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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– Se ha puesto usted pálido -dijo Isabella.

Tomó la fotografía de mis manos y la examinó sin decir nada. Me incorporé e hice una señal a Isabella para que saliese de la habitación.

– No quiero que vuelvas a entrar aquí -dije sin fuerzas.

– ¿Por qué?

Esperé a que Isabella saliese de la habitación y cerré la puerta. Isabella me miraba como si no estuviese del todo cuerdo.

– Mañana avisarás a las hermanas de la caridad y les dirás que pasen a buscar todo esto. Que se lo lleven todo, y lo que no quieran, que lo tiren.

– Pero…

– No me discutas.

No quise afrontar su mirada y me dirigí hacia la escalera que ascendía al estudio. Isabella me contemplaba desde el corredor.

– ¿Quién es ese hombre, señor Martín?

– Nadie -murmuré-. Nadie.

Subí al estudio. Era noche cerrada, sin luna ni estrellas en el cielo. Abrí las ventanas de par en par y me asomé a contemplar la ciudad en sombras. Apenas corría un soplo de brisa y el sudor mordía la piel. Me senté sobre el alféizar y prendí el segundo de los puros que Isabella había dejado sobre mi escritorio días atrás a esperar un hálito de viento fresco o una idea algo más presentable que toda aquella colección de tópicos con que acometer el encargo del patrón. Escuché entonces el sonido de los postigos del dormitorio de Isabella abriéndose en el piso inferior. Un rectángulo de luz cayó sobre el patio y vi el perfil de su silueta recortarse en él. Isabella se acercó a la ventana y miró hacia las sombras sin advertir mi presencia. La contemplé desnudarse despacio. La vi aproximarse al espejo del armario y examinar su cuerpo, acariciándose el vientre con la yema de los dedos y recorriendo los cortes que se había hecho en la cara interna de los muslos y los brazos. Se contempló largamente, sin más prenda que una mirada derrotada, y luego apagó la luz.

Volví al escritorio y me senté frente a la pila de anotaciones y apuntes que había ido recopilando para el libro del patrón. Repasé aquellos esbozos de historias repletas de revelaciones místicas y profetas que sobrevivían a tremendas pruebas y regresaban con la verdad revelada, de infantes mesiánicos abandonados a las puertas de familias humildes y puras de alma perseguidos por imperios laicos y maléficos, de paraísos prometidos en otras dimensiones a quienes aceptasen su sino y las reglas del juego con espíritu deportivo y de deidades ociosas y antropomórficas sin nada mejor que hacer que mantener una vigilancia telepática sobre la conciencia de millones de frágiles primates que habían aprendido a pensar justo a tiempo de descubrirse abandonados a su suerte en un remoto rincón del universo y cuya vanidad, o desesperación, los llevaba a creer a pies juntillas que cielo e infierno se desvivían por sus triviales y mezquinos pecadülos. Me pregunté si era aquello lo que el patrón había visto en mí, una mente mercenaria y sin reparo en urdir un cuento narcótico capaz de enviar a los niños a dormir o de convencer a un pobre diablo sin esperanza de asesinar a su vecino a cambio de la gratitud eterna de deidades suscritas a la ética del pistolerismo. Días atrás había llegado otra de aquellas misivas citándome con el patrón para comentar el progreso de mi trabajo. Cansado de mis propios escrúpulos, me dije que apenas quedaban veinticuatro horas para la cita y al paso que llevaba iba a presentarme con las manos vacías y la cabeza llena de dudas y sospechas. Sin más alternativa, hice lo que había hecho durante tantos años en situaciones similares. Puse un folio en la Underwood y, con las manos sobre el teclado como un pianista a la espera de compás, empecé a exprimir el cerebro, a ver qué salía.

Interesante -pronunció el patrón al finalizar la décima y última página-. Extraño, pero interesante. Nos encontrábamos sentados en un banco en la tiniebla dorada del umbráculo del Parque de la Cindadela. Una bóveda de láminas filtraba la luz hasta reducirla a polvo de oro y un jardín de plantas esculpía las sombras y claros de aquella extraña penumbra luminosa que nos rodeaba. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo ascender de mis dedos en volutas azules.

– Viniendo de usted, extraño es un adjetivo inquietante -apunté.

– Me refería a extraño en oposición a vulgar -precisó Corelli.

– ¿Pero?

– No hay peros, amigo Martín. Creo que ha encontrado usted una vía interesante y con muchas posibilidades.

Para un novelista, cuando alguien le dice que alguna de sus páginas es interesante y tiene posibilidades es señal de que las cosas no van bien. Corelli pareció leer mi inquietud.

– Le ha dado usted la vuelta a la cuestión. En vez de ir a las referencias mitológicas ha empezado por las fuentes más prosaicas. ¿Puedo preguntarle de dónde sacó la idea de un mesías guerrero en vez de pacífico?

– Usted mencionó la biología.

– Todo cuanto necesitamos saber está escrito en el gran libro de la naturaleza. Basta con tener la valentía y la claridad de mente y espíritu para leerlo -convino Corelli.

