Bagdad honraba llorando su memoria. Mantenedores del mito, todos repetían su nombre, al acecho por si su figura surgiera de repente entre ellos, sorprendiendo las intrigas de la vida cotidiana.
Según le habían contado, Harum recorría los tenderetes del mercado disfrazado de mendigo, so pretexto de historias escuchadas al azar. Lejos del trono, pelando una naranja, iba recogiendo el palpitar de los sentimientos comunes. Travestido de personaje, rastreaba las señales de la pasión recóndita, se divertía con los que le faltaban a la verdad. Constaba que el califa concebía la mentira como el atributo básico de cualquier historia. Ello tal vez por haberse despojado del atuendo principesco y ya no saber cuál sería la medida de su verdad. Pero a través de los tics nerviosos de cada súbdito, él desvelaba con presteza lo que se había guardado bajo siete llaves. Ya los viejos, próximos a la muerte, atizaban su compasión. Casi despidiéndose, Harum escuchaba sus palabras sibilantes debido a la falta de dientes.
Procediendo de la dinastía de Harum al-Rashid, al Califa, desde niño, le habían encantado las leyendas y las especulaciones en torno al abasí que había vencido el olvido a fuer del amor que inspirara en los súbditos. Pero ¿serían fidedignas estas historias, servirían de ejemplo al buen gobernante? ¿Acaso sería prudente que un califa confiara en su pueblo hasta el punto de cederle su corazón? ¿No expresaría tal devoción una debilidad susceptible de inspirar rebeliones, siendo mejor en este caso suscitar intimidación, un sentimiento próximo al terror?