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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Basta ya —Pyanfar sacó las garras. Estaba cansada, dioses, apenas se tenía en pie y cuando sus ojos se clavaron en Dur Tahar le pareció que un túnel oscuro limitaba su campo visual—. Si quieres hablar de esto conmigo, que sea en una transmisión. Ahora, no.

—Ah. No necesitas nuestra ayuda. ¿Planeas quedarte aquí en el muelle jugando con tu rabo, o acaso habéis llegado a un acuerdo con los mahendo’sat? ¿Qué tipo de juego te propones, Chanur?

—Voy a decírtelo mucho más claro. Luego. Ahora, sal de mi escotilla.

—¿Cuál es su especie? ¿De dónde viene? Los rumores que corren por el muelle dicen que viene del espacio kif. O quizá del knnn. Dicen que anda por ahí una nave knnn que trajo un cadáver hani.

—Sólo lo repetiré una vez, Tahar: conseguimos esta mercancía en Punto de Encuentro y a los kif les sentó tan mal que, por venganza, destruyeron a la Viajera de Handur, sin dejar supervivientes. La sorprendieron inmóvil en el dique y ni siquiera nos habíamos puesto en comunicación. Soltamos la carga y salimos huyendo hacia Urtur y los kif que nos siguieron atacaron la Buscaestrellas de Faha sin ninguna razón. Si la Buscaestrellas pudo huir o no es algo que ignoro pero al menos tuvieron una ocasión de conseguirlo. Los kif están muy interesados en él y para ellos el asunto ya no se mide en términos de simples ganancias o pérdidas. Anda metido en esto un hakkikt los problemas sólo acabarán cuando le hayamos eliminado. Puede que lo consiguiéramos en Urtur. Quedó en ridículo y quizás eso baste para liquidar el problema. Pero si quieres ser útil, puedes acompañamos, naturalmente.

—Supón que decides mostrarte generosa. Entrégame esta criatura. Me ocuparé de que llegue sana y salva hasta Anuurn.

—No, gracias.

—Habría apostado a que responderías eso. Después de todo, puedes tratar con los mahendo’sat pero no con un rival. Bien, Pyanfar Chanur, te prometo que esto no será tan fácil como crees para la casa de Chanur. Y si todo acaba en el fracaso que me parece va a ser, iré detrás de ti. Tu hermano se está ablandando y allá ya lo saben todos. Esto debería colmar el vaso, ¿no?

—¡Fuera de aquí!

—Dame la información que usaste para comerciar con los mahendo’sat. Quizás entonces podamos tratar todo esto bajo una luz más amistosa.

—Confiaría más en ti si fueras mahe. Puedes echarle un vistazo, Dur Tahar. Pero si quieres saber algo más sobre él, eso lo decidiré cuando hayan terminado los problemas. No temas; tendrás los mismos datos que les entregué a los mahendo’sat. Pero si nos dejas sin ayuda, entonces, por los dioses que conseguiremos arreglárnoslas sin ti.

Dur Tahar echó las orejas hacia atrás y se dispuso a marcharse, deteniéndose el tiempo preciso para lanzar una última y venenosa mirada hacia la escotilla. Sus pupilas volvieron a contraerse.

—Volveré a preguntártelo en Anuurn, entonces. Y necesitarás respuestas, por los dioses: te aseguro que deberás encontrarlas.

—No es nada personal, Tahar. Siempre te faltó visión de futuro.

—Cuando me supliques ayuda… puede que te la dé.

—Largo.

Dur Tahar había hecho su oferta. Quizás esperaba una respuesta distinta. Torció el gesto y luego consiguió fingir una mezcla de pereza e indiferencia. Se atusó los rizos de la barba y, volviéndose, miró por última vez hacia la escotilla, tomándose su tiempo antes de marcharse, seguida por sus dos tripulantes.

