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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Tía —dijo Hilfy cuando Pyanfar la hizo venir y se lo contó—, me gustaría bajar al muelle en el que se encuentran. Sé que es peligroso pero me gustaría ir. Con tu permiso.

Pyanfar puso la mano en el hombro de Hilfy y asintió.

—Iré contigo —dijo, y ante ello Hilfy pareció a la vez aliviada y complacida—. Geran —dijo Pyanfar, volviéndose hacia el tablero de comunicaciones y transmitiendo a toda la nave—, Geran.

La voz de Geran surgió del comunicador, acusando recibo de la llamada.

—Geran, encárgate otra vez de la guardia en la cubierta inferior, Hemos recibido nuevas noticias. La capitana de la Buscaestrellas ha muerto, al igual que dos tripulantes. Hilfy y yo vamos a la nave que las ha rescatado; si lo desean traeremos aquí a las Faha. Carece de sentido dejar que los mahe las hagan pasar por el tormento de tos interrogatorios y los formularios de costumbre.

Un instante de silencio y luego un dolorido asentimiento.

—Vamos —le dijo Pyanfar a Hilfy, yendo hacia el ascensor. Hilfy caminaba muy erguida y su rostro estaba serio: habían sido malas noticias para ella, cuando se había ido a dormir pensando que las cosas iban mucho mejor, pero al menos parte de la tripulación Faha se había salvado y en algunos instantes de las horas anteriores ni de eso habían tenido esperanza.

Otro asunto que añadir a la lista pendiente de los kif para cuando llegara el momento de exigir el pago necesario. Pero si ahora había kif por los alrededores (y quizá los hubiera en los límites del sistema, jugando el mismo juego que Pyanfar había practicado en Urtur), deberían estar esperando un momento en el que pudieran tener ventaja, algún momento en el que no hubiera cinco patrulleras armadas de los mahendo’sat cruzando el espacio regularmente.

La comunicación no había despertado sólo a Geran. Tirun estaba también levantada en la sala de operaciones cuando bajaron hacia la escotilla. Geran se ocupaba ya de la guardia y Chur estaba con Tully, el cual parecía vagamente inquieto ante aquella actividad que no alcanzaba a entender del todo. Haral apareció a toda prisa por el corredor.

—Quiero ir, si es posible —le dijo y Pyanfar asintió, agradeciendo el que se lo hubiera pedido.

—Ahí fuera hay kif —dijo Pyanfar—, y no pienso dejar que me sorprendan dos veces con el mismo truco.

—Tened cuidado —les dijo Tirun en tanto se iban y en la esclusa, mientras Haral abría la compuerta exterior, Pyanfar se quedó atrás unos segundos, el tiempo suficiente como para permitirle coger la pistola que había junto al comunicador y guardársela en el bolsillo.

—No hay que pasar por ningún detector —dijo Pyanfar—. Vamos.

La compuerta se había abierto y el grupo bajó por la rampa hasta llegar al muelle. A su izquierda se oía un zumbido de motores: la Luna Creciente seguía con sus operaciones, descargando la mercancía, y los recipientes eran manejados por estibadores mahendo’sat y no por la tripulación hani.

—Quizás hayan ido también a ver a las Faha —opinó Pyanfar, percibiendo que no se veta por el lugar a ninguna hani supervisando la operación. Después de todo, ese acto de cortesía era de esperar: cuando una nave hani sufría tal desgracia, los asuntos políticos quedaban a un lado.

—No hay mucha actividad —dijo Haral.

Era cierto. Normalmente los enormes muelles habrían estado ocupados por un bullicioso tráfico a pie pero hoy apenas si se veía alguna silueta de vez en cuando y la agitación que rodeaba a la Luna Creciente era la única que se veía prácticamente en toda la vasta curvatura del muelle. Los estibadores y los empleados mabe hacían una pausa en sus tareas al verlas pasar. Los stsho formaban pequeños grupos que hablaban en murmullos. También los kif andaban por ahí, como era de esperar, formando un grupo junto a la rampa de acceso a una de sus naves como un amasijo de telas negras: siete; no, ocho, sin alejarse demasiado de sus recipientes, profirieron algunos insultos al verlas pasar.

