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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– A su edad ya no son chicas, son señoritas o, si me apura, señoras.

– Fin del debate. ¿No tienes nada que hacer abajo?

– No.

– Entonces ponte a escribir. No te tengo aquí para que laves los platos y me escondas las cosas. Te tengo aquí porque me dijiste que querías aprender a escribir y yo soy el único idiota que conoces que puede ayudarte a hacerlo.

– No hace falta que se enfade. Es que me falta inspiración.

– La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso se llama inspiración.

– Tema ya tengo.

– Aleluya.

– Voy a escribir sobre usted.

Un largo silencio de miradas encontradas, de oponentes que se miran a través del tablero.

– ¿Por qué?

– Porque me parece usted interesante. Y raro.

– Y mayor.

– Y susceptible. Casi como un chico de mi edad.

A mi pesar estaba empezando a acostumbrarme a la compañía de Isabella, a sus puyas y a la luz que había traído a aquella casa. De seguir así las cosas se iban a cumplir mis peores temores e íbamos a acabar por hacernos amigos.

– ¿Y usted, tiene ya tema con todos esos libracos que está consultando?

Decidí que cuanto menos le contase a Isabella acerca de mi encargo, mejor.

– Todavía estoy en fase de documentación.

– ¿Documentación? ¿Y eso cómo funciona?

– Básicamente se lee uno miles de páginas para aprender lo necesario y llegar a lo esencial de un tema, a su verdad emocional, y luego lo desaprende uno todo para empezar de cero.

Isabella suspiró.

– ¿Qué es verdad emocional?

– Es la sinceridad dentro de la ficción.

– ¿Entonces hay que ser honesto y buena persona para escribir ficción?

– No. Hay que tener oficio. La verdad emocional no es una cualidad moral, es una técnica.

– Habla usted como un científico -protestó Isabella.

– La literatura, al menos la buena, es una ciencia con sangre de arte. Como la arquitectura o la música.

– Yo pensaba que era algo que brotaba del artista, así, de pronto.

– Lo único que brota así de pronto es el vello y las verrugas.

Isabella consideró aquellas revelaciones con escaso entusiasmo.

– Todo esto lo dice usted para desanimarme y para que me vaya a casa.

– No caerá esa breva.

– Es usted el peor maestro del mundo.

– Al maestro lo hace el alumno, no a la inversa.

– No se puede discutir con usted porque se sabe todos los trucos de la retórica. No es justo.

– Nada es justo. A lo máximo que se puede aspirar es a que sea lógico. La justicia es una rara enfermedad en un mundo por lo demás sano como un roble.

– Amén. ¿Es eso lo que pasa cuando uno se hace mayor? ¿Que deja de creer en las cosas, como usted?

– No. A medida que envejece, la mayoría de la gente sigue creyendo en bobadas, generalmente cada vez mayores. Yo voy contracorriente porque me gusta tocar las narices.

– No lo jure. Pues cuando yo sea mayor seguiré creyendo en las cosas -amenazó Isabella.

– Buena suerte.

– Y además creo en usted.

No apartó los ojos cuando la miré.

– Porque no me conoces.

– Eso es lo que usted se cree. No es tan misterioso como se piensa.

– No pretendo ser misterioso.

– Era un sustituto amable de antipático. Yo también me sé algún truco de retórica.

– Eso no es retórica. Es ironía. Son cosas diferentes.

– ¿Siempre tiene usted que ganar las discusiones?

– Cuando me lo ponen tan fácil, sí.

– Y ese hombre, su patrón…

– ¿Corelli?

– Corelli. ¿Se lo pone él fácil?

– No. Corelli sabe todavía más trucos de retórica que yo.

– Eso me parecía. ¿Se fía usted de él?

– ¿Por qué me preguntas eso?

– No sé. ¿Se fía de él?

– ¿Por qué no iba a fiarme de él?

Isabella se encogió de hombros.

– ¿Qué es concretamente lo que le ha encargado? ¿No me lo va a decir?

– Ya te lo dije. Quiere que escriba un libro para su editorial.

– ¿Una novela?

– No exactamente. Más bien una fábula. Una leyenda.

– ¿Un libro para niños?

– Algo así.

– ¿Y va usted a hacerlo?

– Paga muy bien.

Isabella frunció el entrecejo.

– ¿Es por eso por lo que escribe usted? ¿Porque le pagan bien?

– A veces.

– ¿Y esta vez?

– Esta vez voy a escribir ese libro porque tengo que hacerlo.

– ¿Está usted en deuda con él?

– Podría decirse así, supongo.

Isabella sopesó el asunto. Me pareció que iba a decir algo, pero se lo pensó dos veces y se mordió los labios. A cambio me ofreció una sonrisa inocente y una de sus miradas angelicales con las que era capaz cambiar de tema en un simple batir de pestañas.

– A mí también me gustaría que me pagasen por escribir -ofreció.

– A todo el que escribe le gustaría, pero eso no significa que nadie vaya a hacerlo. -¿Y cómo se consigue?

– Se empieza bajando a la galería, cogiendo el papeí…

– …hincando los codos y exprimiendo el cerebro hasta que duele. Ya.

