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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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No era muy fácil distinguir a los mahendo’sat de la misma edad, a no ser por el sexo y la constitución, pero en el que respondió a la llamada, bastante corpulento y de aspecto no muy distinguido; sí, había en él algo que le resultó de inmediato preocupantemente familiar. Mucho más cuando les sonrió, exhibiendo una gran dentadura de oro. Pyanfar contuvo el aliento y se llevó las manos a la espalda, escondiendo las garras.

—Capitán Ana Ismehanan-min, del carguero Mahijiru —dijo suavemente el Stasteburana—. Conocido vuestro, sí.

—Ciertamente —dijo Pyanfar, haciéndole una reverencia a la que Dientes-de-Oro contestó con una fioritura algo exagerada.

—El asunto de los kif —dijo el Stasteburana, cruzando sus arrugadas manos sobre el vientre—. Explícalo, capitana hani.

—¿Quién soy yo para conocer los pensamientos de un kif? Dejaron que este pobre y desgraciado ser se les escurriera entre los dedos y luego esperaban que se lo volviera a vender, lo que era claramente ilegal. Entonces atacaron una nave hani que no sabía nada de todo el asunto. Una nave de Handur fue destruida, a menos que el capitán de la Mahijiru tenga mejores noticias al respecto.

—No buenas noticias —dijo tristemente Dientes-de-Oro—. Todas perdidas, capitana hani. Todas. Yo marché deprisa para traer aquí mi historia.

El Maestre se volvió hacia él y le golpeó suavemente en el hombro, hablándole en uno de esos oscuros lenguajes mahe a los que no llegaban los conocimientos de Pyanfar. Dientes-de-Oro hizo una profunda reverencia y se echó a un lado. Pyanfar, no muy tranquila, miró al Maestre.

—Ya sabéis qué desean los kif —dijo, intentando recobrar la iniciativa—, e igualmente sabéis que es imposible esconder tal hallazgo, ni aquí ni tampoco en Anuurn. No existe escondite adecuado para algo semejante.

—Os hago… —Un zumbido procedente de un sensor portátil. Se oyó una voz y uno de los oficiales de baja graduación apareció de repente con aspecto consternado, ofreciéndole el aparato al Stasteburana. Pese a que hablaban en dialecto local, Pyanfar logró entender algo sobre los knnn y los oscuros ojos del Maestre se agrandaron como por efecto de la sorpresa. «¿Dónde está?», oyó Pyanfar en un momento dado, viendo los rostros inquietos de los demás. «Ven», acabó diciendo el Stasteburana en persona, sin utilizar los servicios de su Portavoz, abarcando con un gesto muy significativo el grupo y la puerta por la que había entrado el mahendo’sat.

—Venid —le repitió Pyanfar como un eco a Chur y Tully, partiendo todos en pos del Maestre, el cual se apresuraba con evidente alarma, seguido por los mahe, tanto ayudantes y Portavoz como el capitán de la Mahijiru.

El corredor desembocaba en un centro de operaciones. Los técnicos parecieron esfumarse, tanta era su prisa por dejar paso al Maestre y su séquito. El Portavoz lanzaba órdenes sibilantes y también el peluche se puso a gruñir, como añadiéndose a la atmósfera de amenaza general. De pronto se oyó una voz tc’a, toda chasquidos y crujidos.

—Pantalla —ordenó el Stasteburana en su propia lengua.

La pantalla principal, que medía varios metros, se iluminó ante ellos mostrando un muelle en penumbra. De pronto brotó un surtidor de colores azules y violetas que ardía con el lívido resplandor de una pesadilla y en él se vio una forma huidiza que parecía un manojo de pelos con un número indefinido de patas, negras y muy delgadas. Se agitaba velozmente a un lado y a otro, llevando entre las mandíbulas (¿apéndices escondidos entre el pelo?) algo que despedía un brillo metálico y que parecía, por sus miembros alargados, un cuerpo hani.

Pyanfar, abatida, reconoció el objeto. Probablemente Chur y Tully, que habían participado en su construcción, lo reconocieron igual que ella.

