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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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Años de experiencia escribiendo intrigas policíacas proporcionan una serie de principios básicos por los que empezar una investigación. Uno de ellos es que casi cualquier intriga de mediana solidez, incluidas las pasionales, nace y muere con olor a dinero y propiedad inmobiliaria. Saliendo del umbráculo me dirigí a la oficina del Registro de la Propiedad en la calle del Consejo de Ciento y solicité consultar los volúmenes en los que se hacía referencia a la compra, venta y propiedad de mi casa. Los tomos de la biblioteca del Registro contienen casi tanta información esencial sobre las realidades de la vida como las obras completas de los más atildados filósofos, o quizá más.

Empecé por consultar la sección que recogía el proceso de alquiler por mi parte del inmueble ubicado en el número 30 de la calle Flassaders. Allí encontré las indicaciones necesarias para rastrear la historia del inmueble previa a la asunción de su propiedad por parte del Banco Hispano Colonial en 1911 como parte de un proceso de embargo a la familia Marlasca, que al parecer había heredado el inmueble al fallecer el propietario. Allí se mencionaba a un abogado llamado S. Valera, que había actuado como representante de la familia durante el pleito. Un nuevo salto al pasado me permitió encontrar los datos correspondientes a la compra de la finca por parte de don Diego Marlasca Pongiluppi en 1902 a un tal Bernabé Massot y Caballé. Anoté en hoja aparte todos los datos, desde el nombre del abogado y los participantes en las transacciones hasta las fechas correspondientes. Uno de los encargados avisó en voz alta de que quedaban quince minutos para el cierre del registro y me dispuse a irme, pero antes de hacerlo me apresuré a consultar el estado de la propiedad de la residencia de Andreas Corelli junto al Park Güell. Transcurridos los quince minutos, y sin éxito en mi pesquisa, levanté la vista del volumen de registros para encontrar la mirada cenicienta del secretario. Era un tipo consumido y reluciente de gomina desde el bigote hasta los cabellos que destilaba esa desidia beligerante de quienes hacen de su empleo una tribuna con la que obstaculizar la vida de los demás.

– Disculpe. No consigo encontrar una propiedad -dije.

– Pues eso será porque no existe o porque no sabe usted buscar. Hoy ya hemos cerrado.

Correspondí al alarde de amabilidad y eficiencia con la mejor de mis sonrisas.

– A lo mejor la encuentro con su experta ayuda -sugerí.

Me dedicó una mirada de náusea y me arrebató el tomo de las manos.

– Vuelva usted mañana.

Mi siguiente parada fue el ceremonioso edificio del Colegio de Abogados en la calle Mallorca, a sólo unas travesías de allí. Ascendí las escalinatas custodiadas por arañas de cristal y lo que me pareció una escultura de la justicia con busto y maneras de estrella del Paralelo. Un hornbrecillo de aspecto ratonil me recibió en secretaría con una sonrisa afable y me preguntó en qué podía ayudarme.

– Busco a un abogado.

– Ha dado con el lugar idóneo. Aquí no sabemos ya cómo quitárnoslos de encima. Cada día hay más. Se reproducen como conejos.

– Es el mundo moderno. El que yo busco se llama, o se llamaba, Valera. S. Valera. Con uve.

El hombrecillo se perdió en un laberinto de archivadores, murmurando por lo bajo. Esperé apoyado en el mostrador, paseando los ojos por aquel decorado que olía al contundente peso de la ley. A los cinco minutos, el hombrecillo regresó con una carpeta.

– Me salen diez Valeras. Dos con ese. Sebastián y Soponcio.

– ¿Soponcio?

– Usted es muy joven, pero años ha ése era un nombre con caché e idóneo para el ejercicio de la profesión legal. Luego vino el charlestón y lo arruinó todo.

– ¿Vive don Soponcio?

– Según el archivo y su baja en la cuota del Colegio, Soponcio Valera y Menacho fue recibido en la gloria de Nuestro Señor en el año 1919. Memento morí. Sebastián es el hijo.

– ¿En ejercicio?

– Constante y pleno. Intuyo que deseará usted la dirección.

– Si no es mucha la molestia.

El hombrecillo me la anotó en un pequeño papel y me la tendió.

– Diagonal, 442. Le queda^ a tiro de piedra de aquí, aunque ya son las dos y a estas horas los abogados de categoría sacan a comer a ricas viudas herederas o a fabricantes de telas y explosivos. Yo esperaría a las cuatro.

Guardé la dirección en el bolsillo de la chaqueta.

– Así lo haré. Muchísimas gracias por su ayuda.

– Para eso estamos. Vaya con Dios.

Me quedaban un par de horas que matar antes de hacerle una visita al abogado Valera, así que tomé un tranvía que bajaba hasta la Vía Layetana y me apeé a la altura de la calle Condal. La librería de Sempere e Hijos quedaba a un paso de allí y sabía por experiencia que el viejo librero, contraviniendo la praxis inmutable del comercio local, no cerraba al mediodía. Le encontré como siempre, a pie de mostrador, ordenando libros y atendiendo a un nutrido grupo de clientes que se paseaban por las mesas y estanterías a la caza de algún tesoro. Sonrió al verme y se acercó a saludarme. Estaba más flaco y pálido que la última vez que nos habíamos visto. Debió de leer la preocupación en mi mirada porque se encogió de hombros e hizo un gesto de quitarle importancia al asunto.

– Unos tanto y otros tan poco. Usted hecho una figura y yo una piltrafilla, ya lo ve -dijo.

