La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¿Richard dio a una flecha que volaba por el aire? —Kahlan detuvo a Savidlin, poniéndole una mano sobre el brazo.
Savidlin asintió lentamente.
— Luego el otro cazador disparó. A Richard ya no le quedaban flechas. De pie, con el arco en una mano, esperó. Era otra flecha de diez pasos. Podía oírla hendir el aire.
»Richard la atrapó al vuelo con la mano —prosiguió Savidlin, después de mirar alrededor como si no quisiera que nadie más lo oyera—. La cogió por la parte central. Entonces colocó esa flecha en su propio arco, tensó la cuerda y apuntó a los hombres de Chandalen. Richard les gritó algo. No entendimos qué decía, pero ellos arrojaron los arcos al suelo y extendieron los brazos a los costados para mostrarle las manos vacías. Todos pensamos que Richard el del genio pronto se había vuelto loco y que nos mataría a todos. Estábamos muy asustados.
»Entonces, Prindin gritó algo; había encontrado al hombre detrás de Chandalen. Todos nos dimos cuenta de que Richard había matado a un intruso armado con una lanza. Richard quería matar al invasor y no a Chandalen. Pero Chandalen no estaba del todo seguro; creía que Richard lo había herido a propósito con la flecha, y se enfureció aún más cuando todos sus hombres se acercaron a Richard y lo palmearon en signo de respeto.
Kahlan se lo quedó mirando fijamente. No podía creer lo que estaba oyendo; le parecía imposible.
— Richard me ha pedido que te pida disculpas por haber arruinado tus flechas. ¿A qué se refiere?
— ¿Sabes lo que es un disparo de astil?
— Sí. Es cuando la flecha de uno atraviesa otra flecha, clavada en el centro de la diana, y parte el astil de la primera. En Aydindril, la milicia local premiaba tal hazaña con galones. He visto a unos pocos hombres con media docena de tales galones; incluso uno llevaba diez.
Savidlin se llevó un brazo a la espalda y sacó un fardo de la aljaba. Todas las flechas estaban partidas por la mitad.
— En el caso de Richard, tendrían que darle un galón por cada vez que fallara. Y no le darían ninguno. Hoy destrozó más de cien flechas, y cuesta hacerlas. No es algo que deba despilfarrarse, pero los hombres no dejaban de pedirle que lo hiciera una y otra vez, pues nunca habían visto nada igual. En una ocasión logró atravesar seis flechas, una encima de la otra.
»Luego cazamos conejos y los asamos. Richard estaba sentado junto a nosotros, pero se negó a comer carne. Parecía mareado y se marchó a disparar flechas solo hasta que acabamos. Después de comer fue cuando mató al intruso.
— Comprendo. Será mejor que nos demos prisa en avisar a Nissel. Savidlin, ¿qué hacían esos hombres con la cabeza? Es horripilante. —Kahlan clavó la mirada en Savidlin sin dejar de caminar.
— ¿Viste que tenía pintura negra encima de los ojos? Era para esconderse de nuestros espíritus y acercarse a nosotros sigilosamente. Un hombre que entra en nuestra tierra con pintura negra sobre los ojos viene con un único propósito: matar. Los hombres de Chandalen clavan las cabezas de hombres como ése en picas, al borde de nuestros dominios, para disuadir a otros como ellos.
»Puede parecerte horripilante, pero en último término salva vidas. No menosprecies a los cazadores de Chandalen por cortar esa cabeza. No lo hacen por gusto, sino para no tener que matar a nadie mañana.
Kahlan se sintió estúpida.
— Supongo que, al igual que Chandalen, soy culpable de precipitarme en mis juicios. Perdóname, anciano Savidlin, por pensar mal de tu gente.
El hombre barro le pasó un brazo por encima de los hombros y la abrazó.
