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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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Encontré a Corelli mirando por uno de los ventanales que contemplaban la dársena del puerto y la ciudad entera, la mirada perdida en las acuarelas de velas y mástiles que resbalaban sobre el agua. Vestía un traje de seda blanca y jugueteaba con un azucarillo entre los dedos que procedió a engullir con voracidad lobuna. Carraspeé y el patrón se volvió, sonriendo complacido.

– Una vista maravillosa, ¿no le parece? -preguntó Corelli.

Asentí, blanco como un pergamino.

– ¿Le impresionan las alturas?

– Soy animal de superficie -respondí, manteniéndome a una distancia prudencial de la ventana.

– Me he permitido comprar billetes de ida y vuelta -informó.

– Todo un detalle.

Le seguí hasta la pasarela de acceso a las cabinas que partían de la torre y quedaban suspendidas en el vacío a casi un centenar de metros de altura durante lo que me parecía una barbaridad.

– ¿Cómo ha pasado la semana, Martín?

– Leyendo.

Me miró brevemente.

– Por su expresión de aburrimiento sospecho que no a don Alejandro Dumas.

– Más bien a una colección de casposos académicos y a su prosa de cemento.

– Ah, intelectuales. Y usted quería que contratase a uno. ¿Por qué será que cuanto menos tiene que decir alguien lo dice de la manera más pomposa y pedante posible? -preguntó Corelli-. ¿Será para engañar al mundo o a sí mismos?

– Posiblemente las dos cosas.

El patrón me entregó los billetes y me indicó que pasara delante. Se los tendí al encargado que sostenía abierta la portezuela de la cabina. Entré sin entusiasmo alguno. Decidí quedarme en el centro, tan lejos de los cristales como fuera posible. Corelli sonreía como un niño entusiasmado.

– Quizá parte de su problema es que ha estado usted leyendo a los comentaristas y no a los comentados. Un error habitual pero fatal cuando uno quiere aprender algo útil -apuntó Corelli.

Las puertas de la cabina se cerraron y un tirón brusco nos colocó en órbita. Me agarré a una barra de metal y respiré hondo.

– Intuyo que los estudiosos y teóricos no son santo de su devoción -dije.

– No soy devoto de ningún santo, amigo Martín, y menos de los que se canonizan a sí mismos o entre ellos. La teoría es la práctica de los impotentes. Mi sugerencia es que se aparte usted de los enciclopedistas y sus reseñas y vaya a las fuentes. Dígame, ¿ha leído usted la Biblia?

Dudé un instante. La cabina salió al vacío. Miré al suelo.

– Fragmentos aquí y allá, supongo -murmuré.

– Supone. Como casi todo el mundo. Grave error. Todo el mundo debería leer la Biblia. Y releerla. Creyentes o no, tanto da. Yo la releo por lo menos una vez al año. Es mi libro favorito.

– ¿Y es usted un creyente o un escéptico? -pregunté.

– Soy un profesional. Y usted también. Lo que creamos o no es irrelevante para la consecución de nuestro trabajo. Creer o descreer es un acto pusilánime. Se sabe o no, punto.

– Confieso entonces que no sé nada.

– Siga por ese camino y encontrará los pasos del gran filósofo. Y por el camino lea la Biblia de cabo a rabo. Es una de las más grandes historias jamás contadas. No cometa el error de confundir la palabra de Dios con la industria del misal que vive de ella.

Cuanto más tiempo pasaba en compañía del editor, menos creía entenderle.

– Creo que me he perdido. ¿Estamos hablando de leyendas y fábulas y me dice usted ahora que debo pensar en la Biblia como en la palabra de Dios?

Una sombra de impaciencia e irritación nubló su mirada.

– Hablo en sentido figurado. Dios no es un charlatán. La palabra es moneda humana.

Me sonrió entonces como se le sonríe a un niño que es incapaz de entender las cosas más elementales, por no darle una bofetada. Observándole me di cuenta de que resultaba imposible saber cuándo el editor hablaba en serio o bromeaba. Tan imposible como adivinar el propósito de aquella extravagante empresa por la que me estaba pagando un sueldo de monarca regente. A todo esto, la cabina se agitaba al viento como una manzana en un árbol azotado por un vendaval. Nunca me había acordado tanto de Isaac Newton en toda mi vida.

– Es usted un cobardica, Martín. Este ingenio es cornpletamente seguro.

– Lo creeré cuando vuelva a pisar tierra firme.

Nos íbamos aproximando al punto medio de la ruta, la torre de San Jaime, que se levantaba en los muelles próximos al gran Palacio de las Aduanas.

– ¿Le importa que nos bajemos aquí? -pregunté.

Corelli se encogió de hombros y asintió a regañadientes. No respiré tranquilo hasta que estuve en el ascensor de la torre y lo oí tocar tierra. Al salir a los muelles encontramos un banco que se enfrentaba a las aguas del puerto y a la montaña de Montjuic y nos sentamos a ver volar el teleférico en las alturas; yo con alivio, Corelli con añoranza.

– Hábleme de sus primeras impresiones. De lo que le han sugerido estos días de estudio y lectura intensiva.

Procedí a resumir lo que creía que había aprendido, o desaprendido, durante aquellos días. El editor escuchaba atentamente, asintiendo y gesticulando con las manos. Al término de mi informe pericial sobre mitos y creencias del ser humano, Corelli se pronunció positivamente.