Y al oír uno de esos insultos a Pyanfar se le agitaron rápidamente las orejas y se detuvo en seco, intentando convencerse a sí misma de que no había oído lo dicho o que no lo había entendido, Él lo sabe, ladrona hani. ¿Cuántas naves hani harás que sean destruidas todavía?

—Capitana —murmuró Haral, y Hilfy empezó a volverse.

—Mira hacia adelante, por los dioses —siseó Pyanfar, cogiendo a Hilfy por el brazo—. ¿Quieres empezar una pelea contra tantos kif?

—¿Qué hacemos? —preguntó Hilfy mientras seguía caminando, obediente, entre ellas dos—. ¿Cómo pueden saberlo?

—Porque una de esas naves kif es la suya, chiquilla; vino aquí desde Kita y ahora Akukkakk ha conseguido que otras naves le ayuden. Cuando nos marchemos saldrán disparadas de aquí como un enjambre de esporas y ahora nos encontramos atascadas en el muelle hasta que terminen las reparaciones, así nos ayuden los dioses.

—Es posible que fueran ellos los que atacaron a la Buscaestrellas. Me gustaría…

—A todas nos gustaría, pero tenemos más sentido común que tú. Venga, sigue andando.

—Si nos cogen en el muelle…

—Más razones para que llevemos las supervivientes a bordo y salgamos deprisa. Me temo que tampoco aquí podrás disfrutar tu ración de libertad, chiquilla.

—Creo que podré pasar sin ella —murmuró Hilfy.

Siguieron andando por entre las grúas, pasando junto a grupos de obreros ociosos, hasta llegar al dique número cincuenta y cinco, donde se había congregado cierta cantidad de mirones, una oscura confusión de mahendo’sat cuyos cuerpos delgados y cubiertos de oscuro pelaje hacían bastante difícil distinguir nada con claridad. Entre ellos había personal médico así como empleados de la estación, a los que delataban sus faldellines y sus lujosos collares enjoyados.

Y, naturalmente, también había hani. Pyanfar se abrió paso a codazos por entre el gentío y distinguió una melena broncínea y una oreja cubierta de adornos brillantes, dirigiéndose hacia ella seguida por Hilfy y Haral.

—Ya era hora de que acudieras —le dijo Dur Tahar al verla.

—Ocúpate de tus propios asuntos —le dijo Pyanfar—. Mi sobrina es Faha.

Dur Tahar miró brevemente hacia Hilfy sin hacer ningún comentario.

—La Hasatso debe llegar de un momento a otro —dijo.

—Más abajo del muelle hay unos cuantos kif. Si estuviera en tu lugar me andaría con cuidado.

—Eso es problema tuyo.

—Se trata de una advertencia, nada más.

—Chanur, si piensas armar jaleo no esperes ayuda nuestra.

—Maldición, no me estás animando precisamente a ser cortés…

—No me hace ninguna falta tu cortesía.

—Se trata de un riesgo mutuo, Tahar.

—Vaya, ¿ahora pides favores?

Un hormigueo en las garras.

—Te estoy pidiendo que actúes con sentido común, maldita sea.

—Pensaré en ello.

La Hasatso atracó con un chirrido de imanes y abrazaderas. Las grúas empezaron a moverse y los obreros fueron abriendo las esclusas de la estación que conectaban con la nave mientras iban haciendo los preparativos para poner en marcha la rampa que iba del muelle a la compuerta. El proceso resultaba espantosamente lento visto desde la posición de los mirones y sólo los mahendo’sat lo encontraron suficientemente divertido como para hacer comentarios.

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