—Eso es un knnn —le dijo Pyanfar a Tully. Él le respondió algo, con expresión no muy feliz. El ser de la pantalla iba de un lado a otro eludiendo los intentos de otras siluetas medio ocultas por la penumbra que pretendían cogerle: las siluetas eran tc’a. Algo flaco y muy largo se unió a la confusión, arrojándose sobre el knnn y dando un tirón al objeto metálico para salir huyendo de inmediato. Chi, por todos los dioses, esos mendigos crónicos. Los miembros de la criatura relucían con una fosforescencia amarillenta que dejaba huellas engañosas en la pantalla, dada la rapidez de sus movimientos.

De pronto un par de tc’a apareció delante del knnn y le arrebataron el objeto metálico. El knnn pareció enloquecer, agitándose ferozmente y lanzando gemidos de rabia, de inquietud o, quizá, meramente intentando hacerse entender. La escena se había convertido en un completo caos y de pronto apareció otro grupo de knnn. El chi huyó a toda prisa, una mancha borrosa de miembros delgados que emitían un brillo amarillento y en el centro de control mahendo’sat los técnicos, que hasta ese momento habían permanecido sentados, se pusieron en pie para contemplar la escena de la pantalla, convertida ahora ya claramente en un salvaje combate. Del altavoz brotaba una mezcla de siseos, chasquidos y gemidos. Los knnn empezaron a retirarse ordenadamente, como una falange peluda, lanzando feroces rugidos.

De repente uno de ellos saltó hacia adelante y se apoderó de un tc’a, arrastrando su cuerpo de reptil rugoso al centro de la masa que se retiraba. Los tc’a sisearon y chasquearon con frenesí aún mayor—, pero, aparte de un súbito remolino formado por docenas de cuerpos sinuosos que parecían entrelazarse como los dedos de una mano preocupada, nada. Ni el menor intento de contraataque o de rescatar al cautivo. Pyanfar contempló el secuestro con las orejas gachas.

Así que los knnn habían decidido comerciar a su modo, viniendo lo más rápido posible a la estación para ofrecer su mercancía y obtener a cambio de ella un precio justo: una especie más había caído en la tentación de comerciar con seres inteligentes.

—¿Qué es? —preguntó un mahe con aire abatido, callándose luego. Un grupo bastante numeroso de tc’a había logrado arrastrar cierta distancia al objeto con que pensaban comerciar los knnn, agitando grotescamente los miembros metálicos del traje. Se recibió una comunicación y un técnico se acercó a Stasteburana.

—Cápsula extravehicular, obra hani —le dijo y el Stasteburana se volvió hacia Pyanfar con ojos preocupados mientras que ésta enderezaba las orejas e intentaba adoptar su expresión más tranquila.

—No deseaba causaros tal inquietud —le dijo Pyanfar—. Todo lo que hallaréis en ese traje, sabio mahe, es un pedazo de carne ya bastante corrompida procedente de nuestra nevera. Os aconsejo que adoptéis precauciones anticontaminación para quitarle el casco.

—¿Qué haces? —le dijo iracundo el Stasteburana sin utilizar a su Portavoz, apartándole de un gesto al intentar intervenir éste en la conversación—, ¿Qué haces, capitana?

—Los knnn parecen haber interceptado un regalo que les dirigí a los kif. Estoy segura de que se encontrarán algo confusos y acabarán devolviendo al tc’a… Reverenciado mahe, en esos momentos fue necesario hacerlo.

—¡Necesario!

—Os aseguro que sólo se ha echado a perder un poco de carne, nada más. Estábamos a punto de discutir las reparaciones de mi nave, que son muy urgentes. Imagino que no desearéis tenerme ocupando el muelle ni un segundo más de lo necesario. Preguntad al respecto, el honesto capitán de la Mahijiru os lo podrá aclarar.

—¡Ultraje! —proclamó el Portavoz—. ¡Extorsión!

—¿Discutimos el asunto?

El peluche se vio transferido a otro dignatario y el Portavoz pareció prepararse a entablar un combate verbal pero el Maestre alzó plácidamente la mano, haciéndole callar y con otro gesto le indicó al grupo que volviera por el pasillo, mientras impartía algunas instrucciones concernientes a los tc’a. Después de ello el Maestre abrió la marcha hasta llegar de nuevo a la cómoda sala de espera.

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