– Creo que ha hecho usted una excelente labor de síntesis. No ha encontrado la proverbial aguja en el pajar, pero ha comprendido que lo único que de verdad interesa en toda la montaña de paja es un condenado alfiler y que lo demás es alimento para los asnos. Hablando de pollinos, dígame, ¿le interesan las fábulas?

– De niño, durante un par de meses, quise ser Esopo.

– Todos abandonamos grandes esperanzas por el camino.

– ¿Qué quería ser usted de niño, señor Corelli?

– Dios.

Su sonrisa de chacal borró la mía de un plumazo.

– Martín, las fábulas son posiblemente uno de los mecanismos literarios más interesantes que se han inventado. ¿Sabe lo que nos enseñan?

– ¿Lecciones morales?

– No. Nos enseñan que los seres humanos aprenden y absorben ideas y conceptos a través de narraciones, de historias, no de lecciones magistrales o de discursos teóricos. Eso mismo nos enseña cualquiera de los grandes textos religiosos. Todos ellos son relatos con personajes que deben enfrentarse a la vida y superar obstáculos, figuras que se embarcan en un viaje de enriquecimiento espiritual a través de peripecias y revelaciones. Todos los libros sagrados son, ante todo, grandes historias cuyas tramas abordan los aspectos básicos de la naturaleza humana y los sitúan en un contexto moral y un marco de dogmas sobrenaturales determinados. He preferido que pasase usted una semana miserable leyendo tesis, discursos, opiniones y comentarios para que se diese cuenta por sí mismo de que no hay nada que aprender de ellos porque de hecho no son más que ejercicios de buena o mala voluntad, normalmente fallidos, para intentar aprender a su vez. Se acabaron las conversaciones de cátedra. A partir de hoy quiero que empiece a leer los cuentos de los hermanos Grimm, las tragedias de Esquilo, el Ramayana o las leyendas celtas. Usted mismo. Quiero que analice cómo funcionan esos textos, que destile su esencia y por qué provocan una reacción emocional. Quiero que aprenda la gramática, no la moraleja. Y quiero que dentro de dos o tres semanas me traiga ya usted algo propio, el principio de una historia. Quiero que me haga usted creer.

– Pensaba que éramos profesionales y no podíamos cometer el pecado de creer en nada.

Corelli sonrió, enseñando los dientes.

– Sólo se puede convertir a un pecador, nunca a un santo.

Los días pasaban entre lecturas y tropiezos. Acostumbrado a años de vivir en solitario y a ese estado de metódica e infravalorada anarquía propia del varón soltero, la presencia continuada de una mujer en la casa, aunque fuese una adolescente díscola y de carácter volátil, empezaba a dinamitar mis hábitos y costumbres de una manera sutil pero sistemática. Yo creía en el desorden categorizado; Isabella no. Yo creía que los objetos encuentran su propio lugar en el caos de una vivienda; Isabella no. Yo creía en la soledad y el silencio; Isabella no. En apenas un par de días descubrí que era incapaz de encontrar nada en mi propia casa. Si buscaba un abrecartas o un vaso o un par de zapatos debía preguntarle a Isabella dónde había tenido a bien inspirarla la providencia a esconderlos.

– No escondo nada. Pongo las cosas en su sitio, que es diferente.

No pasaba un día en que no sintiese el impulso de estrangularla media docena de veces. Cuando me refugiaba en el estudio en busca de paz y sosiego para pensar, Isabella aparecía a los pocos minutos para subirme una taza de té o unas pastas, sonriente. Empezaba a dar vueltas por el estudio, se asomaba a la ventana, empezaba a ordenarme lo que tenía en el escritorio y luego me preguntaba qué estaba haciendo allí arriba, tan callado y misterioso. Descubrí que las muchachas de diecisiete años poseen una capacidad verbal de tal magnitud que su cerebro las impulsa a ejercitarla cada veinte segundos. Al tercer día decidí que necesitaba encontrarle un novio, a ser posible sordo.

– Isabella, ¿cómo es posible que una muchacha tan agraciada como tú no tenga pretendientes?

– ¿Quién dice que no los tengo?

– ¿No hay ningún chico que te guste?

– Los chicos de mi edad son aburridos. No tienen nada que decir y la mitad parecen tontos de remate.

Iba a decirle que con la edad no mejoraban, pero no quise agriarle el dulce.

– ¿Entonces de qué edad te gustan?

– Mayores. Como usted.

– ¿Te parezco yo mayor?

– Bueno, ya no es usted un pipiólo precisamente.

Preferí creer que me estaba tomando el pelo antes que encajar aquel golpe bajo en plena vanidad. Decidí salir al paso con unas gotas de sarcasmo.

– Las buenas noticias son que a las jovencitas les gustan los hombres mayores, y las malas, que a los hombres mayores, y especialmente a los decrépitos y babosos, les gustan lasjovencitas.

– Ya lo sé. No se crea que me chupo el dedo.

Isabella me observó, maquinando algo, y sonrió con malicia. Ahí viene, pensé.

– ¿Y a usted también le gustan lasjovencitas?

Tenía la respuesta en los labios antes de que me formuíase la pregunta. Adopté un tono de magisterio y ecuanimidad, como de catedrático de geografía.

– Me gustaban cuando tenía tu edad. Generalmente me gustan las chicas de la mía.

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