– Uno de los libros que consulté explicaba que en el ser humano el varón alcanza su punto álgido de fertilidad a los diecisiete años de edad. La mujer lo alcanza más adelante, y lo mantiene, y de algún modo actúa como selector y juez de los genes que acepta reproducir y de los que rechaza. El varón, en cambio, simplemente propone y se consume mucho más rápido. La edad en que alcanza su máxima potencia reproductiva es cuando su espíritu combativo está en su punto álgido. Un muchacho es el soldado perfecto. Tiene un gran potencial de agresividad y un escaso o nulo nivel crítico para analizarlo y para juzgar cómo canalizarlo. A lo largo de la historia, numerosas sociedades han encontrado el modo de emplear ese capital de agresión y han hecho de sus adolescentes soldados, carne de cañón con la que conquistar a sus vecinos o defenderse de sus agresiones. Algo me decía que nuestro protagonista era un enviado de los cielos, pero un enviado que en su primera juventud se alzaba en armas y liberaba la verdad a golpe de hierro.

– ¿Ha decidido usted mezclar la historia con la biología, Martín?

– De sus palabras creí entender que eran una sola cosa.

Corelli sonrió. No sé si se daba cuenta, pero cuando lo hacía parecía un lobo hambriento. Tragué saliva e ignoré aquel semblante que ponía la piel de gallina.

– Estuve pensando y me di cuenta de que la mayoría de las grandes religiones se habían originado o habían alcanzado sus puntos álgidos de expansión e influencia en los momentos de la historia en que las sociedades que las adoptaban tenían una base demográfica más joven y empobrecida. Sociedades en las que el setenta por ciento de la población tenía menos de dieciocho años, la mitad de ellos adolescentes varones con las venas ardiendo de agresividad e impulsos fértiles, eran campos abonados para la aceptación y el auge de la fe.

– Eso es una simplificación, pero veo por dónde va, Martín.

– Lo sé. Pero teniendo en cuenta esas líneas generales me pregunté por qué no ir directo al grano y establecer una mitología en torno a ese mesías guerrero, de sangre y de rabia, que salva a su pueblo, a sus genes, a sus hembras y a sus ancianos garantes del dogma político y racial de sus enemigos, es decir, de todos aquellos que no aceptan o se someten a su doctrina. -¿Qué hay de los adultos?

– Al adulto llegaremos apelando a su frustración. A medida que avanza la vida y se tiene que renunciar a las ilusiones, a los sueños y a los deseos de lajuventud, crece la sensación de sentirse víctima del mundo y de los demás. Siempre encontramos a alguien culpable de nuestro infortunio o fracaso, a alguien a quien queremos excluir. Abrazar una doctrina que positive ese rencor y ese victimismo reconforta y da fuerzas. El adulto se siente así parte del grupo y sublima sus deseos y anhelos perdidos a través de la comunidad.

– Tal vez -concedió Corelli-. ¿Y toda esa iconografía de la muerte y de banderas y escudos? ¿No le parece contraproducente?

– No. Me parece esencial. El hábito hace al monje, pero, sobre todo, al feligrés.

– ¿Y qué me dice de las mujeres, de la otra mitad? Lo lamento, pero me cuesta ver a una parte sustancial de las mujeres de una sociedad creyendo en banderines y escudos. La psicología del boy-scout es cosa de niños.

– Toda religión organizada, con escasas excepciones, tiene como pilar básico la subyugación, represión y anulación de la mujer en el grupo. La mujer debe aceptar el rol de presencia etérea, pasiva y maternal, nunca de autoridad o de independencia, o paga las consecuencias. Puede tener su lugar de honor entre los símbolos, pero no en la jerarquía. La religión y la guerra son negocios masculinos. Y, en cualquier caso, la mujer acaba a veces por convertirse en cómplice y ejecutora de su propia subyugación.

– ¿Y los viejos?

– La vejez es la vaselina de la credulidad. Cuando la muerte llama a la puerta, el escepticismo salta por la ventana. Un buen susto cardiovascular y uno cree hasta en Caperucita Roja.

Corelli rió.

– Cuidado, Martín, me parece que se está usted volviendo más cínico que yo.

Le miré como si fuese un alumno dócil y ansioso por obtener la aprobación de un maestro difícil y exigente. Corelli me palmeó la rodilla, asintiendo complacido.

– Me gusta. Me gusta el perfume de todo eso. Quiero que le vaya usted dando vueltas y encontrándole forma. Le voy a dar más tiempo. Nos encontraremos de aquí a dos o tres semanas, ya le avisaré con unos días de antelación.

– ¿Tiene que salir de la ciudad?

– Asuntos de la editorial me reclaman y me temo que tengo por delante algunos días de viajes. Pero me voy contento. Ha hecho usted un buen trabajo. Ya sabía yo que había encontrado a mi candidato ideal.

El patrón se incorporó y me tendió la mano. Sequé en la pernera del pantalón el sudor que empapaba la palma de mi mano y se la estreché.

– Se le echará en falta -improvisé.

– No se pase, Martín, que iba usted muy bien.

Le vi partir en las tinieblas del umbráculo, el eco de sus pasos desvaneciéndose en la sombra. Me quedé allí un buen rato, preguntándome si el patrón habría picado el anzuelo y se habría tragado aquella pila de patrañas que acababa de colocarle. Tenía la certeza de que le había contado exactamente lo que quería oír. Confiaba en que así fuese y que, con aquella sarta de barbaridades, hubiese quedado satisfecho por el momento y convencido de que su servidor, el infeliz novelista fracasado, se había convertido al movimiento. Me dije que cualquier cosa que me pudiese comprar algo de tiempo para averiguar dónde me había metido merecía el intento. Cuando me levanté y salí del umbráculo, aún me temblaban las manos.

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