—Dioses —murmuró Pyanfar entre dientes, apoyándose cansadamente en el muro de la rampa y volviéndose hacia la escotilla, sintiéndose de pronto mucho más vieja. ¡Menudo error! Tendría que haber reaccionado, con mayor rapidez y haber contenido mejor su mal genio. Quizás hubiera podido acabar convenciendo a la capitana Tahar hablando con ella. Quizás era justamente lo que ésta deseaba, ser convencida. Suponiendo, claro, que hubiera podido confiar en ella, teniéndola detrás. En esos momentos les odiaba a todos: mahe, Tahar, el Extraño; a todos. Chur le estaba mirando y Pyanfar frunció el ceño. Chur no había hecho ni un solo comentario durante todo el trayecto sobre su modo de haber manejado el negocio con la cinta, vendiendo algo tan inmaterial como la confianza.

Y el rostro de Tully… De pronto dio un tirón, soltándose de Chur, y fue hacia la escotilla. Chur corrió a detenerle. Pyanfar hizo un amago de correr también pero Chur ya le había cogido. Tully se apoyaba en el muro, con los ojos llenos de ira.

—Capitana —dijo Chur—, el traductor estaba funcionando.

Pyanfar metió la mano en el bolsillo y se puso el auricular, encarándose con Tully, que no apartaba los ojos de ella.

—Tully. Ésa no era amiga. ¿Qué oíste? ¿Qué?

—Eres igual kif. Quizá quieres lo mismo. ¿Qué trato con mahendo’sat?

—Salvé tu miserable pellejo. ¿Qué te has pensado? ¿Piensas acaso que puedes viajar por todo el Pacto sin que cuando te vean se les ocurra lo mismo a todos? No quisiste tratar con los kif y eso fue sensato; pero, por los dioses, ahora no tienes más elección que nosotras o los kif, mi amigo Tully. Está bien… Les vendí la cinta que hiciste, pero aún sin eso habría podido conseguir las reparaciones de la nave. Tienen unas ganas enormes de que nos larguemos y tarde o temprano habrían acabado accediendo, puedes apostarlo. Pero ahora todos oirán hablar de tu especie; dioses, deja que los mahendo’sat saquen copias de ella, deja que la vendan. Es el mejor trato que puedes soñar. No te estoy vendiendo a ti, bastardo de orejas peladas; ¿podré conseguir que lo entiendas o no? Y quizá si tus naves se encuentran con las nuestras, quizás entonces haya una cinta en los traductores que nos impida empezar a disparar unos contra otros. Nos acabaremos encontrando y comerciaremos, ¿entiendes? Es un trato mejor del que te ofrecieron los kif.

Por los rasgos de Tully corrió un temblor fugaz, una serie de expresiones ininteligibles para Pyanfar. De sus ojos empezó a brotar agua y Tully movió los brazos, intentando librarse de Chur. Chur, no muy segura de lo que hacía, le soltó.

—¿Me entiendes? —dijo Pyanfar—. ¿He conseguido que me entiendas?

Ninguna respuesta.

—Eres libre —dijo Pyanfar—, esos papeles te permiten ir a donde quieras. ¿Quieres irte por la rampa hasta el muelle? ¿Quieres volver a las oficinas de la estación y quedarte con los mahe?

Tully sacudió la cabeza.

—Se dice no.

—No. Pyanfar, Yo =.

—Repítelo.

Tully cogió los papeles que llevaba en el cinturón y se los ofreció.

—Son tus papeles —dijo Pyanfar—. Todo está en orden. Puedes ir a donde quieras.

Quizá la hubiera entendido. Tully señaló hacia la puerta.

—Esta hani… quiere que vaya con ella.

—Ésa es Dur Tahar. No es amiga mía ni de esa nave. Pero eso no es algo que deba importarte.

Tully permaneció inmóvil, aparentemente meditando. Después de unos segundos señaló de nuevo hacia la esclusa interior.

—Yo voy a sentarme —dijo, los hombros repentinamente encorvados—. Sentarme. ¿Bien?

—Ve —dijo Pyanfar—. Está bien, Tully, está bien.

—Amigo —dijo él, y al irse le tocó el brazo. Se alejó con la cabeza baja y el paso cansino.

—¿Le sigo? —preguntó Chur.

—No de forma que pueda notarlo. Después de atracar, su camarote será inutilizable. Consigue un catre que sea adecuado para el lavabo.

—Podríamos meterlo en los camarotes de la tripulación.

—No, eso no. Al lavabo no le pasa nada malo, por los dioses. Dale un sedante, creo que ya ha tenido bastante por hoy.

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