– ¿Está usted bien?

– Yo, como una rosa. Es la maldita angina de pecho. Nada serio. ¿Qué le trae por aquí, amigo Martín?

– Había pensado en invitarle a comer.

– Se le agradece, pero no puedo dejar el timón. Mi hijo se ha ido a Sarria a tasar una colección y no están las cuentas como para ir cernndo cuando los clientes están en la calle.

– No me diga que tieren problemas de dinero.

– Esto es una librería, Martín, no un despacho de notaría. Aquí, la letra da lo jisto, y a veces ni eso.

– Si necesita ayuda…

Sempere me detuvo coi la mano en alto.

– Si me quiere ayudarcómpreme algún libro.

– Usted sabe que la dada que tengo con usted no se paga con dinero.

– Razón de más para [ue ni se le pase por la cabeza. No se preocupe por nosotos, Martín, que de aquí no nos sacarán como no sea en ina caja de pino. Pero si quiere puede compartir conmigcun suculento almuerzo de pan con pasas y queso fresco d Burgos. Con eso y el conde de Montecristo se puede sobevivir cien años.

Sempere apen”bó bocado. Sonreía con cansancio y fingía m› en mis comentarios, pero pude ver que a rato:ostaba respirar.

– Cuénteme, Mi, ¿en qué está trabajando?

– Difícil de expl Un libro de encargo.

– ¿Novela?

– No exactameNo sabría bien cómo definirlo.

– Lo importantque esté trabajando. Siempre he dicho que el ocio aUa el espíritu. Hay que mantener el cerebro ocupado no se tiene cerebro, al menos las manos.

– Pero a veces soaja más de la cuenta, señor Sempere. ¿No debería d tomarse un respiro? ¿Cuántos años lleva usted aqioie del cañón sin parar?

Sempere miró atdor.

– Este lugar es ida, Martín. ¿Adonde voy a ir? ¿A un banco del parqusol a darles de comer a las palomas y a quejarme duraa? Me moriría en diez minutos. Mi sitio está aquii hijo todavía no está preparado para tomar las nendunque lo piense.

– Pero es un b trabajador. Y una buena persona.

– Demasiado buena persona, entre nosotros. Aveces le miro y me pregunto qué va a ser de él el día que yo falte. Cómo se las va a arreglar…

– Todos los padres hacen eso, señor Sempere.

– ¿Lo hacía también el suyo? Perdone, no quería…

– No se preocupe. Mi padre tenía ya suficientes preocupaciones por su cuenta como para cargar encima con las que yo le causaba. Seguro que su hijo tiene más tablas de las que usted cree.

Sempere me miraba, dudando.

– ¿Sabe lo que creo yo que le falta?

– ¿Malicia?

– Una mujer.

– No le faltarán novias con todas las tortolitas que se apiñan en el escaparate para admirarlo.

– Yo hablo de una mujer de verdad, de las que le hacen a uno ser lo que tiene que ser.

– Es joven todavía. Déjele divertirse unos años.

– Esa es buena. Si al menos se divirtiese. Yo, a su edad, de haber tenido ese coro de mozas, habría pecado como un cardenal.

– Dios le da pan a quien no tiene dientes.

– Eso le hace falta: dientes. Y ganas de morder.

Me pareció que algo le rondaba por la cabeza al librero. Me miraba y se sonreía.

– A lo mejor le puede ayudar usted…

– ¿Yo?

– Usted es hombre de mundo, Martín. Y no me ponga esa cara. Seguro que si se aplica le encuentra una buena muchacha a mi hijo. La cara bonita ya la tiene. El resto se lo enseña usted.

Me quedé sin palabras.

– ¿No quería ayudarme? -preguntó el librero-. Ahí lo tiene.

– Yo hablaba de dinero.

– Y yo hablo de mi hijo, del futuro de esta casa. De mi vida entera.

Suspiré. Sempere me tomó la mano y apretó con la poca fuerza que le quedaba.

– Prométame que no dejará que me vaya de este mundo sin ver a mi hijo colocado con una mujer de esas por las que vale la pena morirse. Y que me dé un nieto.

– Si lo llego a saber, me quedo a comer en el café Novedades.

Sempere sonrió.

– A veces pienso que tendría usted que haber sido hijo mío, Martín.

Miré al librero, más frágil y viejo que nunca, apenas una sombra del hombre fuerte e imponente que recordaba de mis años de niñez entre aquellas paredes, y sentí que se me caía el mundo a los pies. Me acerqué a él y, antes de darme cuenta, hice lo que nunca había hecho en todos los años que le había conocido. Le di un beso en aquella frente picada de manchas y tocada de cuatro pelos grises.

– ¿Me lo promete?

– Se lo prometo -le dije, camino de la salida.

El despacho del abogado Valera ocupaba el ático de un extravagante edificio modernista encajado en el número 442 de la avenida Diagonal, a un paso de la esquina con el paseo de Gracia. La finca, a falta de mejores palabras, parecía un cruce entre un gigantesco reloj de carillón y un buque pirata, tocado de grandiosos ventanales y un tejado de mansardas verdes. En cualquier otro lugar del mundo, aquella estructura barroca y bizantina hubiese sido proclamada una de las siete maravillas del mundo o un engendro diabólico obra de algún loco artista poseído por espíritus del más allá. En el Ensanche de Barcelona, donde piezas similares brotaban por doquier como tréboles tras la lluvia, apenas conseguía levantar una ceja.

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