Me miró a los ojos, dudando. Hacía ya semana y media que la tenía en casa y no había hecho amago de enviarla de regreso a la suya. Supuse que se preguntaba cuándo iba a hacerlo o por qué no lo había hecho todavía. Yo también me lo preguntaba y no encontraba la respuesta.

– Me gusta ser su ayudante, aunque sea usted de la manera que es -dijo finalmente.

La muchacha me miraba como si su vida dependiese de una palabra amable. Sucumbí a la tentación. Las buenas palabras son bondades vanas que no exigen sacrificio alguno y se agradecen más que las bondades de hecho.

– A mí también me gusta que seas mi ayudante, Isabella, aunque sea como soy. Y me gustará más cuando ya no haga falta que seas mi ayudante y no tengas nada que aprender de mí.

– ¿Cree usted que tengo posibilidades?

– No tengo ninguna duda. En diez años tú serás la maestra y yo el aprendiz -dije, repitiendo aquellas palabras que aún me sabían a traición.

– Mentiroso -dijo besándome dulcemente en la mejilla para, a continuación, salir corriendo escaleras abajo.

Por la tarde dejé a Isabella instalada en el escritorio que habíamos dispuesto para ella en la galería, enfrentada a las páginas en blanco, y me acerqué hasta la librería de don Gustavo Barceló en la calle Fernando con la intención de hacerme con una buena y legible edición de la Biblia. Todos los juegos de nuevos y viejos testamentos de que disponía en casa estaban impresos en tipografía microscópica sobre papel cebolla semitransparente y su lectura, más que a un fervor e inspiración divina, inducía a la migraña. Barceló, que entre otras muchas cosas era un persistente coleccionista de libros sagrados y textos apócrifos cristianos, disponía de un reservado en la parte de atrás de la librería repleto de un formidable surtido de evangelios, memorias de santos y beatos y toda suerte de textos religiosos.

Al verme entrar en la librería, uno de los dependientes corrió a avisar a su jefe a la oficina de la trastienda. Barceló emergió de su despacho, eufórico.

– Alabados sean los ojos. Ya me había dicho Sempere que había usted renacido, pero esto es de antología. A su lado, Valentino parece recién llegado de la huerta. ¿Dónde se había metido usted, granuja?

– Aquí y allá -dije.

– En todas partes menos en el convite de boda de Vidal. Se le echó a usted en falta, amigo mío.

– Permítame dudarlo.

El librero asintió, dando a entender que se hacía cargo de mi deseo de no entrar en aquel tema.

– ¿Me aceptará una taza de té?

– Hasta dos. Y una Biblia. A ser posible, manejable.

– Eso no va a ser problema-dijo el librero-. ¿Dalmau?

Uno de sus dependientes acudió solícito a la llamada.

– Dalmau, aquí el amigo Martín precisa de una edición de la Biblia de carácter no decorativo sino legible. Estoy pensando en Torres Amat, 1825. ¿Cómo lo ve?

Una de las particularidades de la librería de Barceló era que allí se hablaba de los libros como de vinos exquisitos, catalogando buqué, aroma, consistencia y año de cosecha.

– Excelente elección, señor Barceló, aunque yo me inclinaría por la versión actualizada y revisada.

– ¿Mil ochocientos sesenta?

– Mil ochocientos noventa y tres.

– Por supuesto. Adjudicado. Envuélvasela al amigo Martín y apúntela a cuenta de la casa.

– De ninguna manera -objeté.

– El día que le cobre yo a un descreído como usted por la palabra de Dios será el día que me fulmine un rayo destructor, y con razón.

Dalmau partió raudo en busca de mi Biblia, y yo seguí a Barceló hasta su despacho, donde el librero sirvió dos tazas de té y me brindó un puro de su humidificador. Lo acepté y lo prendí con la llama de una vela que me tendía Barceló.

– ¿Macanudo?

– Veo que está usted educando el paladar. Un hornbre ha de tener vicios, a ser posible de categoría, o cuando llega a la vejez no tiene de qué redimirse. De hecho, le voy a acompañar, qué diantre.

Una nube de exquisito humo de puro nos cubrió como marea alta.

– Estuve hace unos meses en París y tuve la oportunidad de hacer algunas averiguaciones sobre el tema que le mencionó usted al amigo Sempere tiempo atrás -explicó Barceló.

– Éditions de la Lumiére.

– Efectivamente. Me hubiera gustado poder rascar algo más, pero lamentablemente desde que la editorial cerró no parece que nadie haya adquirido el catálogo, y me fue difícil arañar gran cosa.

– ¿Dice que cerró? ¿Cuándo?

– Mil novecientos catorce, si no me falla la memoria.

– Tiene que haber un error.

– No si hablamos de Éditions de la Lumiére, en el boulevard St.-Germain.

– Esa misma.

– Mire, de hecho lo apunté todo para no olvidarme cuando nos viésemos.

Barceló buscó en el cajón de su escritorio y extrajo un pequeño cuaderno de notas.

– Aquí lo tengo: “Éditions de la Lumiére, editorial de textos religiosos con oficinas en Roma, París, Londres y Berlín. Fundador y editor, Andreas Corelli. Fecha de apertura de la primera oficina en París, 1881.”

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