Cuando regresaron con la curandera, hallaron a Richard acurrucado en una esquina, cogiéndose la cabeza con los dedos entrelazados. Tenía la piel blanca, fría y húmeda. Nissel le dio de beber. Al cabo de unos minutos, le dio un pequeño terrón de algo para que se lo tragara. Richard sonrió al verlo, lo que indicaba que debía de saber qué era. La curandera se sentó en el suelo, junto a él, y le tomó el pulso largo tiempo. Cuando el joven recuperó un poco de color, lo obligó a recostar la cabeza y abrir la boca. Entonces retorció una especie de capullo seco sobre su boca, de modo que el jugo cayera dentro de ella. Richard hizo una mueca. Al verlo, Nissel sonrió sin decir nada. Entonces se volvió hacia Kahlan.
— Creo que esto lo ayudará. Dile que siga masticando las hojas. Si me necesita, avísame.
— Nissel, ¿se pondrá pronto bien? ¿No debería haberse recuperado ya?
La encorvada anciana lanzó una rápida mirada a Richard.
— Los espíritus son porfiados y no siempre escuchan. Creo que el suyo no quiere escuchar. —Al ver el gesto de congoja de Kahlan, se mostró más optimista—. No te apures, pequeña, no hay espíritu que se me resista.
Kahlan asintió. Antes de marcharse, Nissel le dirigió una cálida sonrisa y le dio una palmadita en el hombro.
— ¿Se lo has dicho? —inquirió Richard, mirando a Kahlan y a Savidlin—. ¿Le has dicho que siento mucho haber arruinado todas sus flechas?
— Le preocupa haber echado a perder tantas flechas —tradujo Kahlan al hombre barro con una leve sonrisa.
Savidlin lanzó un gruñido.
— Es culpa mía por hacer un arco tan estupendo. —Richard logró reír—. Weselan ha ido a cocer pan. Yo debo ocuparme de algunas cosas. Descansad. Regresaremos a la hora de la cena. Huelo que mi esposa ha preparado un buen estofado.
Una vez que Savidlin se hubo ido, Kahlan se sentó en el suelo muy cerca de Richard.
— Richard, ¿qué ha ocurrido hoy? Savidlin me ha contado lo que hiciste con las flechas. No siempre has sido tan buen arquero, ¿verdad?
— No —respondió el joven, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Ya había logrado partir flechas por el astil, pero no más de media docena en un día.
— ¿Tantas?
— Sí, cuando tenía un buen día y sentía el blanco. Pero hoy ha sido distinto.
— ¿En qué?
— Bueno, cuando salimos, la cabeza me empezaba a doler de manera terrible. Los hombres prepararon blancos con montones de hierba. Yo estaba convencido de que no haría diana ni una sola vez con ese dolor de cabeza. Pero, para no decepcionar a Savidlin, decidí intentarlo. Cuando disparo una flecha, llamo hacia mí el blanco.
— ¿Qué quieres decir?
— No lo sé —respondió Richard, encogiéndose de hombros—. Yo creía que todo el mundo lo hacía, pero Zedd me sacó de mi error. Miro el blanco y es como si lo atrajera hacia mí. Si lo hago bien, todo lo demás desaparece; sólo quedamos yo y el blanco, que se va acercando a mí. De algún modo, sé cómo sostener la flecha exactamente para acertar de lleno. Cuando lo hago bien, siento que la flecha va a hacer diana antes de soltar la cuerda.
»Cuando aprendí que siempre doy en el blanco si tengo cierta sensación, dejé de disparar. Ahora simplemente apunto y trato de conjurar esa sensación. Cuando la tengo, sé que no puedo fallar, por lo que ya no me molesto en disparar. Lo que hago es flechar de nuevo el arco y buscar de nuevo la sensación. Con el tiempo, he aprendido cómo lograrlo más a menudo.
— ¿En qué era distinto hoy?
— Bueno, como he dicho, tenía un terrible dolor de cabeza. Miré cómo disparaban otros; eran realmente buenos. Cuando Savidlin me palmeó en la espalda, supe que era mi turno y me dije que era mejor acabar cuanto antes con eso. Sentía como si la cabeza se me fuera a partir por la mitad. Tensé el arco y llamé el blanco hacia mí.